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CRÓNICA DEL VIERNES 22
DE OCTUBRE
El
turista accidental
David
Garrido Bazán, Valladolid–
Asistir a un Festival de Cine no es exactamente como uno se lo
imagina desde la distancia. Para empezar, uno piensa que, por el
simple hecho de estar acreditado, con su correspondiente pase de
prensa, la mayor parte de los problemas de tipo logístico están
solucionados. ¡Ja! No sabéis lo divertido que puede llegar a ser
ese maravilloso momento en el que uno acude con toda la ilusión
del mundo a recoger ese imprescindible documento (y, de propina,
un buen montón de publicaciones del festival, libracos, planos,
guías y programaciones varias que, indefectiblemente, acabas
arrastrando por donde quiera que vas)... y cae en la cuenta de
que, oh maravilla, las acreditaciones son como los lacasitos, de
muchos y variados colores. La cosa deja de tener su gracia y
empieza a ser inquietante cuando, por supuesto, ese código de
colores refleja tu ‘categoría’ como periodista acreditado,
suponemos que en función del prestigio adquirido, de la
importancia del medio o del número de redactores del mismo. Mi
venerado pase no me permitía acceder a las películas de la
sección oficial del Festival (que, por cierto, son del orden de
22, aunque sólo 17 a concurso) hasta un día después de su
estreno matinal en el Teatro Calderón, con lo que uno de repente
se ve atrapado en una curiosa paradoja ¿Para qué voy a acudir a
las diversas ruedas de prensa posteriores a dichos pases sin
haber visto la película? Tras unos segundos de angustia (y la
magnífica colaboración tanto de mi compañero de fatigas,
Julio
Rodríguez Chico, dispuesto a un generoso intercambio de
acreditaciones, como de la Organización de la Seminci que, con
el lío que tenían montado hoy tenían todo el derecho del mundo a
mandarme a la porra y no lo hicieron, hecho que les honra) todo
se resolvió felizmente y uno puede, de pronto, sentirse
periodista cinematográfico de primera clase... sea lo que sea lo
que eso signifique.
Valladolid es una ciudad
acogedora (cuando no hace demasiado frío) y la cercanía entre el
centro neurálgico del festival, el Teatro Calderón, y los Cines
Roxy donde también hay algún que otro pase de prensa de las
películas de la Sección Oficial (y todas las de Punto de
Encuentro, la estimulante sección paralela, que tiene otros 16
largometrajes nada menos) promete proporcionar cierto respiro al
corresponsal entre película y película, lo que no deja de ser
una ayuda ante la avalancha de los próximos días. De momento, la
jornada inaugural se ha tomado con cierta calma. "Luna
de Avellaneda", último trabajo de uno de los niños
mimados de este festival, el director argentino Juan José
Campanella –que en su momento ya estrenó aquí tanto "El niño
que gritó puta" (Premio de Interpretación Masculina), "El
mismo amor, la misma lluvia" (Premio de la Juventud) y la
muy exitosa "El
hijo de la novia" (Espiga de Plata)–, era a priori una
apuesta segura y lógica para el arranque de un Festival que
apuesta en su Sección Oficial por una mayoría de títulos de
autores ya consagrados como Wong Kar Wai, Kim Ki Duk, Amos
Gitai, Ken Loach, John Boorman, Emir Kusturica o Theo
Angelopoulos por encima del riesgo, presente pese a todo en
alguna obra de autor o autora desconocida presta a la sorpresa.
"Luna
de Avellaneda", decíamos, era una apuesta segura y, como tal, no
defraudó. Campanella sigue contando con su mismo equipo tanto
técnico como artístico para hablar desde un punto de vista tan
nostálgico como humano de las cosas que le preocupan de su país.
En esta ocasión, Campanella se centra en un club deportivo y
social de los que tenían un enorme éxito y popularidad en los
felices años cincuenta (el del título de la película) y nos
muestra su precaria situación actual, en la que un puñado de
voluntariosos tipos criados desde la infancia allá tratan de
sacarlo adelante, mientras sus vidas personales, acogotadas por
la enorme crisis económica que les rodea a todos, se desliza
lentamente hacia la miseria más absoluta. Lo bueno que tiene
Campanella es que su mirada (y la de su imprescindible guionista
y cómplice) siempre sabe conjugar un irónico y a veces trágico,
pero siempre divertido, sentido del humor para hablar de estas
cosas que son tan serias. Y apelando a la complicidad del
espectador desde una estructura dramática que, aunque rodea al
omnipresente Ricardo Darín de más personajes y
situaciones, no se mueve mucho de la reconocible fórmula, mezcla
impecable de sentimientos cercanos y clara denuncia social, que
le ha reportado tanto éxito con "El hijo de la novia". El
resultado es una película muy agradable de ver, que se pasa en
un suspiro pese a su excesiva duración y a la que no le falta
cierto aire reivindicativo, en el que se nota el idealismo
irreductible tanto de su director como de su productor
Gerardo Herrero (hay algún que otro momento en el que uno
cree reconocer la mano del director de "Las
razones de mis amigos" o "El
principio de Arquímedes") y que se articula en una obra en
la que brillan con luz propia la fluidez y la naturalidad de
algunos afilados diálogos y situaciones (sobre todo las que
atañen a ese todo terreno del papel secundario, especialista en
ser ‘el amigo de’ que es Eduardo Blanco) y la espléndida
interpretación de Ricardo Darín, tan excelente como acostumbra.
Sin embargo, queda en la mente del espectador ese regusto de lo
ya visto anteriormente (y mejor) aunque también es verdad que
esta última obra de Campanella parece cerrar un ciclo: si "El
mismo amor, la misma lluvia" era una película sobre un individuo
y "El hijo de la novia" superaba ese círculo para hablar de la
familia, "Luna de Avellaneda" es una obra con clara vocación
social, orientada a la reivindicación del concepto de comunidad
como única (y casi inexistente) salvación en estos tiempos de
egoísmo visceral en el que la consigna «si queremos salvarnos,
tenemos que salvarnos todos juntos» suena tristemente desfasada
y hasta irreal. Pero está bien recordarla de vez en cuando,
siquiera como referencia vital.
La
rueda de prensa posterior al pase de prensa tenía, o al menos a
mí así me lo pareció, un aire un tanto frío que ni siquiera la
buena disposición de Campanella o las bromas de Eduardo Blanco
pudieron disipar. Aunque bien pudiera ser debido a la falta de
algunos medios aún no acreditados, flotaba en el aire la
sospecha de que la película había gustado pero no apasionado o
conmovido a los periodistas. A la pregunta de un compañero sobre
si la película había tratado de «analizar poéticamente un
imposible» Campanella mostró una noticia del diario Clarín en la
que se narraba que directivos de diversos clubes deportivos y
sociales argentinos, inspirados por la película, habían resuelto
unir sus fuerzas en un intento de devolver a los mismos su
antiguo esplendor como contundente respuesta. Entre bromas sobre
la más que evidente compenetración del equipo («antes que nada,
somos amigos de mucho tiempo»), anécdotas de rodaje varias, las
preguntas a Eduardo Blanco sobre un futurible papel de
protagonista («Tenés una parte como representante si me lo
conseguís ya») y el reconocimiento al estupendo trabajo de un
felizmente recuperado José Luis López Vázquez (que
dispone de un par de secuencias de lo más inspirado), se pasó un
poco de puntillas sobre el inevitable juego de comparaciones que
va a hacerse entre este último trabajo y "El hijo de la novia"
en cuanto la película llegue a los cines («No somos conscientes
de seguir ninguna fórmula preestablecida») para elucubrar sobre
el curioso hecho de que "Luna de Avellaneda" represente a
Argentina en la candidatura al Goya a la Mejor Película
Extranjera de Habla Española mientras que "El
abrazo partido" de Burman será la candidata al Oscar ®
a la Mejor Película de Habla No Inglesa que, entre risas, los
miembros del equipo achacaron a «cosas de la nueva Academia
Argentina de las Artes y las Ciencias Cinematográficas» de
reciente creación. «Tan reciente que aún nos estamos preguntando
qué es eso de las artes o las ciencias en esto del cine». De lo
segundo no sé, pero de lo primero espero tener algunas muestras
en los días venideros en una Seminci que se presenta
apasionante. Por lo pronto, mañana veremos "Tierra
prometida", el
último trabajo del cineasta israelí Amos Gitaï (a quien el
festival dedica una interesante retrospectiva a la que,
prioridades obligan, no podremos acudir, como ocurre igualmente
con otras secciones interesantes como Tiempo de Historia,
dedicada al género documental), una película danesa llamada "En
tus manos", de Annette K. Olesen, el esperado trabajo de Jim
Jarmusch "Coffee
and cigarettes" (fuera de concurso) y "La vida es un
milagro", de Emir Kusturica. Casi nada.
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