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 [Especial 49º
Festival de San Sebastián] [Películas] [Palmarés]
VUELVO A CASA
(Je
rentre à la maison) (Vou para casa)
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Dirección:
Manoel de Oliveira.
Año: 2001.
Países: Portugal / Francia.
Duración: 90 min.
Interpretación: Michel Piccoli
(Gilbert Valence), Antoine Chappey (George), John
Malkovich (John Crawford), Catherine Deneuve
(Marguerite), Leonor Baldaque (Sylvia), Leonor
Silveira (Marie).
Producción: Paulo Branco.
Fotografía: Sabine Lancelin.
Montaje: Valérie Loiseleux.
Diseño de producción: Yves
Fournier.
Vestuario: Isabel Branco. |
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CRÍTICA
Rubén
Corral
Va contra natura que un señor de
92 años haya dirigido en la década de los noventa
películas con tanta frecuencia -a razón de una por año
desde 1990- y parece un milagro que su lucidez sea
arrolladora, que su visión sea de una pureza insultante,
que Manoel
de Oliveira sea un maestro clarividente cuya última
película, "Vuelvo a casa" (Je rentre à la
maison, 2000) esté al alcance del público más
convencional, más allá de su cohorte de
incondicionales, a la que no defraudará. Porque en
"Vuelvo a casa", el responsable -sólo en la
década de los noventa- de "Palabra y
utopía", "El convento" o "Inquietud", alcanza un grado
de sencillez tal que su estilo habitualmente encasillado
como difícil se hace perspicuo para
cualquier persona con un mínimo de capacidad observadora
-esa que Oliveira perfecciona trabajo tras trabajo- y
sentimental.
De nuevo (viene a la memoria la
intepretación de un ancianísimo Mastroianni en "Viaje al
principio del mundo") la anécdota argumental se centra
en un artista de avanzada edad. Un viejo que, en este
caso, es un actor de prestigio, encarnado con alucinante
perfección por Michel Piccoli, cuyo personaje no parece más que
una recreación de lo que podría ser la vida actual del
protagonista de "Tamaño natural".
La trama arranca con la fotografía
de una representación teatral de la obra de Ionesco "El rey se
muere", que protagoniza en escena Gilbert Valence
(Piccoli). Cuando el espectador puede creer que el miedo
natural a la muerte que debe de predominar en un actor en
el final de su carrera -y por extensión, en un director
en sorprendente estado de conversación como Oliveira- va
a centrar el relato, el guión introduce un giro
sensacional en su trama. Es el agente de Valence el que
le advierte, entre los saludos de un público entregado,
de que su mujer, su hija y su yerno han fallecido
trágicamente. Valence deberá adecuarse a vivir con su
nieto como único hilo de unión familiar.
La película se centra, tras un
salto temporal explícito, en anécdotas de la vida de un
viejo actor que se viste de otras personas y al que a
veces desvisten de su propia personalidad, que siempre se
sienta a tomar un café en la misma mesa de la misma
cafetería (impagable detalle cómico el de Oliveira en
un gag en el que intervienen hasta tres personajes
definidos por el periódico que portan), y que se niega a
ceder en sus pretensiones artísticas a cambio del vil
metal como símbolo de experiencia, pero también como
símbolo del anciano acostumbrado a la rutina, no
habituado al riesgo innecesario, conocedor de sus
valores.
Entre medio, la representación de
otro anciano, el Prospero de "La tempestad", nada menos que de
William
Shakespeare, como preludio a uno de los momentos clave
de la película. Será en la única ocasión en que
Valence exceda sus límites personales en beneficio de
sus motivaciones artísticas cuando fracase de manera
dramática, pero en absoluto trágica, porque Oliveira
reviste toda esta serie de representaciones de un tono de
comedia ligera que trasluce la joie de vivre de un
venerable anciano que cuenta con el incondicional apoyo
del maestro de la producción independiente europea, Paulo Branco (productor
asimismo de Raúl Ruiz, Assayas, Wenders, Handke, Vasconcelos o Godard).
Sí que hay que hablar del estilo
del director portugués. Oliveira pertenece a ese grupo
que algunos denominan "del plano secuencia", en
el que se puede enmarcar a la ligera a Kiarostami, Haneke, Angelopoulos o Hou Hsiao Hsien, siendo tan
diferentes sus estilos. El exceso formalista que sí se
ha podido percibir en algunas de sus películas
anteriores no lastra en absoluto aquí la acción,
liviana si se quiere, circunstancial y trivial, pero
sólo en la superficie. Hay largos planos que dejan clara
la libertad con la que juega Oliveira y que es un
símbolo también al otro lado del celuloide, porque lo
es de experiencia, el símbolo del anciano acostumbrado a
la rutina, no habituado al riesgo innecesario, conocedor
de sus (muchos) valores.
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a casa
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© 2001 La Butaca - Revista de Cine.
Ángel Castillo Moreno. Valencia (España).
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