CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
El punto 2046 en las
coordenadas amor-tiempo
El
masoquismo del ser humano es insorteable. Durante toda la vida
somos esclavos de lo que pudo ocurrir y nunca fue, tan mendigos
de los recuerdos como vasallos del olvido.
Wong Kar-Wai, cazador del
instante fugaz, de la pasión maldita que surge atrapada entre un
pasa-do imperfecto y un futuro imposible, nos cuenta esto y
bastante más en “2046”; quizás nada que no supiéramos ya, pero
los relatos de este cineasta natural de Shanghai, no por sutiles
menos directos, siempre estallan como revelaciones mágicas,
igual que esos secretos que, co-mo él mismo no se cansa de
repetirnos, se susurran en el agujero de un árbol para
posteriormente ser enterrados bajo el barro.
El nuevo
trabajo de este autor irreemplazable, de talento intuitivo y
meticulosidad enfermiza, puede ser entendido como una
continuación, temporal y evolutiva, de su anterior film, la
excepcional “In the mood for love (Deseando amar)”, cuya
filmación discurrió en paralelo a ésta; en realidad, dos manos
cuyos dedos se entrelazan para complementarse hasta la
disolución de las fronteras, por lo que no resulta recomenda-ble
acercarse a la más reciente sin conocer sus precedentes. Pero el
presente largometraje es también el espacio interior en el que
se dan cita las figuras y motivos de su entera filmografía
—estrenada de ma-nera limitada, incluso anecdótica, en España—,
obsesiones que amueblan ese universo personal, hipnótico,
perturbador, al que uno se asoma con el pudor de pisar en
existencias ajenas y la convicción de contemplar su propio
retrato.
Persecución estéril de lo huidizo, de aquello ya superado en
cronología pero no en cuanto a equilibrio interior, “2046”
trata de los demonios que habitan ese territorio compartido por
el amor y la memoria, de una realidad senti-mental que, como
notas musicales, pre-cisa de un tiempo concreto para
distri-buirse y hacerse oír, fuera del cual alte-raría la
melodía completa y carecería de sentido. El tímido, prudente y
delicado Chow Mo Wan (Tony Leung)
de “In the mood for love (Deseando amar)”, visible-mente tocado
por su frustrada relación con Su Li Zhen (Maggie
Cheung), se ha convertido con el paso de los años en
un mujeriego cínico y descarado que, entregado a la bebida y al
juego, busca compañía femenina pero, según sus propias palabras,
sólo está dispuesto a comprarla al por menor, sin compromisos ni
implicaciones emocionales que repitan su sufrimiento. Chow no ha
abandonado su anodino trabajo en el periódi-co, aunque también
en las ficciones que escribía se ha producido un cambio
simultáneo: ya no son las novelas de artes marciales las que lo
ocupan, sino historias de sexo bien pagadas y de dudosa calidad.
Y es que a la contención y sobriedad erótica que presidían “In
the mood for love (Deseando amar)”, ha venido a substituirlas
una carnalidad mu-cho más explícita de placeres desatados.
El título
de la película hace referencia a la habitación del hotel donde,
en el pasado, acordaron encontrarse Su Li Zhen y Chow; cuatro
pare-des, ahora contiguas a la suya, por las que desfilarán
diferentes muje-res, sustitutas parciales de aquélla. Porque en
esa búsqueda infruc-tuosa de la mujer que reemplace los
recuerdos del amor de su vida, Chow halla a Su Li dividida en
tres: el cuerpo —Bai Ling (Zhang Ziyi,
habitual en los films del director chino Zhang Yimou), una joven
impul-siva, dispuesta a cobrarse, que se enamora
irremediablemente de él—, la mente —Wang Jing Wen (Faye
Wong), la sensible hija del dueño del hotel, y
escritora aficionada, a la que Chow ayuda en su relación con un
novio japonés que cuenta con la oposición del padre, como si con
ello expiara culpas y saldara cuentas pendientes— y el nombre
—otra Su Li Zhen (Gong Li,
la antigua musa y compañera de Yimou), tahúr profesional apodada
“La araña negra”, quizás la más consciente de su ingrato papel
en la función— , todas ellas marcadas por la fatali-dad y
ninguna de las cuales logrará satisfacer lo imposible: que Chow
recupere aquello que quedó tan atrás. Tres capítulos —al que
cabe agregar el estelarizado por la madura bailarina Lulu/Mimi (Carina
Lau)— pautados por la Nochebuena de años
consecutivos, fechas és-tas de las Navidades que, como bien sabe
Charles Dickens, se pres-tan mejor que ninguna otra a la visita
de fantasmas pretéritos que ahu-yenten la soledad.
Asimismo,
“2046” es el título del relato futurista que Chow está
es-cribiendo, cuya acción transcurre, precisamente, en ese mismo
año. En esta segunda ficción, trasunto de la primera, los
protagonistas via-jan sin retorno, a bordo de un tren
ultramoderno, hacia un tiempo que promete haber conservado
intacta la memoria, caso de ese joven nipón (Takuya
Kimura) que persigue en una androide de reacciones
retar-dadas lo mismo que anhela Chow, con idénticos resultados.
De este
modo paralelo, va cobrando forma la paradoja que empuja a los
personajes a huir hacia el futuro para reencontrar un pasado
ideali-zado que nunca volverá. Amor y tiempo como dos
coordenadas invisi-bles que marcan el destino —uno, determinado
e irrepetible— y se cruzan en ese número mágico —estancia de
hotel, emplazamiento en la ficción literaria, morada de
recuerdos—.
Toda esta maraña de episodios vitales y tormentas sentimentales,
llevados con parejo tacto y expresión por los actores
principales, se transforma, a efectos prácticos, en un puzzle
argumental de círculo cerrado, conducido por la voz en off de su
protagonista masculino, que a menudo se desliza atrás y adelante
en el tiempo, y donde el plano real convive con la fabulación.
Pero a pesar de su apa-rente complejidad conceptual, “2046”
discurre con la misma solidez y cla-rividencia que el material
del que se nutre, el idioma de las emociones. La película
exhibe la solución estilística que ya empleara en “In the mood
for love (Deseando amar)”, de un precio-sismo estético
fascinante. Y es esa caligrafía de Wong Kar-Wai, intrín-seca y
tan reconocible, la más apropiada para desmigajar los
porme-nores del amor y sacar a la luz las dobleces del corazón.
Su narra-ción, con el falso aspecto de una improvisación
musical, de borrador de un proyecto inacabado, tan pronto ahonda
en el detalle tangencial como se recrea en lo pasajero,
consciente como es de que lo impor-tante no tiene por qué ser
obvio y de que lo parcial es tan válido como el conjunto. Esto
se traduce en sus acostumbrados e insinuantes fue-ra de campo,
en los encuadres donde los personajes aparecen solita-riamente
descentrados o en esas escenas ralentizadas que pretenden
congelar inútilmente el tiempo, siendo su dominio del ritmo y la
com-posición, una lección magistral de las posibilidades que
esconde el lenguaje cinematográfico.
Al de Hong
Kong le gustan los pasillos estrechos llenos de puertas de las
casas de huéspedes, que propician el cruce de desconocidos; los
espejos y marcos que ejercen de guillotina; los callejones
noctur-nos con esquinas de paredes desconchadas que invitan a
apoyar la espalda; la lluvia que parece precipitarse desde las
farolas; las volutas de humo ascendiendo hasta perderse contra
el techo; los pies femeni-nos que danzan como si tuvieran vida
propia.... Gestos, roces, retales; coreografías y espacios con
los que levanta una arquitectura de lo efí-mero, caricia sobre
la herida cotidiana con guantes de seda.
Así, a esa
primera piel hecha con las manifestaciones del alma, se suma una
segunda capa, sucesión de imágenes exquisitas que la fo-tografía
de Christopher Doyle,
Lai Yiu Fai y
Kwan Pun Leung arro-pa de
nuevo, en ese tapiz con sello propio donde el rojo, el verde y
el ámbar tienen adjudicado un puesto de honor. Y a este
envoltorio vi-sual, se añade una tercera textura, compuesta por
el terciopelo de cuerdas, vocales o instrumentales, que
conforman su banda sonora —otro tema principal de
Shigeru Umebayashi rotundo e
imborrable, y un puñado de canciones tan atemporales como la
historia misma, en-tre las que destacan “Siboney” de
Xavier Cugat, “Perfidia” de
Alberto Domínguez, “Sway” de
Dean Martin, “The Christmas
Song” de Nat King Cole, o el
“Casta Diva” de la “Norma” de Vinenzo
Bellini—. Di-ferentes pelajes indisolubles que
constituyen una única epidermis.
El resultado, engañosamente casual pero preciso en su
construcción, es un sublime revulsivo para el espíritu,
extraor-dinario en su belleza, elegante en sus maneras y
agitador por su exótica proxi-midad. En “2046”, sentido y
sensibili-dad se abrazan para dar cobijo a una visión
descarnada, pesimista, exte-nuante de nuestra naturaleza
román-tica, es decir, espantosamente real. Resaca, íntima e
intimista, de ideas y vi-vencias, revisitación propia y ajena
donde la sombra de lo perecedero es más alar-gada que nunca, a
lo que hace Wong Kar-Wai la etiqueta de película se le que-da
corta. Sus trabajos son siempre experiencias demoledoras, porque
acarician sentidos y muerden sentimientos. Si su cine gusta, no
se aprecia, se adora. Lo dicho, el masoquismo del ser humano es
insor-teable.
Calificación:
    
Imágenes
de "2046" - Copyright © 2004 Block 2 Pictures,
Paradis Films y Orly Films. Distribuida en España por Araba
Films. Todos los derechos
reservados.
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