David
Garrido Bazán, Valladolid–
«Me gustaría añadir una última cosa», trataba de hacerse oír un
sonriente Jonathan Demme por encima del aplauso de los
periodistas al anunciarse el fin de la interesante rueda de
prensa de "El
mensajero del miedo", mientras señalaba con una mano el
póster oficial de la Seminci, “no sé si se han dado cuenta de un
detalle. Este estupendo cuadro (Hollywood 1931) es de un autor
llamado Thomas Hart Benton, que a mí me gusta mucho. Si vuelven
a ver "El mensajero del miedo", fíjense en los últimos cinco
minutos: decorando las paredes de la corporación Manchurian
Global hay otros cuadros de este mismo autor, ¿no es una
deliciosa coincidencia?». Jonathan Demme tenía motivos para
estar contento: su presencia en Valladolid, una agradable
sorpresa de última hora, había procurado un encuentro con los
periodistas en el que se habían planteado cuestiones de lo más
estimulantes, y no todas relacionadas con la película que
acabábamos de ver fuera de concurso. En honor a la verdad, hay
que decir que Demme estuvo brillante: no rehuyó ninguna cuestión
política, por delicada que ésta fuera, y aguantó sin pestañear
que los periodistas insistiéramos una y otra vez en preguntas
relacionadas con las próximas elecciones y el actual clima
social y político de los EE.UU. Era como si "El mensajero del
miedo" hubiera sido una mera excusa para que la Seminci, de por
sí un festival que se siente muy a gusto en cuestiones
relacionadas con la denuncia social y la reivindicación
política, entrara de lleno en campaña electoral USA.
Por
supuesto, a ello ayudaba el hecho de que la película, una nueva
versión de la novela de Richard Condon («un autor muy enfadado y
muy crítico con sus dirigentes, como debe ser», según definición
de Demme) que ya llevó a la gran pantalla en otro momento
político delicado John Frankenheimer con el mismo título, a
pesar de ser un más que competente thriller (y posiblemente lo
mejor que ha rodado Demme desde su exitosa "El silencio de los
corderos") se echa a perder en su increíble tramo final, donde
una premisa de por sí compleja de poner en pie (más propia, qué
se yo, de un episodio de Expediente X especialmente paranoico
que hubiera sido dirigido por Oliver Stone, por ejemplo) se
convierte, por obra y gracia de una desafortunada pirueta de
guión que atañe a uno de los personajes principales del film, en
algo literalmente increíble. Sin embargo, en honor de Demme hay
que decir que la película consigue, pese a mostrar a las claras
sus cartas desde un principio (la historia de un ‘durmiente’ con
el cerebro lavado que aspira a ser elegido primero
vicepresidente de los EE.UU y después, por supuesto, presidente
cuando éste fallezca convenientemente), mantener el interés del
espectador mientras Denzel Washington va desvelando la
trama de oscuros intereses corporativos que se oculta tras esta
conspiración hasta el momento antes descrito, siendo una obra
bien realizada e interpretada. La principal baza de la película
(y Demme es bien consciente de eso) es mostrar, bajo el espeso
ropaje de un thriller comercial más, una nada escondida visión
de lo podrido que está el sistema hoy en día en los EE.UU. Demme
huye de manifiestos al estilo de Michael Moore, o John Sayles y
su cáustica "Silver
City", pero todo está ahí: una corporación que bien podría
ser Halliburton, esa terrible cultura del miedo, ese patriotismo
mal entendido como excusa para las mayores tropelías y esa
relación «incestuosa y tóxica» –en palabras del director– entre
el poder político y algunas multinacionales, amparadas por unos
medios cómplices desde el silencio. Y todo, en una
superproducción Hollywood.
«Hay
una frase en la película que me hace temblar cada vez que la
oigo», declaró Demme, «y es cuando el personaje de Jon Voight
dice: ‘Va a ser el primer presidente de los EE.UU. de propiedad
privada de la historia’. La primera vez que la leí en el guión
pensé: ‘¡Pero si nosotros con Bush ya lo tenemos!» Las bromas
abundaron en la rueda de prensa, aun tratándose de temas serios
(«la verdad es que en la alta política de los EE.UU. más que un
lavado de cerebro, hay una ausencia del mismo», «el bulto que
llevaba Bush en la espalda durante los debates con Kerry era
menos sofisticado que los implantes que mostramos en la
película, pero la finalidad seguramente era la misma») y la
deriva hacia la política de la misma (con agradecimientos
explícitos a la labor de Michael Moore y constantes
reivindicaciones de una prensa libre como indispensable pilar de
una democracia incluidos) no impidió destacar algunos aspectos
como la interpretación de Meryl Streep, en un papel
radicalmente opuesto a su manera de pensar o cómo Demme disfrutó
de nuevo de hacer un thriller («llevaba desde "El silencio de
los corderos" esperando una oportunidad semejante»). Desde
luego, tan contentos salimos nosotros de esta larga e
interesante rueda de prensa como Demme de haber venido. Gran
tipo.
El
segundo plato del día también venía con guarnición de rueda de
prensa posterior del equipo. "Caminos
cruzados" ("Chemins de traverse") es un proyecto un
tanto insólito que cuenta con alguna que otra desventaja a
priori. Para empezar, no es un hecho nada habitual que de una
misma novela, escrita por Ignacio Martínez de Pisón, dé
lugar en menos de ocho años a dos películas tan distintas como
"Carreteras secundarias" de Emilio Martínez Lázaro (con Antonio
Resines en el papel principal) y esta "Caminos cruzados" de
Manuel Poirier protagonizada por Sergi López. Y la
verdad es que con ese antecedente en la cabeza, ver de nuevo la
misma historia (un perdedor obsesionado con llegar a ser algo y
abocado al fracaso mientras arrastra a su adolescente y confuso
hijo a una vida de vagabundeo continuo sin ningún futuro), por
más que la perspectiva de Poirier sea bien distinta, no era algo
que apeteciera mucho a los allí reunidos. «La diferencia
estriba», declaró el escritor de la novela, «en que la película
de Martínez Lázaro, para la que escribí el guión, era muy fiel a
la obra original, mientras que Poirier ha cogido la trama de la
novela y la ha adaptado a sus necesidades para hacer una
película más personal». Es una buena definición, porque la
película francesa, mucho más dramática desde un primer momento
que su antecesora (y, en consecuencia, menos impactante y
efectiva), se esfuerza en obligar a los actores a trabajarse la
emoción desde lo más básico, con una puesta en escena despojada
de todo artificio
–prescinde hasta del montaje–,
llena de planos fijos sostenidos y planos secuencia
–sólo tiene 170 planos, frente a los mil que suelen ser la media
habitual, según reveló Poirier–.
Pero el problema es doble: por un lado, el posible conocimiento
previo de la película española (que, atención, ni director ni
actores han visto a día de hoy, un hecho curioso que les
permitió una mayor libertad creativa) por el espectador hace que
éste se anticipe a lo que va a suceder, ya que no hay novedades
reseñables en ese aspecto. Por otro, es loable la intención de
Poirier de volver a un naturalismo despojado para dar una mayor
verosimilitud a las emociones... pero demasiadas veces eso se
traduce en una puesta en escena plana y falta de imaginación que
produce aburrimiento e incluso hartazgo (¿hasta cuántos planos
fijos de padre e hijo sentados comiendo en una mesa pueden
aguantarse en una película así?).
Sergi
López está espléndido en su papel de perdedor que se aferra con
fuerza a lo único que le queda cuando fracasa en todo lo que
intenta: su orgullo y sus principios, que le permiten construir
una hermosa relación padre-hijo. Pero la verdad es que, dejando
eso aparte, la película de Poirier no pasa de ser una obra menor
en su carrera cuyos resultados están muy por debajo de lo que
pretende conseguir, por más que un exultante Sergi López, tan
implicado en lo personal con la película como su director (que
se la ha dedicado a su padre fallecido), declarara que «es la
película que más me ha conmovido de todas las que he hecho»,
para después hacer una apasionada defensa del método de trabajo
de su amigo y director en nada menos que ocho películas: «Es una
propuesta extremadamente radical en un tiempo en el que las
convenciones haciendo cine parecen invadirlo todo. Esta es una
película de valentía y riesgo, porque Manuel no puede trabajar
de otra forma que desde el riesgo, sin hacer concesiones a
nada». Lo mejor de una rueda de prensa en la que un expansivo
Sergi López se empeñó en quitarle su puesto de trabajo a la
traductora del festival demostrando su dominio del francés fue
la respuesta de Manuel Poirier a una pregunta sobre la ausencia
del plano/contraplano y hasta del montaje en su película. Una
lección de cine y hasta de principios: «Para mí hacer una
película es una búsqueda difícil de la emoción más verdadera
posible. En cine hay muchas cosas fáciles, como ésas que citas:
en el montaje se crea la emoción en el momento que se desea,
pero es artificial, se pierde lo real. Y además, el montaje hace
que el tiempo real no exista, mientras que en un plano fijo, sin
editar, o en un plano secuencia, el actor tiene que provocar esa
emoción de la nada primero y sostenerla después en tiempo real.
Para mí la emoción está en dar la libertad al espectador de
elegir la mirada de cualquiera de los personajes que está en
pantalla. Es muy importante dejarle libertad para elegir. La
búsqueda de la simplicidad es difícil, fascinante y mágico».
Tras esta impresionante respuesta (aquí resumida, claro, pues se
extendió mucho más) este cronista no pudo sino acercarse al
director y hacerle llegar mi más sincera admiración por mantener
esa coherencia. Sí, puede que "Caminos cruzados" no me gustara
mucho, pero un director con esas ideas tan claras y esa voluntad
de ponerlas en práctica tiene todo mi respeto.
Me
queda pendiente hablaros de "2046"
de Wong Kar-Wai, pero prefiero dejarlo para más adelante, cuando
haya tenido tiempo de reflexionar un poco sobre una película
magnífica cuyo único reparo es su excesiva dependencia de "In
the mood for love (Deseando amar)", película que es recomendable
no sólo conocer, sino tener bien presente antes de entrar a
fondo en esta compleja, exigente y a la postre maravillosa obra
a la que va indisolublemente unida. Prometo ser más explícito
más adelante, pero baste este dato por el momento: quien
suscribe tenía pensado ver el pase de prensa de la japonesa "Nadie
sabe" justo después de "2046"... y le fue imposible hacerlo,
tal fue la conmoción que le causó la película de Wong Kar-Wai.
Aquellos que me conozcan un poco saben que esto no es un hecho
nada común en mí. Les aseguro que, mientras redacto estas
líneas, estoy haciendo un esfuerzo por no seguir en esa
habitación "2046" que tan buena impresión me ha causado.
Mañana seguiremos en la Sección Oficial con dos nuevas
películas: la argentina "Buena
vida - Delivery", debut del prometedor Leonardo Di Cesare y
la suiza "Todo
un invierno sin fuego" del polaco Greg Zglinski. Son dos de
las pocas apuestas del festival por autores no consagrados, así
que esperamos ser sorprendidos. En el buen sentido del término,
claro está.
Wong
Kar-Wai fascina y consigue que sigamos deseando amar
Se
han oído todo tipo de cosas y se han hecho todo tipo de
especulaciones sobre esta "2046"
que se presentó de forma un tanto accidentada en el último
Festival de Cannes. Muchos han cargado contra ella, arguyendo
que el director de Hong Kong no hace sino reincidir en el estilo
rompedor de "In the mood for love (Deseando amar)", aquella obra
maestra que conmocionó el mundo del cine hace ahora cuatro años.
Hay que precisar, antes de entrar en el análisis de esta
compleja y elaborada película, que Wong Kar-Wai realizó "2046"
en paralelo con
"In the mood for love (Deseando amar)", de tal forma que,
como es un realizador que trabaja sin guión escrito de antemano
ni plan de rodaje detallado (lo que provoca que los actores
sepan, cuando aceptan comprometerse en un proyecto suyo, cuándo
van a empezar a trabajar pero nunca cuándo van a terminar), la
evolución de los dos proyectos acabó generando una serie de
vínculos indisolubles entre ellos, un caos ordenado que a punto
ha estado de acabar con la cordura del director, que empezó
montando su primera película y presentándola en Cannes en el
2000 mucho antes de finalizar el proceso para el que le hubiera
gustado disponer de más tiempo y ha terminado, quizás como
compensación, invirtiendo cuatro largos años en la
post-producción de "2046". No es extraño que, en palabras del
propio realizador, «al final he dejado de pensar en ellas como
dos películas distintas».
"2046", pese a lo que se ha dicho en algunos medios, no es una
película futurista, por más que su comienzo dé esa impresión.
Aquí nos encontramos de nuevo a un periodista –interpretado por
Tony Leung– que escribe relatos ambientados en el futuro
pero que, en realidad, están inspirados en sus propias vivencias
del pasado. Toda la historia de "2046" se articula en torno a la
figura de este escritor, o más bien habría que decir en torno a
las relaciones que, a lo largo de un periodo que va de diciembre
de 1964 a diciembre de 1967, mantiene con hasta tres mujeres
distintas: una jugadora profesional que le rompe el corazón (de
nuevo Maggie Cheung, su pareja del anterior film), una
joven vecina de habitación del hotel donde se aloja –la ocupante
de la habitación 2046– con la que mantendrá una apasionada y
tórrida relación (Zhang Ziyi, más bella que nunca) y la
hija mayor del dueño del hotel, una mujer enamorada de un
japonés cuyo padre desaprueba la relación, condenada a sufrir
por no haber aceptado fugarse con él en su momento, lectora de
noveluchas baratas y ocasional colaboradora en los escritos del
protagonista. A estas tres historias hay que sumar la ambientada
en el futuro en un relato que escribe el escritor, fruto de sus
propias vivencias, en las que los protagonistas son trasuntos de
los personajes antes descritos o expresión de las fantasías,
deseos y anhelos del autor. Un fascinante embrollo.
Kar-Wai
mantiene intacto el estilo que le dio fama con "In the mood for
love (Deseando mar)": ralentizados, juegos con el espacio y el
tiempo, superposición de unas historias con otras, planos
esquinados en los que no vemos los rostros de los protagonistas
o éstos quedan marginados a un lado del encuadre, una
maravillosa música incidental… pero por encima de todo, Kar-Wai
mantiene una endiablada habilidad para mantener la atención del
espectador sobre el más mínimo detalle de cuanto está
desarrollándose delante de sus ojos. Uno no puede perderse en la
fascinación que le produce un plano, la vibración interior que
consigue la inclusión de una música o el sentido de la
composición artística de su director, porque corre el riesgo de
perder información valiosísima para comprender detalles que van
a surgir con posterioridad en el metraje. Como si de un
malabarista se tratara, Kar-Wai mantiene en perfecto equilibrio
los hilos que conforman el delicado tapiz al que está dando
forma: por momentos, uno tiene la sensación de estar perdiendo
la visión de conjunto, guiado en una dirección determinada por
el autor, pero sin embargo siempre se vuelve una y otra vez al
conjunto, al delicado y sutil grupo de interrelaciones entre los
personajes, o más bien cabría decir entre el personaje de Tony
Leung y todos aquellos que le rodean, y siempre con ese elegante
sello personal que seduce y fascina de manera incomprensible
racionalmente, pero que apunta de forma certera al interior de
nosotros, pulsando teclas y cuerdas de cuya existencia a veces
ni siquiera somos conscientes.
"2046" habla del amor, por supuesto, pero más que del amor habla
de la memoria, de la necesidad de tener un lugar donde guardar o
esconder recuerdos, pensamientos, frustraciones, deseos
inconfesables, sueños y esperanzas. Desde ese punto de vista (y
desde muchos otros que no conviene citar aquí) es imprescindible
no sólo haber visto, sino tener bien fresca en la memoria "In
the mood for love (Deseando amar)" para captar en toda su
complejidad la impresionante propuesta de este autor con
mayúsculas al que algunos acusan bastante injustamente de estar
revolcándose en su propio estilo o de ejercer gratuitamente la
pedantería, sin entender que, una vez vista "2046", ambas
películas guardan una relación indisoluble de tal forma que, por
mucho que ambas puedan disfrutarse por separado, ambas son obras
incompletas la una sin la otra. Donde "In the mood for love
(Deseando amar)" era todo sugerencia y ausencia de contacto,
"2046" no escatima sexualidad más o menos explícita y concreción
del deseo (a ese respecto, es de destacar el impresionante
trabajo de la hermosa Zhang Ziyi, que enamora en una composición
atrevida, llena de riesgos que sortea con habilidad); donde
"In the mood for love (Deseando amar)"
era la búsqueda infructuosa de la realización de un
amor imposible, "2046" es la búsqueda infructuosa de recuperar
un sentimiento igual de intenso que el que se vivió en algún
momento del pasado. Y así sucesivamente. También podría decirse
que "2046" es una película sobre las promesas, sobre cómo
podemos, en nuestra vana ilusión, pretender que las cosas puedan
permanecer invariables, sin cambios, durante toda una vida, ese
deseo tan humano de capturar un momento imborrable y tratar de
preservarlo para siempre…. Podrían decirse tantas cosas…
Muchos
pensamos que "2046" es, si no una obra maestra, la película más
impresionante y que deja una huella más profunda de todas las
que hasta ahora hemos visto en la Seminci, con diferencia. Pero,
si he de ser sincero y aun compartiendo esta afirmación, no sé
si una película decididamente incompleta, por los motivos que
antes he mencionado, merecería llevarse la Espiga de Oro por
encima de otras propuestas quizás no tan apasionantes, pero sí
igualmente brillantes. En lo que sí hay unanimidad es en el
hecho de que "2046" es una obra que exige un segundo visionado
(que desgraciadamente a mí ya no me será posible: ayer era el
último pase) para saborear de nuevo y con aún mayor delectación
la propuesta de Wong Kar-Wai que, por cierto y entrando ya en el
terreno de la anécdota, se ha convertido en la auténtica leyenda
urbana de esta edición de la Seminci: el rumor de que finalmente
podría acudir en persona a ofrecer una rueda de prensa (que
nadie sabe exactamente de dónde ha salido, pero que corre de
boca en boca y más después de la aparición sorpresa de Jonathan
Demme esta mañana) trae por la calle de la amargura a los
responsables de la información de la Seminci que una y otra vez
se ven obligados a contestar ‘no hay novedades’ a las miles de
veces que se les pregunta sobre esa posibilidad. Y es que parece
ser que los festivales, esos pequeños y fugaces universos de
cine, sueños e ilusiones, también se nutren, como "2046", de
promesas incumplidas y deseos imposibles expresados en voz baja
en rincones secretos.