David
Garrido Bazán, Valladolid–
«Aquí, o nos salvamos todos o nos cagamos todos». Esta
frase, una mínima variación de la que pudo escucharse en la
película inaugural, "Luna
de Avellaneda", se repite en un contexto diametralmente
opuesto en la magnífica opera prima del realizador argentino
Leonardo Di Cesare "Buena
vida - Delivery", primera cita del día de hoy en el
Teatro Calderón. La primera impresión que uno tiene al salir de
la sala es de asombro y cierta sensación de agobio. No por la
película en sí, que es una de las mejores que hemos podido ver
hasta ahora en la sección oficial a concurso, sino porque da
cierta congoja comprobar que los cineastas argentinos están
haciendo ahora algunas películas que tratan de reflejar las
terribles consecuencias de la crisis de hace un par de años... y
les salen unas obras como aquellas "El pisito", "Plácido" o "El
verdugo" con las que gente como Berlanga, Ferreri o Azcona
captaban a la perfección el sentir de aquellos duros años, sin
que faltara en ningún momento el sentido del humor. Veinte años
no son nada, reza un conocido tango, pero al parecer cuarenta
tampoco. Da un poco de vértigo pensar que ese país esté pasando
por una situación similar a aquélla, con todo lo que ha sido.
"Buena vida - Delivery" (algo así como 'buena vida a domicilio',
usando un vocablo inglés de uso común en Argentina) narra de
manera muy sencilla la historia de Hernán, un tipo «con rostro
de boludo», buena gente y enamorado de una chica que atiende una
estación de servicio, a la que alquila una habitación que tiene
libre en su casa. La cosa pinta bien: consigue enamorar a la
chica y todo va sobre ruedas... hasta que un día Hernán vuelve a
casa y se encuentra a los padres de ella y una hija que
desconocía que tenía, dispuestos a pasar unos días alojados
allí. De paso. Por supuesto, Hernán los recibe encantado. Pero
los días pasan y la familia no sólo no parece dispuesta a
abandonar la casa, sino que traen una maquinaria para poner en
marcha un antiguo negocio de Venancio, el padre de la chica: una
fábrica de churros en la sala de estar. Sin comerlo ni beberlo,
Hernán se encuentra con su casa invadida no sólo por esa familia
de desconocidos, sino por un montón de desocupados, inmigrantes,
operarios de las máquinas que aspiran a conseguir un trabajo. No
puede deshacerse de ellos y, por descontado, su relación con la
chica, que tanto prometía, empieza a hacer aguas por todas
partes.
El
director construye así una mirada irónica, surrealista, sobre
los estragos de la crisis en la sociedad argentina con esta
situación que sin duda firmaría encantado el mismísimo Berlanga
en la que este pobre hombre se ve superado por completo por los
acontecimientos y la familia que se le instala en su casa no
tiene el más mínimo reparo o remordimiento en hacerlo...
simplemente porque no tiene otra opción que actuar así para
sobrevivir. La película, llena de ese humor cínico que sólo
puede extraerse de las situaciones más desesperadas, está muy
bien interpretada por todo el elenco (destaca su protagonista,
el joven y desconocido Ignacio Toselli, un
descubrimiento) y consigue ajustar su ritmo hasta equilibrar con
habilidad comedia y tragedia, algo que no resultaba fácil
porque, según el director, «la tentación de sacar más partido en
pantalla de las locuras de la máquina de churros de Venancio
resultaba muy fuerte: tuvimos que cortar quince minutos cómicos
estupendos, pero que desequilibraban el film». Con su ajustado
retrato de la desesperación y el caos de una sociedad
completamente perdida, "Buena vida - Delivery" se convierte, por
la inevitable comparación, en una dolorosa espina en el costado
de "Luna de Avellaneda", pues con muchos menos medios pero más
imaginación resulta mucho más efectiva (y por lo tanto, tiene
más posibilidades de cara al palmarés final) que ésta a la hora
de diagnosticar los males actuales de esa Argentina que tanto
les duele a ambos directores.
A esto hay que sumarle la explicación del único defecto palpable
de la obra: su pobreza visual, a ratos. Y es que la crisis
golpeó de lleno a esta opera prima de Leonardo Di Cesare, que
empezó a ponerse en marcha gracias a ganar un concurso de
guiones al que se presentaron más de 200 proyectos: «Empezamos a
rodar la película y estábamos en ello, con un presupuesto muy,
muy ajustado, cuando la crisis se nos metió en el rodaje»,
explicó el realizador en la rueda de prensa. «Tuvimos que parar
por falta de presupuesto y, cuando intentamos solicitar ayuda
del Instituto de Cine, descubrimos que no había director de la
Institución. Claro que, en ese momento, tampoco había presidente
del país. La frase más común era ‘toménse unas largas
vacaciones’. Tal cual. Así que eso hicimos. Vi el material que
llevábamos rodado hasta entonces y me pareció horrible, penoso.
Así que me dediqué a criar caracoles, como hace uno de los
personajes de la película».
«¿Cómo?» preguntamos incrédulos los asistentes a la rueda de
prensa.
«Si,
es rigurosamente cierto. Me dediqué a criar caracoles para
exportarlos. Tengo mi diploma de criador y todo. No podía
terminar la película por falta de dinero y mi autoestima estaba
en el momento más bajo. Al cabo de un tiempo, la cosa mejoró y
nos dieron el dinero preciso para terminarla, con lo que, bueno,
al final pudimos incorporar todo este asunto de la crisis a la
película». La cosa no acabó ahí: en un nuevo detalle de
surrealismo, tuvieron que terminar de rodar la película a toda
velocidad porque el dólar se devaluaba más y más cada día: «Hubo
escenas que tuvimos que hacerlas en un solo plano, porque no
podíamos permitirnos repetir. Era demasiado caro».
La película, como en los cuentos de la Cenicienta, sorprendió
convirtiéndose en la primera obra argentina que ha ganado el
premio a la Mejor Película y al Mejor Guión en el Festival
Internacional del Mar de Plata, el único de clase A del
continente sudamericano, y a partir de ahí comenzó el interés
por ella: ha pasado por más de cuarenta festivales
internacionales y suscitado todo tipo de reacciones. «Una vez se
nos acercó un tipo muy enojado y me dijo ‘¿quién te contó mi
vida? ¿nos conocemos acaso?'» Pero quizás lo más sorprendente
fue lo de Corea. «Era un festival de cine fantástico y nos
dieron un premio. Aún andan creyendo que es una película que no
refleja la realidad de Argentina... ¿Y quién puede culparles?»
Lo cierto es que esta "Buena vida - Delivery" es una más que
agradable sorpresa que ha dejado una muy buena impresión entre
la prensa acreditada en el festival.
El
segundo pase de la Sección Oficial a concurso (y último de hoy,
por fin una tarde libre para ver otras cosas) ha sido el de la
producción suiza "Todo
un invierno sin fuego", opera prima del realizador
polaco Greg Zglinski, un diplomado de la Escuela de Cine
de Lodz y alumno de Krzystof Kieslowski que ha presentado un
duro drama ambientado en una región suiza de inviernos
particularmente helados. La verdad es que los primeros minutos
de la película prometían lo peor: la historia de esta pareja de
campesinos que tratan de superar la terrible pérdida en un
incendio de su hija de cinco años comienza a un nivel dramático
tal (y con una puesta en escena plena de silenciosos planos
largos y desolados que muestran la dureza de sus condiciones de
vida en ese helado paraje de las montañas) que amilana al
espíritu más dispuesto. El protagonista, Jean (Aurélien
Recoing, protagonista de "El
empleo del tiempo" que suma su trabajo a la larga lista de
espléndidos intérpretes masculinos que está dando esta Seminci),
vive dividido entre el sentimiento de culpa por su deseo de
olvidar y su lucha por mantener la granja, única fuente de
ingreso. Su mujer, Laure (Marie Matheron) es incapaz de
superar el trance y, lentamente, se deja deslizar hacia la
depresión y la locura. Jean se ve obligado a ingresarla en una
clínica psiquiátrica y a intentar vender la granja, buscando
trabajo en una fábrica para poder hacer frente a sus gastos.
Como pueden ver, un dramón en toda regla. Sin embargo, la
película tiene dos cosas a su favor: una es que Zglinski mezcla
este drama con un cierto toque de denuncia social de un problema
más que actual al hacer que Jean entre en contacto con un grupo
de inmigrantes kosovares que trabajan en la misma fábrica que
él, con lo que el resultado de aunar su tragedia personal con el
desarraigo de estos refugiados que han perdido todo en su país
de origen y siguen adelante mirando hacia el futuro es cuanto
menos interesante y, lejos de agravar el drama (como podría
perfectamente haber sucedido), lo suaviza por los lazos de
solidaridad (y de otro tipo) que se forjan entre ellos. Por otro
lado, Zglinski sigue las enseñanzas de su maestro y huye de
cualquier atisbo de sentimentalismo, limitándose a mostrar los
hechos según van sucediendo de forma fluida y, lo más
importante, sin cargar en exceso las tintas, algo esencial en
una película como ésta que trata de asuntos tan dramáticos.
La
película ha provocado cierta división de opiniones entre los
asistentes, aunque es de prever que será del agrado del
presidente del jurado, Robert Guédigian, por cuánto toca ciertos
temas que no son en absoluto ajenos al universo fílmico de éste.
Personalmente, considero que "Todo un invierno sin fuego" tiene
la virtud de ir mejorando según avanza su metraje tras un
comienzo quizás demasiado alargado y muy poco alentador, tiene
unas interpretaciones muy correctas y habla de cosas muy duras
desde un cierto distanciamiento que no debería ser confundido
con la frialdad, aunque pudiera parecerlo. El proceso de
reconciliación con la vida que Jean y Laure hacen, cada uno por
su lado y cada uno con sus razones, interesa y llega a emocionar
en algún pasaje (la secuencia en la que Jean da rienda suelta a
su frustración primero y a su dolor reprimido después es
magnífica), aunque también es verdad que por un lado resulta
bastante predecible en su desarrollo y que por otro no causa ese
impacto que hace que uno guarde un gran recuerdo de ella. Puede
llegar a gustar, pero nunca a enamorar o a conmover
profundamente.