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CRÓNICA DEL SÁBADO 23
DE OCTUBRE
El
judío consciente y los milagros del dogma
David
Garrido Bazán, Valladolid–
«These mist covered
mountains/are a home now for me»,
me susurra Mark Knopfler en Brothers in Arms. Si no fuera porque
estamos en plena estepa castellana y de las montañas no hay ni
rastro, juraría que no hay frase más cierta: desde la ventana de
mi autobús sólo se
divisa una espesa niebla que no deja ver mucho más allá de unos
cuantos árboles. Esto de
tener que trasladarse todos los días tiene sus inconvenientes,
pero sobre todo el fin de semana, cuando las líneas regulares de
autobuses y trenes reducen drásticamente sus viajes, sin tener
en cuenta al pobre corresponsal. Unas carreritas para empezar la
mañana no están nada mal: el autobús me deja en la parada a las
8:50, con tan solo 10 minutos para llegar al Calderón a ver la
película del israelí Amos Gitaï "Tierra
prometida" ("Promised land")… y no
puedo cometer un error con el mapa. Llego por los pelos y me
apiado de la nutrida cola de espectadores que se esfuerzan por
conseguir una de las pocas entradas disponibles para el público
(los abonos tanto para El Calderón como para los cines Roxy
están agotados hace días). Para colmo, parece haberse batido una
marca en cuanto a
periodistas acreditados, a juzgar por esa sala casi abarrotada a
tan temprana hora… ¿o será que el pase de ayer de "La vida
es un milagro"
de Kusturica (que terminaba a eso de las 1:30) tuvo una mínima
afluencia? Misterios sin resolver.
Desayunarse
con la última película de Amos Gitaï es arriesgarse a ir con
un mal rollo en el cuerpo de cuidado durante el resto del día.
La contundente película del israelí, que entra a saco en esta
nueva esclavitud del siglo XXI que es el inagotable tráfico de
chicas procedentes de países del este para abastecer los
prostíbulos tanto de Israel como del resto de Occidente, es
difícil de aguantar por su crudeza. Cámara en mano,
prescindiendo de sus característicos y elaborados planos
secuencias a favor de una puesta en escena desgarrada y
cercana, que construye algo que bien podríamos denominar
ficción documental, Gitaï nos hace ser incómodos testigos de
primera mano de un pronunciado descenso a los infiernos de un
grupo de chicas del este que son conducidas a través del
desierto en una caravana de camellos que nada tiene de
paradisíaca por árabes hasta terreno israelí (sin escatimar ni
abusos, ni malos modos, ni incluso alguna violación ocasional)
donde, en una secuencia demoledora, pasan a ser subastadas
como si de ganado se tratara y conducidas a sus nuevos
destinos, donde, por supuesto, no terminarán las vejaciones.
La denuncia es más que efectiva, y la película arriesga,
innova a ratos y se muestra especialmente evocadora en su
segunda parte, en la que se induce al espectador a
identificarse con una testigo del proceso (el papel que
encarna la bella Rosamund Pike) que, por pura
humanidad, no puede sino involucrarse más y más con el duro
destino de esas mujeres convertidas a fuerza de humillaciones
en meros artículos sexuales. Gitaï es claro en su mensaje:
como luego afirmará en la rueda de prensa posterior a la
película, «las
mafias no entienden de banderas».
En el degradante proceso colaboran desde los transportistas
árabes, los soldados israelíes que hacen la vista gorda, los
policías egipcios corruptos y, por supuesto, los dueños de los
prostíbulos, tanto israelíes como palestinos, que se ven así
curiosamente hermanados por compartir la cara más oscura del
ser humano.
Sólo
hay dos extremos en la actualidad en la que palestinos y
judíos comparten un mismo objetivo en estos tiempos: la música
y las organizaciones criminales»,
dirá más tarde en una rueda de prensa en la que, fiel a su
carácter independiente y combativo que tantos enemigos le ha
acarreado incluso dentro de su propio país, volverá a insistir
en dos ideas que marcan toda su obra (como podrá comprobar
aquel afortunado que vea todo su trabajo en la retrospectiva
que le dedica la Seminci): «La
mejor manera de servir a los intereses del propio país de uno
es señalar constantemente
sus defectos y ser de lo más crítico con ellos»
y «utilizar el cine
como un medio provocador, subversivo, que inste al diálogo y a
descubrir nuevas realidades, ya que el conflicto
palestino-israelí ocupa tanto espacio en los noticiarios que
se corre el riesgo de obviar otros problemas igual de serios y
acuciantes».
Preguntado sobre las razones que le han llevado a decidirse
por un formato de ficción en lugar del documental para, según
sus palabras, «dar voz
a aquellos por los que nadie habla»,
Gitaï exhibió una coherencia inapelable: «El
formato documental implica un límite ético y moral con lo que
el director puede mostrar en pantalla. La ficción permite
eliminar esas barreras y ser todo lo explícito que uno
precise: mi objetivo era, además del mensaje principal,
destruir cualquier atisbo de apetito sexual por esas chicas
mostrando a las claras las humillaciones de las que son objeto
y, de paso, acabar con esa imagen chic un tanto
frívola y peligrosa que se tiene de las prostitutas».
Este cronista da fe de que lo consigue: es una película
dificilísima de soportar y que tiene un final un tanto
sorprendente en el que un hecho terrible, paradójicamente,
puede representar una pequeña puerta abierta a la esperanza en
una película quizás demasiado dificil de digerir.
El
segundo film del día, a concurso en la Sección Oficial, es el
Dogma "En
tus manos" ("Forbrydelser")
de la directora danesa Annette K. Olesen,
que ya presentó en la Seminci su anterior trabajo "Pequeños
contratiempos"
hace dos años. Esta es una película un tanto increíble
cuyo planteamiento inicial invita a hacer ciertos chistes por
las comparaciones con una película en apariencia tan alejada
de ésta tanto en
formato como en planteamientos como "La milla verde"
de Frank Darabont. La historia trata de una recién licenciada
en teología con problemas para quedarse embarazada cuyo primer
trabajo es nada menos que sacerdote en una cárcel de mujeres
(!). En dicho centro conoce a una reclusa, reacia a hablar
sobre los hechos que la llevaron a prisión que, según parece,
posee cierto tipo de poderes sobrenaturales, ya que es capaz
de hacer portentos como curar el síndrome de abstinencia de
otras reclusas con una simple imposición de manos. La obra
pretende ser una reflexión sobre la fe, la confianza, el
crimen y el castigo y hasta el amor en las circunstancias más
extrañas, pero lo cierto es que le pierde esa especie de
necesidad constante de la mayor parte de los directores Dogma
de forzar las situaciones en busca de un dramatismo extremo
que, la verdad, a estas alturas puede producir un cierto
hartazgo en el espectador familiarizado con las técnicas de
los herederos (que no seguidores, pues éste pasa de ellos
olímpicamente y está ya en otras cosas) de ese inteligentísimo
prestidigitador que es Lars Von Traer. La historia, que tiene
algún que otro elemento de interés en medio de un
planteamiento tan literalmente increíble, se pierde en un
guión farragoso y previsible que lleva a plantearse por los
motivos por los que esta película se encuentra a concurso en
la Sección Oficial,
pues sus méritos son, cuanto menos, discutibles. Quizás sea la
nostalgia del buen sabor de boca que en su momento dejó "Italiano
para principiantes"
(que ganó La Espiga de Oro hace un par de años),
pero este Dogma es del tipo 'dramático
hasta el suicidio' y
no de su vertiente más acertada, la verdad sea dicha. Uno
empieza ya a dudar que la ocurrencia de Lars Von Trier tenga
más cosas positivas que negativas, sobre todo a la vista de lo
último que sale bajo el sello Dogma.
Para la tarde, esperemos que
mucho más relajada emocionalmente, queda una apropiada
sobremesa con "Coffee
and cigarettes"
de Jim Jarmusch y otra película de la Sección Oficial, "In
my country (Un país en África)" de John Boorman,
que invitan a pensar que la cosa irá para arriba. Porque la
verdad es que la mañana está siendo, cuando menos, durita.
Aunque siempre hay cosas que lo compensan, como escribir estas
líneas en la sala de prensa de la Seminci justo al lado de
Quim Casas, uno de los críticos más prestigiosos de este país,
y poder intercambiar con él algunas impresiones. Es lo que
tiene esto de los festivales.
Una sobremesa espléndida y
la indignación de María Galiana
Bajaba las escaleras del cine
Roxy con una expresión indefinible entre la indignación y la
impotencia la veterana actriz María Galiana, en busca
de algún desdichado miembro de la organización de la Seminci,
que no esperaba ni por lo más remoto lo que se le venía
encima:
—Pero, ¿es que aquí no hay
nadie que pueda explicarle a una mujer mayor como yo, que es
la primera vez que viene a este cine, que hay dos salas, una
arriba y otra abajo? ¡Yo venía a ver "Luna
de Avellaneda" y me han colocado arriba, a ver el pestiño
ese del Apartheid!
—Es que... como lleva usted acreditación... —acertó a
balbucear el chico, desconcertado por completo.
—Pero bueno, ¿aquí que pone? ¿Invitado, verdad? ¿A qué no pone
prensa por ninguna parte? ¿Pero tú me ves a mi pinta de
periodista?
—No, señora, verá usted
—tercié
con toda mi buena voluntad, dado que era el más cercano a la
escena que allí se estaba desarrollando (y a que entendía de
sobra la indignación de la actriz por el pestiño, pero sobre
eso volveré luego)—. Lo que este joven trata de decirle es que
el pase de "Luna de Avellaneda" era sólo para público y como
usted viene acreditada, el chico de la puerta –que no debía de
haberla reconocido, quizás porque vivía en algún planeta donde
no emiten la serie "Cuéntame" o no había visto su enorme papel
en "Solas", aunque esto lo pensé y no lo dije en voz alta,
claro está– ha dado por sentado que venía usted a ver la peli
de la Sección Oficial.
—¡Pues sí que estamos buenos! A mí me han sentado allí, he
visto un corto de niños neozelandeses en un coche y me he
quedado, pero claro, esa no era la peli que quería ver...
—Pues además ha tenido mala suerte, creo que ha visto usted la
peor película de la Sección Oficial.
—(Sonrisa cómplice, menos tensión) Y encima eso... ¡Para dos
días que vengo a la Seminci! Tiene narices...
—Lo sentimos mucho, señora —el joven de la organización volvió
a tomar las riendas de la situación, ahora que la cosa estaba
más calmada—. Ha sido un error lamentable.
—Bueno, bueno, qué se le va a hacer... —Y con cara de
resignación, la actriz enfiló camino de su hotel, abriéndose
paso entre un buen montón de periodistas bastante indignados.
Y
es que el pase de "In
my country (Un país en África)" ("Country of my
skull"), la película de John Boorman que protagonizan
Juliette Binoche y Samuel L. Jackson, había
provocado un sonoro y más que justificado abucheo entre la
desconcertada prensa, incapaz de entender qué demonios hacía
esta vergonzosa película en la Sección Oficial a concurso. Y
es que cuando una película empieza
–lo
juro–
con una escena que es clavadita a aquel spot que protagonizó
Antonio Resines en apoyo del cine español (¿recuerdan? Esa de
‘¡Oye, pst, oye, chavalote!'), con ese niño que suspiraba
desolado porque su padre no ha podido ir a verle jugar (allí
era el béisbol, aquí el fútbol), uno podía temerse lo peor.
Pero nadie podía prever la tropelía que Boorman ha perpetrado
con un tema tan serio y que impone tanto respeto como La
Comisión por la Verdad y la Reconciliación que permitió en
Sudáfrica amnistiar a más de un millar de los siniestros
miembros de las fuerzas del orden que sostenían el sistema del
Apartheid a base de torturar, asesinar y hacer desaparecer a
miles de personas de color simplemente testificando ante la
comisión admitiendo los hechos siempre que pudieran demostrar
que seguían órdenes de sus superiores. Con un material tan
delicado e importante, Boorman construye una burda historia en
la que un periodista americano y una poetisa afrikaner siguen
el día a día de la comisión y, tras indignarse mucho y llorar
todavía más por las barbaridades reveladas (como quien
desgrana la lista de la compra, por cierto), se enredan en una
increíble historia de amor sin pies ni cabeza. Penoso, muy
penoso.
Llena de personajes tópicos,
situaciones estereotipadas y un guión que simplifica un tema
increíblemente complejo hasta límites intolerables, "In my
country (Un país en África)" cae abiertamente en el ridículo
en tantas ocasiones que las desbandadas de los asistentes de
la sala fueron generales (un servidor aguantó por cierto
prurito profesional... y porque tenía que molestar a no menos
de cinco personas para salir de su butaca y alcanzar la
salida, pero, ay, si llega a ser un cine de pago...) y el
comentario generalizado a la salida era '¿cómo ha llegado esta
película aquí?' Pregunta a la que la única respuesta posible
debe de ser que, siguiendo el espíritu de cine de denuncia y
combativo que se ha instalado año tras año en la Seminci,
alguna mente confusa ha debido pensar que encajaba en el
cuadro por su temática. Claro que semejante bodrio (ni
siquiera Juliette Binoche, horrenda, puede salvarse) no puede
ir más en contra de ese espíritu. Al salir de la sala, pensaba
en aquel revuelo que se montó hace no mucho en otro festival
con "Imagining
Argentina" por causas según cuentan parecidas y pensé que,
al fin y al cabo, debía de ser un hecho más común de lo que
creía en estos certámenes.
Menos
mal que por la tarde habíamos tenido una sobremesa espléndida
con una película cuyo estreno iba que ni pintado a su horario
de las 16:30, "Coffee
and cigarettes" de Jim Jarmusch. La colección
de cortometrajes que Jarmusch ha tardado once años en
completar (el primero, protagonizado por un descacharrante
Roberto Benigni pre-"La vida es bella", es ya bien
conocido a estas alturas) con dos o tres personajes
conversando en una mesa con el café y el tabaco como elementos
comunes a todos ellos es, claro está, una película irregular,
pero repleta de momentos brillantes, que superan el sopor de
ciertos episodios intrascendentes. Entre lo más logrado, el
delirante episodio protagonizado por dos leyendas de la música
tan distintas como Tom Waits e Iggy Pop
interpretándose a sí mismos con una notable dosis de
autoparodia, Cate Blanchett desdoblándose en dos
personajes para su episodio y, por encima de todo, un tan
brillante como divertido diálogo entre dos actores tan
distintos como Alfred Molina y Steve Coogan, que
también hacen de sí mismos, en el que las tornas cambian
varias veces a partir de un imaginativo punto de partida.
Lástima que otros no estén ni mucho menos a esa altura (los de
los White Stripes, o Bill Murray con los Wu Tang Clan),
dando como resultado, como ya se ha dicho, un producto
irregular aunque interesante. La prensa en esta ocasión era
unánime: este film debió haberse proyectado en una sala en la
que se pudiera fumar y te pudieran servir un café a lo largo
de su metraje. Había que ver a la gente precipitándose a los
bares más cercanos en busca de una dosis urgente de cafeína o
encendiendo compulsivamente sus cigarrillos en la misma puerta
una vez terminada la proyección al ritmo de Louie, Louie.
Los azares de la programación
hacen que mañana no pueda asistir, por falta de transporte, al
primer pase de prensa de mi principal objetivo de esta
Seminci: "2046"
de Wong Kar-Wai (¿a quien demonios se le habrá ocurrido la
brillante idea de ponerla un domingo a las 08:30 habiendo, qué
se yo, una de Angelopoulos de 170 minutos en la Sección
Oficial que hace su escaqueo algo más atractivo?), que me veré
obligado a disfrutar, con un día de retraso, el lunes. Sí veré
la única película española a concurso en la Sección Oficial, "María
querida" de José Luis García Sánchez, más la aún pendiente
"La
vida es un milagro" de Kusturica (cuya duración, 154
minutos, rompe cualquier agenda decente) y uno de los platos
más esperados del Festival, "Hierro
3" de Kim Ki-duk, que viene precedido de unas excelentes
críticas en Venecia y del relativo éxito comercial de su
anterior film, "Primavera,
verano, otoño, invierno... y primavera", aún en las
carteleras españolas. Por cierto, no quiero dejar de mencionar
que, en la sección a concurso de cortometrajes, hoy he
asistido a uno de animación, "Ryan", del canadiense
Chris Landreth, que es una verdadera maravilla. Tanto que
a un servidor no le extrañaría nada de nada verlo entre el
quinteto de finalistas nominados al
Oscar® en esa categoría. Y si no, al tiempo.
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