49º SEMANA INTERNACIONAL DE CINE DE VALLADOLID
LA BUTACA - Revista de Cine


COBERTURA DE LA 49ª EDICIÓN DE LA SEMINCI
                                          22 - 30 Octubre 2004

 

 

 

 

 

 

 


 

PELÍCULAS   CRÓNICAS   PALMARÉS

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CRÓNICA DEL SÁBADO 23 DE OCTUBRE


El judío consciente y los milagros del dogma

David Garrido BazánValladolid «These mist covered mountains/are a home now for me», me susurra Mark Knopfler en Brothers in Arms. Si no fuera porque estamos en plena estepa castellana y de las montañas no hay ni rastro, juraría que no hay frase más cierta: desde la ventana de mi autobús sólo se divisa una espesa niebla que no deja ver mucho más allá de unos cuantos árboles. Esto de tener que trasladarse todos los días tiene sus inconvenientes, pero sobre todo el fin de semana, cuando las líneas regulares de autobuses y trenes reducen drásticamente sus viajes, sin tener en cuenta al pobre corresponsal. Unas carreritas para empezar la mañana no están nada mal: el autobús me deja en la parada a las 8:50, con tan solo 10 minutos para llegar al Calderón a ver la película del israelí Amos Gitaï "Tierra prometida("Promised land")… y no puedo cometer un error con el mapa. Llego por los pelos y me apiado de la nutrida cola de espectadores que se esfuerzan por conseguir una de las pocas entradas disponibles para el público (los abonos tanto para El Calderón como para los cines Roxy están agotados hace días). Para colmo, parece haberse batido una marca en cuanto a periodistas acreditados, a juzgar por esa sala casi abarrotada a tan temprana hora… ¿o será que el pase de ayer de "La vida es un milagro" de Kusturica (que terminaba a eso de las 1:30) tuvo una mínima afluencia? Misterios sin resolver.

"Tierra prometida" (Promised land) - Copyright Desayunarse con la última película de Amos Gitaï es arriesgarse a ir con un mal rollo en el cuerpo de cuidado durante el resto del día. La contundente película del israelí, que entra a saco en esta nueva esclavitud del siglo XXI que es el inagotable tráfico de chicas procedentes de países del este para abastecer los prostíbulos tanto de Israel como del resto de Occidente, es difícil de aguantar por su crudeza. Cámara en mano, prescindiendo de sus característicos y elaborados planos secuencias a favor de una puesta en escena desgarrada y cercana, que construye algo que bien podríamos denominar ficción documental, Gitaï nos hace ser incómodos testigos de primera mano de un pronunciado descenso a los infiernos de un grupo de chicas del este que son conducidas a través del desierto en una caravana de camellos que nada tiene de paradisíaca por árabes hasta terreno israelí (sin escatimar ni abusos, ni malos modos, ni incluso alguna violación ocasional) donde, en una secuencia demoledora, pasan a ser subastadas como si de ganado se tratara y conducidas a sus nuevos destinos, donde, por supuesto, no terminarán las vejaciones. La denuncia es más que efectiva, y la película arriesga, innova a ratos y se muestra especialmente evocadora en su segunda parte, en la que se induce al espectador a identificarse con una testigo del proceso (el papel que encarna la bella Rosamund Pike) que, por pura humanidad, no puede sino involucrarse más y más con el duro destino de esas mujeres convertidas a fuerza de humillaciones en meros artículos sexuales. Gitaï es claro en su mensaje: como luego afirmará en la rueda de prensa posterior a la película, «las mafias no entienden de banderas». En el degradante proceso colaboran desde los transportistas árabes, los soldados israelíes que hacen la vista gorda, los policías egipcios corruptos y, por supuesto, los dueños de los prostíbulos, tanto israelíes como palestinos, que se ven así curiosamente hermanados por compartir la cara más oscura del ser humano.
 
Sólo hay dos extremos en la actualidad en la que palestinos y judíos comparten un mismo objetivo en estos tiempos: la música y las organizaciones criminales», dirá más tarde en una rueda de prensa en la que, fiel a su carácter independiente y combativo que tantos enemigos le ha acarreado incluso dentro de su propio país, volverá a insistir en dos ideas que marcan toda su obra (como podrá comprobar aquel afortunado que vea todo su trabajo en la retrospectiva que le dedica la Seminci): «La mejor manera de servir a los intereses del propio país de uno es señalar constantemente sus defectos y ser de lo más crítico con ellos»«utilizar el cine como un medio provocador, subversivo, que inste al diálogo y a descubrir nuevas realidades, ya que el conflicto palestino-israelí ocupa tanto espacio en los noticiarios que se corre el riesgo de obviar otros problemas igual de serios y acuciantes». Preguntado sobre las razones que le han llevado a decidirse por un formato de ficción en lugar del documental para, según sus palabras, «dar voz a aquellos por los que nadie habla», Gitaï exhibió una coherencia inapelable: «El formato documental implica un límite ético y moral con lo que el director puede mostrar en pantalla. La ficción permite eliminar esas barreras y ser todo lo explícito que uno precise: mi objetivo era, además del mensaje principal, destruir cualquier atisbo de apetito sexual por esas chicas mostrando a las claras las humillaciones de las que son objeto y, de paso, acabar con esa imagen chic un tanto frívola y peligrosa que se tiene de las prostitutas». Este cronista da fe de que lo consigue: es una película dificilísima de soportar y que tiene un final un tanto sorprendente en el que un hecho terrible, paradójicamente, puede representar una pequeña puerta abierta a la esperanza en una película quizás demasiado dificil de digerir.
 
El segundo film del día, a concurso en la Sección Oficial, es el Dogma "En tus manos" ("Forbrydelser") de la directora danesa Annette K. Olesen, que ya presentó en la Seminci su anterior trabajo "Pequeños contratiempos" hace dos años. Esta es una película un tanto increíble cuyo planteamiento inicial invita a hacer ciertos chistes por las comparaciones con una película en apariencia tan alejada de ésta tanto en formato como en planteamientos como "La milla verde" de Frank Darabont. La historia trata de una recién licenciada en teología con problemas para quedarse embarazada cuyo primer trabajo es nada menos que sacerdote en una cárcel de mujeres (!). En dicho centro conoce a una reclusa, reacia a hablar sobre los hechos que la llevaron a prisión que, según parece, posee cierto tipo de poderes sobrenaturales, ya que es capaz de hacer portentos como curar el síndrome de abstinencia de otras reclusas con una simple imposición de manos. La obra pretende ser una reflexión sobre la fe, la confianza, el crimen y el castigo y hasta el amor en las circunstancias más extrañas, pero lo cierto es que le pierde esa especie de necesidad constante de la mayor parte de los directores Dogma de forzar las situaciones en busca de un dramatismo extremo que, la verdad, a estas alturas puede producir un cierto hartazgo en el espectador familiarizado con las técnicas de los herederos (que no seguidores, pues éste pasa de ellos olímpicamente y está ya en otras cosas) de ese inteligentísimo prestidigitador que es Lars Von Traer. La historia, que tiene algún que otro elemento de interés en medio de un planteamiento tan literalmente increíble, se pierde en un guión farragoso y previsible que lleva a plantearse por los motivos por los que esta película se encuentra a concurso en la Sección Oficial, pues sus méritos son, cuanto menos, discutibles. Quizás sea la nostalgia del buen sabor de boca que en su momento dejó "Italiano para principiantes" (que ganó La Espiga de Oro hace un par de años), pero este Dogma es del tipo 'dramático hasta el suicidio' y no de su vertiente más acertada, la verdad sea dicha. Uno empieza ya a dudar que la ocurrencia de Lars Von Trier tenga más cosas positivas que negativas, sobre todo a la vista de lo último que sale bajo el sello Dogma.
 
Para la tarde, esperemos que mucho más relajada emocionalmente, queda una apropiada sobremesa con "Coffee and cigarettes" de Jim Jarmusch y otra película de la Sección Oficial, "In my country (Un país en África)" de John Boorman, que invitan a pensar que la cosa irá para arriba. Porque la verdad es que la mañana está siendo, cuando menos, durita. Aunque siempre hay cosas que lo compensan, como escribir estas líneas en la sala de prensa de la Seminci justo al lado de Quim Casas, uno de los críticos más prestigiosos de este país, y poder intercambiar con él algunas impresiones. Es lo que tiene esto de los festivales.
 

 
Una sobremesa espléndida y la indignación de María Galiana
 
Bajaba las escaleras del cine Roxy con una expresión indefinible entre la indignación y la impotencia la veterana actriz María Galiana, en busca de algún desdichado miembro de la organización de la Seminci, que no esperaba ni por lo más remoto lo que se le venía encima:
 
—Pero, ¿es que aquí no hay nadie que pueda explicarle a una mujer mayor como yo, que es la primera vez que viene a este cine, que hay dos salas, una arriba y otra abajo? ¡Yo venía a ver "Luna de Avellaneda" y me han colocado arriba, a ver el pestiño ese del Apartheid!
—Es que... como lleva usted acreditación... —acertó a balbucear el chico, desconcertado por completo.
—Pero bueno, ¿aquí que pone? ¿Invitado, verdad? ¿A qué no pone prensa por ninguna parte? ¿Pero tú me ves a mi pinta de periodista?
—No, señora, verá usted
tercié con toda mi buena voluntad, dado que era el más cercano a la escena que allí se estaba desarrollando (y a que entendía de sobra la indignación de la actriz por el pestiño, pero sobre eso volveré luego)—. Lo que este joven trata de decirle es que el pase de "Luna de Avellaneda" era sólo para público y como usted viene acreditada, el chico de la puerta –que no debía de haberla reconocido, quizás porque vivía en algún planeta donde no emiten la serie "Cuéntame" o no había visto su enorme papel en "Solas", aunque esto lo pensé y no lo dije en voz alta, claro está– ha dado por sentado que venía usted a ver la peli de la Sección Oficial.
—¡Pues sí que estamos buenos! A mí me han sentado allí, he visto un corto de niños neozelandeses en un coche y me he quedado, pero claro, esa no era la peli que quería ver...
—Pues además ha tenido mala suerte, creo que ha visto usted la peor película de la Sección Oficial.
—(Sonrisa cómplice, menos tensión) Y encima eso... ¡Para dos días que vengo a la Seminci! Tiene narices...
—Lo sentimos mucho, señora —el joven de la organización volvió a tomar las riendas de la situación, ahora que la cosa estaba más calmada—. Ha sido un error lamentable.
—Bueno, bueno, qué se le va a hacer... —Y con cara de resignación, la actriz enfiló camino de su hotel, abriéndose paso entre un buen montón de periodistas bastante indignados.
 
"In my country (Un país en África)" (Country of my skull) - Copyright © 2004 DeAPlanetaY es que el pase de "In my country (Un país en África)" ("Country of my skull"), la película de John Boorman que protagonizan Juliette Binoche y Samuel L. Jackson, había provocado un sonoro y más que justificado abucheo entre la desconcertada prensa, incapaz de entender qué demonios hacía esta vergonzosa película en la Sección Oficial a concurso. Y es que cuando una película empieza lo juro con una escena que es clavadita a aquel spot que protagonizó Antonio Resines en apoyo del cine español (¿recuerdan? Esa de ‘¡Oye, pst, oye, chavalote!'), con ese niño que suspiraba desolado porque su padre no ha podido ir a verle jugar (allí era el béisbol, aquí el fútbol), uno podía temerse lo peor. Pero nadie podía prever la tropelía que Boorman ha perpetrado con un tema tan serio y que impone tanto respeto como La Comisión por la Verdad y la Reconciliación que permitió en Sudáfrica amnistiar a más de un millar de los siniestros miembros de las fuerzas del orden que sostenían el sistema del Apartheid a base de torturar, asesinar y hacer desaparecer a miles de personas de color simplemente testificando ante la comisión admitiendo los hechos siempre que pudieran demostrar que seguían órdenes de sus superiores. Con un material tan delicado e importante, Boorman construye una burda historia en la que un periodista americano y una poetisa afrikaner siguen el día a día de la comisión y, tras indignarse mucho y llorar todavía más por las barbaridades reveladas (como quien desgrana la lista de la compra, por cierto), se enredan en una increíble historia de amor sin pies ni cabeza. Penoso, muy penoso.
 
Llena de personajes tópicos, situaciones estereotipadas y un guión que simplifica un tema increíblemente complejo hasta límites intolerables, "In my country (Un país en África)" cae abiertamente en el ridículo en tantas ocasiones que las desbandadas de los asistentes de la sala fueron generales (un servidor aguantó por cierto prurito profesional... y porque tenía que molestar a no menos de cinco personas para salir de su butaca y alcanzar la salida, pero, ay, si llega a ser un cine de pago...) y el comentario generalizado a la salida era '¿cómo ha llegado esta película aquí?' Pregunta a la que la única respuesta posible debe de ser que, siguiendo el espíritu de cine de denuncia y combativo que se ha instalado año tras año en la Seminci, alguna mente confusa ha debido pensar que encajaba en el cuadro por su temática. Claro que semejante bodrio (ni siquiera Juliette Binoche, horrenda, puede salvarse) no puede ir más en contra de ese espíritu. Al salir de la sala, pensaba en aquel revuelo que se montó hace no mucho en otro festival con "Imagining Argentina" por causas según cuentan parecidas y pensé que, al fin y al cabo, debía de ser un hecho más común de lo que creía en estos certámenes.
 
Roberto Benigni en "Coffee and cigarettes" - Copyright © 2003 Araba FilmsMenos mal que por la tarde habíamos tenido una sobremesa espléndida con una película cuyo estreno iba que ni pintado a su horario de las 16:30, "Coffee and cigarettes" de Jim Jarmusch. La colección de cortometrajes que Jarmusch ha tardado once años en completar (el primero, protagonizado por un descacharrante Roberto Benigni pre-"La vida es bella", es ya bien conocido a estas alturas) con dos o tres personajes conversando en una mesa con el café y el tabaco como elementos comunes a todos ellos es, claro está, una película irregular, pero repleta de momentos brillantes, que superan el sopor de ciertos episodios intrascendentes. Entre lo más logrado, el delirante episodio protagonizado por dos leyendas de la música tan distintas como Tom Waits e Iggy Pop interpretándose a sí mismos con una notable dosis de autoparodia, Cate Blanchett desdoblándose en dos personajes para su episodio y, por encima de todo, un tan brillante como divertido diálogo entre dos actores tan distintos como Alfred Molina y Steve Coogan, que también hacen de sí mismos, en el que las tornas cambian varias veces a partir de un imaginativo punto de partida. Lástima que otros no estén ni mucho menos a esa altura (los de los White Stripes, o Bill Murray con los Wu Tang Clan), dando como resultado, como ya se ha dicho, un producto irregular aunque interesante. La prensa en esta ocasión era unánime: este film debió haberse proyectado en una sala en la que se pudiera fumar y te pudieran servir un café a lo largo de su metraje. Había que ver a la gente precipitándose a los bares más cercanos en busca de una dosis urgente de cafeína o encendiendo compulsivamente sus cigarrillos en la misma puerta una vez terminada la proyección al ritmo de Louie, Louie.
 
Los azares de la programación hacen que mañana no pueda asistir, por falta de transporte, al primer pase de prensa de mi principal objetivo de esta Seminci: "2046" de Wong Kar-Wai (¿a quien demonios se le habrá ocurrido la brillante idea de ponerla un domingo a las 08:30 habiendo, qué se yo, una de Angelopoulos de 170 minutos en la Sección Oficial que hace su escaqueo algo más atractivo?), que me veré obligado a disfrutar, con un día de retraso, el lunes. Sí veré la única película española a concurso en la Sección Oficial, "María querida" de José Luis García Sánchez, más la aún pendiente "La vida es un milagro" de Kusturica (cuya duración, 154 minutos, rompe cualquier agenda decente) y uno de los platos más esperados del Festival, "Hierro 3" de Kim Ki-duk, que viene precedido de unas excelentes críticas en Venecia y del relativo éxito comercial de su anterior film, "Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera", aún en las carteleras españolas. Por cierto, no quiero dejar de mencionar que, en la sección a concurso de cortometrajes, hoy he asistido a uno de animación, "Ryan", del canadiense Chris Landreth, que es una verdadera maravilla. Tanto que a un servidor no le extrañaría nada de nada verlo entre el quinteto de finalistas nominados al Oscar® en esa categoría. Y si no, al tiempo.
 
 

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