49º SEMANA INTERNACIONAL DE CINE DE VALLADOLID
LA BUTACA - Revista de Cine


COBERTURA DE LA 49ª EDICIÓN DE LA SEMINCI
                                          22 - 30 Octubre 2004

 

 

 

 

 

 

 


 

PELÍCULAS   CRÓNICAS   PALMARÉS

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CRÓNICA DEL LUNES 25 DE OCTUBRE


Jonathan Demme aparece por sorpresa y Manuel Poirier nos da una lección de cine... en la rueda de prensa

"El mensajero del miedo" - Copyright © 2004 UIPDavid Garrido BazánValladolid «Me gustaría añadir una última cosa», trataba de hacerse oír un sonriente Jonathan Demme por encima del aplauso de los periodistas al anunciarse el fin de la interesante rueda de prensa de "El mensajero del miedo", mientras señalaba con una mano el póster oficial de la Seminci, “no sé si se han dado cuenta de un detalle. Este estupendo cuadro (Hollywood 1931) es de un autor llamado Thomas Hart Benton, que a mí me gusta mucho. Si vuelven a ver "El mensajero del miedo", fíjense en los últimos cinco minutos: decorando las paredes de la corporación Manchurian Global hay otros cuadros de este mismo autor, ¿no es una deliciosa coincidencia?». Jonathan Demme tenía motivos para estar contento: su presencia en Valladolid, una agradable sorpresa de última hora, había procurado un encuentro con los periodistas en el que se habían planteado cuestiones de lo más estimulantes, y no todas relacionadas con la película que acabábamos de ver fuera de concurso. En honor a la verdad, hay que decir que Demme estuvo brillante: no rehuyó ninguna cuestión política, por delicada que ésta fuera, y aguantó sin pestañear que los periodistas insistiéramos una y otra vez en preguntas relacionadas con las próximas elecciones y el actual clima social y político de los EE.UU. Era como si "El mensajero del miedo" hubiera sido una mera excusa para que la Seminci, de por sí un festival que se siente muy a gusto en cuestiones relacionadas con la denuncia social y la reivindicación política, entrara de lleno en campaña electoral USA.

"El mensajero del miedo" - Copyright © 2004 UIPPor supuesto, a ello ayudaba el hecho de que la película, una nueva versión de la novela de Richard Condon («un autor muy enfadado y muy crítico con sus dirigentes, como debe ser», según definición de Demme) que ya llevó a la gran pantalla en otro momento político delicado John Frankenheimer con el mismo título, a pesar de ser un más que competente thriller (y posiblemente lo mejor que ha rodado Demme desde su exitosa "El silencio de los corderos") se echa a perder en su increíble tramo final, donde una premisa de por sí compleja de poner en pie (más propia, qué se yo, de un episodio de Expediente X especialmente paranoico que hubiera sido dirigido por Oliver Stone, por ejemplo) se convierte, por obra y gracia de una desafortunada pirueta de guión que atañe a uno de los personajes principales del film, en algo literalmente increíble. Sin embargo, en honor de Demme hay que decir que la película consigue, pese a mostrar a las claras sus cartas desde un principio (la historia de un ‘durmiente’ con el cerebro lavado que aspira a ser elegido primero vicepresidente de los EE.UU y después, por supuesto, presidente cuando éste fallezca convenientemente), mantener el interés del espectador mientras Denzel Washington va desvelando la trama de oscuros intereses corporativos que se oculta tras esta conspiración hasta el momento antes descrito, siendo una obra bien realizada e interpretada. La principal baza de la película (y Demme es bien consciente de eso) es mostrar, bajo el espeso ropaje de un thriller comercial más, una nada escondida visión de lo podrido que está el sistema hoy en día en los EE.UU. Demme huye de manifiestos al estilo de Michael Moore, o John Sayles y su cáustica "Silver City", pero todo está ahí: una corporación que bien podría ser Halliburton, esa terrible cultura del miedo, ese patriotismo mal entendido como excusa para las mayores tropelías y esa relación «incestuosa y tóxica» –en palabras del director– entre el poder político y algunas multinacionales, amparadas por unos medios cómplices desde el silencio. Y todo, en una superproducción Hollywood.

«Hay una frase en la película que me hace temblar cada vez que la oigo», declaró Demme, «y es cuando el personaje de Jon Voight dice: ‘Va a ser el primer presidente de los EE.UU. de propiedad privada de la historia’. La primera vez que la leí en el guión pensé: ‘¡Pero si nosotros con Bush ya lo tenemos!» Las bromas abundaron en la rueda de prensa, aun tratándose de temas serios («la verdad es que en la alta política de los EE.UU. más que un lavado de cerebro, hay una ausencia del mismo», «el bulto que llevaba Bush en la espalda durante los debates con Kerry era menos sofisticado que los implantes que mostramos en la película, pero la finalidad seguramente era la misma») y la deriva hacia la política de la misma (con agradecimientos explícitos a la labor de Michael Moore y constantes reivindicaciones de una prensa libre como indispensable pilar de una democracia incluidos) no impidió destacar algunos aspectos como la interpretación de Meryl Streep, en un papel radicalmente opuesto a su manera de pensar o cómo Demme disfrutó de nuevo de hacer un thriller («llevaba desde "El silencio de los corderos" esperando una oportunidad semejante»). Desde luego, tan contentos salimos nosotros de esta larga e interesante rueda de prensa como Demme de haber venido. Gran tipo.

"Caminos cruzados" - Copyright © 2004 Aquelarre Servicios CinematográficosEl segundo plato del día también venía con guarnición de rueda de prensa posterior del equipo. "Caminos cruzados" ("Chemins de traverse") es un proyecto un tanto insólito que cuenta con alguna que otra desventaja a priori. Para empezar, no es un hecho nada habitual que de una misma novela, escrita por Ignacio Martínez de Pisón, dé lugar en menos de ocho años a dos películas tan distintas como "Carreteras secundarias" de Emilio Martínez Lázaro (con Antonio Resines en el papel principal) y esta "Caminos cruzados" de Manuel Poirier protagonizada por Sergi López. Y la verdad es que con ese antecedente en la cabeza, ver de nuevo la misma historia (un perdedor obsesionado con llegar a ser algo y abocado al fracaso mientras arrastra a su adolescente y confuso hijo a una vida de vagabundeo continuo sin ningún futuro), por más que la perspectiva de Poirier sea bien distinta, no era algo que apeteciera mucho a los allí reunidos. «La diferencia estriba», declaró el escritor de la novela, «en que la película de Martínez Lázaro, para la que escribí el guión, era muy fiel a la obra original, mientras que Poirier ha cogido la trama de la novela y la ha adaptado a sus necesidades para hacer una película más personal». Es una buena definición, porque la película francesa, mucho más dramática desde un primer momento que su antecesora (y, en consecuencia, menos impactante y efectiva), se esfuerza en obligar a los actores a trabajarse la emoción desde lo más básico, con una puesta en escena despojada de todo artificio –prescinde hasta del montaje–, llena de planos fijos sostenidos y planos secuencia –sólo tiene 170 planos, frente a los mil que suelen ser la media habitual, según reveló Poirier–. Pero el problema es doble: por un lado, el posible conocimiento previo de la película española (que, atención, ni director ni actores han visto a día de hoy, un hecho curioso que les permitió una mayor libertad creativa) por el espectador hace que éste se anticipe a lo que va a suceder, ya que no hay novedades reseñables en ese aspecto. Por otro, es loable la intención de Poirier de volver a un naturalismo despojado para dar una mayor verosimilitud a las emociones... pero demasiadas veces eso se traduce en una puesta en escena plana y falta de imaginación que produce aburrimiento e incluso hartazgo (¿hasta cuántos planos fijos de padre e hijo sentados comiendo en una mesa pueden aguantarse en una película así?).

"Caminos cruzados" - Copyright © 2004 Aquelarre Servicios CinematográficosSergi López está espléndido en su papel de perdedor que se aferra con fuerza a lo único que le queda cuando fracasa en todo lo que intenta: su orgullo y sus principios, que le permiten construir una hermosa relación padre-hijo. Pero la verdad es que, dejando eso aparte, la película de Poirier no pasa de ser una obra menor en su carrera cuyos resultados están muy por debajo de lo que pretende conseguir, por más que un exultante Sergi López, tan implicado en lo personal con la película como su director (que se la ha dedicado a su padre fallecido), declarara que «es la película que más me ha conmovido de todas las que he hecho», para después hacer una apasionada defensa del método de trabajo de su amigo y director en nada menos que ocho películas: «Es una propuesta extremadamente radical en un tiempo en el que las convenciones haciendo cine parecen invadirlo todo. Esta es una película de valentía y riesgo, porque Manuel no puede trabajar de otra forma que desde el riesgo, sin hacer concesiones a nada». Lo mejor de una rueda de prensa en la que un expansivo Sergi López se empeñó en quitarle su puesto de trabajo a la traductora del festival demostrando su dominio del francés fue la respuesta de Manuel Poirier a una pregunta sobre la ausencia del plano/contraplano y hasta del montaje en su película. Una lección de cine y hasta de principios: «Para mí hacer una película es una búsqueda difícil de la emoción más verdadera posible. En cine hay muchas cosas fáciles, como ésas que citas: en el montaje se crea la emoción en el momento que se desea, pero es artificial, se pierde lo real. Y además, el montaje hace que el tiempo real no exista, mientras que en un plano fijo, sin editar, o en un plano secuencia, el actor tiene que provocar esa emoción de la nada primero y sostenerla después en tiempo real. Para mí la emoción está en dar la libertad al espectador de elegir la mirada de cualquiera de los personajes que está en pantalla. Es muy importante dejarle libertad para elegir. La búsqueda de la simplicidad es difícil, fascinante y mágico».

Tras esta impresionante respuesta (aquí resumida, claro, pues se extendió mucho más) este cronista no pudo sino acercarse al director y hacerle llegar mi más sincera admiración por mantener esa coherencia. Sí, puede que "Caminos cruzados" no me gustara mucho, pero un director con esas ideas tan claras y esa voluntad de ponerlas en práctica tiene todo mi respeto.

Me queda pendiente hablaros de "2046" de Wong Kar-Wai, pero prefiero dejarlo para más adelante, cuando haya tenido tiempo de reflexionar un poco sobre una película magnífica cuyo único reparo es su excesiva dependencia de "In the mood for love (Deseando amar)", película que es recomendable no sólo conocer, sino tener bien presente antes de entrar a fondo en esta compleja, exigente y a la postre maravillosa obra a la que va indisolublemente unida. Prometo ser más explícito más adelante, pero baste este dato por el momento: quien suscribe tenía pensado ver el pase de prensa de la japonesa "Nadie sabe" justo después de "2046"... y le fue imposible hacerlo, tal fue la conmoción que le causó la película de Wong Kar-Wai. Aquellos que me conozcan un poco saben que esto no es un hecho nada común en mí. Les aseguro que, mientras redacto estas líneas, estoy haciendo un esfuerzo por no seguir en esa habitación "2046" que tan buena impresión me ha causado.

Mañana seguiremos en la Sección Oficial con dos nuevas películas: la argentina "Buena vida - Delivery", debut del prometedor Leonardo Di Cesare y la suiza "Todo un invierno sin fuego" del polaco Greg Zglinski. Son dos de las pocas apuestas del festival por autores no consagrados, así que esperamos ser sorprendidos. En el buen sentido del término, claro está.


Wong Kar-Wai fascina y consigue que sigamos deseando amar

"2046" - Copyright © 2004 Araba FilmsSe han oído todo tipo de cosas y se han hecho todo tipo de especulaciones sobre esta "2046" que se presentó de forma un tanto accidentada en el último Festival de Cannes. Muchos han cargado contra ella, arguyendo que el director de Hong Kong no hace sino reincidir en el estilo rompedor de "In the mood for love (Deseando amar)", aquella obra maestra que conmocionó el mundo del cine hace ahora cuatro años. Hay que precisar, antes de entrar en el análisis de esta compleja y elaborada película, que Wong Kar-Wai realizó "2046" en paralelo con "In the mood for love (Deseando amar)", de tal forma que, como es un realizador que trabaja sin guión escrito de antemano ni plan de rodaje detallado (lo que provoca que los actores sepan, cuando aceptan comprometerse en un proyecto suyo, cuándo van a empezar a trabajar pero nunca cuándo van a terminar), la evolución de los dos proyectos acabó generando una serie de vínculos indisolubles entre ellos, un caos ordenado que a punto ha estado de acabar con la cordura del director, que empezó montando su primera película y presentándola en Cannes en el 2000 mucho antes de finalizar el proceso para el que le hubiera gustado disponer de más tiempo y ha terminado, quizás como compensación, invirtiendo cuatro largos años en la post-producción de "2046". No es extraño que, en palabras del propio realizador, «al final he dejado de pensar en ellas como dos películas distintas».

"2046", pese a lo que se ha dicho en algunos medios, no es una película futurista, por más que su comienzo dé esa impresión. Aquí nos encontramos de nuevo a un periodista –interpretado por Tony Leung– que escribe relatos ambientados en el futuro pero que, en realidad, están inspirados en sus propias vivencias del pasado. Toda la historia de "2046" se articula en torno a la figura de este escritor, o más bien habría que decir en torno a las relaciones que, a lo largo de un periodo que va de diciembre de 1964 a diciembre de 1967, mantiene con hasta tres mujeres distintas: una jugadora profesional que le rompe el corazón (de nuevo Maggie Cheung, su pareja del anterior film), una joven vecina de habitación del hotel donde se aloja –la ocupante de la habitación 2046– con la que mantendrá una apasionada y tórrida relación (Zhang Ziyi, más bella que nunca) y la hija mayor del dueño del hotel, una mujer enamorada de un japonés cuyo padre desaprueba la relación, condenada a sufrir por no haber aceptado fugarse con él en su momento, lectora de noveluchas baratas y ocasional colaboradora en los escritos del protagonista. A estas tres historias hay que sumar la ambientada en el futuro en un relato que escribe el escritor, fruto de sus propias vivencias, en las que los protagonistas son trasuntos de los personajes antes descritos o expresión de las fantasías, deseos y anhelos del autor. Un fascinante embrollo.

"2046" - Copyright © 2004 Araba FilmsKar-Wai mantiene intacto el estilo que le dio fama con "In the mood for love (Deseando mar)": ralentizados, juegos con el espacio y el tiempo, superposición de unas historias con otras, planos esquinados en los que no vemos los rostros de los protagonistas o éstos quedan marginados a un lado del encuadre, una maravillosa música incidental… pero por encima de todo, Kar-Wai mantiene una endiablada habilidad para mantener la atención del espectador sobre el más mínimo detalle de cuanto está desarrollándose delante de sus ojos. Uno no puede perderse en la fascinación que le produce un plano, la vibración interior que consigue la inclusión de una música o el sentido de la composición artística de su director, porque corre el riesgo de perder información valiosísima para comprender detalles que van a surgir con posterioridad en el metraje. Como si de un malabarista se tratara, Kar-Wai mantiene en perfecto equilibrio los hilos que conforman el delicado tapiz al que está dando forma: por momentos, uno tiene la sensación de estar perdiendo la visión de conjunto, guiado en una dirección determinada por el autor, pero sin embargo siempre se vuelve una y otra vez al conjunto, al delicado y sutil grupo de interrelaciones entre los personajes, o más bien cabría decir entre el personaje de Tony Leung y todos aquellos que le rodean, y siempre con ese elegante sello personal que seduce y fascina de manera incomprensible racionalmente, pero que apunta de forma certera al interior de nosotros, pulsando teclas y cuerdas de cuya existencia a veces ni siquiera somos conscientes.

"2046" habla del amor, por supuesto, pero más que del amor habla de la memoria, de la necesidad de tener un lugar donde guardar o esconder recuerdos, pensamientos, frustraciones, deseos inconfesables, sueños y esperanzas. Desde ese punto de vista (y desde muchos otros que no conviene citar aquí) es imprescindible no sólo haber visto, sino tener bien fresca en la memoria "In the mood for love (Deseando amar)" para captar en toda su complejidad la impresionante propuesta de este autor con mayúsculas al que algunos acusan bastante injustamente de estar revolcándose en su propio estilo o de ejercer gratuitamente la pedantería, sin entender que, una vez vista "2046", ambas películas guardan una relación indisoluble de tal forma que, por mucho que ambas puedan disfrutarse por separado, ambas son obras incompletas la una sin la otra. Donde "In the mood for love (Deseando amar)" era todo sugerencia y ausencia de contacto, "2046" no escatima sexualidad más o menos explícita y concreción del deseo (a ese respecto, es de destacar el impresionante trabajo de la hermosa Zhang Ziyi, que enamora en una composición atrevida, llena de riesgos que sortea con habilidad); donde "In the mood for love (Deseando amar)" era la búsqueda infructuosa de la realización de un amor imposible, "2046" es la búsqueda infructuosa de recuperar un sentimiento igual de intenso que el que se vivió en algún momento del pasado. Y así sucesivamente. También podría decirse que "2046" es una película sobre las promesas, sobre cómo podemos, en nuestra vana ilusión, pretender que las cosas puedan permanecer invariables, sin cambios, durante toda una vida, ese deseo tan humano de capturar un momento imborrable y tratar de preservarlo para siempre…. Podrían decirse tantas cosas…

"2046" - Copyright © 2004 Araba FilmsMuchos pensamos que "2046" es, si no una obra maestra, la película más impresionante y que deja una huella más profunda de todas las que hasta ahora hemos visto en la Seminci, con diferencia. Pero, si he de ser sincero y aun compartiendo esta afirmación, no sé si una película decididamente incompleta, por los motivos que antes he mencionado, merecería llevarse la Espiga de Oro por encima de otras propuestas quizás no tan apasionantes, pero sí igualmente brillantes. En lo que sí hay unanimidad es en el hecho de que "2046" es una obra que exige un segundo visionado (que desgraciadamente a mí ya no me será posible: ayer era el último pase) para saborear de nuevo y con aún mayor delectación la propuesta de Wong Kar-Wai que, por cierto y entrando ya en el terreno de la anécdota, se ha convertido en la auténtica leyenda urbana de esta edición de la Seminci: el rumor de que finalmente podría acudir en persona a ofrecer una rueda de prensa (que nadie sabe exactamente de dónde ha salido, pero que corre de boca en boca y más después de la aparición sorpresa de Jonathan Demme esta mañana) trae por la calle de la amargura a los responsables de la información de la Seminci que una y otra vez se ven obligados a contestar ‘no hay novedades’ a las miles de veces que se les pregunta sobre esa posibilidad. Y es que parece ser que los festivales, esos pequeños y fugaces universos de cine, sueños e ilusiones, también se nutren, como "2046", de promesas incumplidas y deseos imposibles expresados en voz baja en rincones secretos.
 


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