49º SEMANA INTERNACIONAL DE CINE DE VALLADOLID
LA BUTACA - Revista de Cine


COBERTURA DE LA 49ª EDICIÓN DE LA SEMINCI
                                          22 - 30 Octubre 2004

 

 

 

 

 

 

 


 

PELÍCULAS   CRÓNICAS   PALMARÉS

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CRÓNICA DEL MIÉRCOLES 27 DE OCTUBRE


Historias de niños abandonados a su aire... y un polaco cínico y tierno

"Nadie sabe" - Copyright © 2004 GolemDavid Garrido BazánValladolidEl destino a veces hace jugarretas graciosas. ¿Recuerdan que en su momento no pude ver el primer pase de "2046" porque no encontré transporte el domingo por la mañana para Valladolid? Tuve que verla el lunes por la tarde... y me produjo tal conmoción que, con sólo diez minutos de diferencia entre su final y el comienzo del siguiente pase de la Sección Oficial, renuncié (con buen criterio, como luego he tenido ocasión de comprobar) a ver el primer pase de la japonesa "Nadie sabe", simple-mente porque era muy consciente de que, aunque pasara ante mis ojos, no iba a verla, perdido como estaba aún en la propuesta de Wong Kar-Wai. Efecto dominó en cadena: hoy he tenido que renunciar a "Eleni", el último trabajo de ese tótem de la crítica mundial que es Theo Angelopoulos, aunque reconozco que sin mucho sacrificio, pues no me atraía madrugar una hora más para ver una película de ¡170 minutos nada menos! a las 8:30 de la mañana (sobre todo pudiéndola ver mañana a la hora de la siesta... digooo... del café e irme después a casita tan ricamente) y me he ido a ver la japonesa pendiente ¿Resultado? Pues que con tanta carambola, las dos primeras películas de la Sección Oficial que me he visto hoy tratan de lo mismo: historias de niños o adolescentes abandonados a su suerte.

"Nadie sabe" es una película durísima y quizás la propuesta más radical que hemos podido ver en lo que va de Seminci. La cuarta película del director japonés Hirozaku Kore-eda, basada en parte en un hecho real, narra de forma desoladora la historia de cuatro niños con edades comprendidas entre los doce y los cinco años que, tras mudarse a un pequeño apartamento (donde los tres más pequeños no pueden revelar su presencia oculta al casero, con lo que dicho piso se convierte en su único universo y, a la vez, prisión), son abandonados a su suerte por su atolondrada madre, que se marcha con otro hombre a rehacer su vida y les deja bajo la tutela de Akira (Yuya Yagira, un sorprendente pero ni mucho menos inmerecido Premio de Interpretación Masculina en el último Festival de Cannes: su trabajo es impresionante), el hijo mayor de esta peculiar familia compuesta de cuatro hermanos de distintos padres. El tratamiento de la historia nos hace testigos de ese proceso de inevitable deterioro de esa situación insostenible, que corre paralelo al suave crecimiento de la intensidad dramática que, de forma tan imperceptible como insoportable, va en aumento según transcurren las dos horas y veinte minutos de su metraje. Pero lo magnífico de la película de Kore-eda es que consigue algo tan difícil en una obra protagonizada por niños como es no ceder ni un solo segundo al sentimentalismo por el que podría deslizarse una película de estas características. La férrea puesta en escena del director, basada siempre en planos fijos, desnudos, que reflejan la progresiva impotencia de Akira para sostener en alto la ilusión de los pequeños a su cargo mientras se van quedando sin recursos, pinta un desolador paisaje en el que, sin embargo, la intención no es tan sólo mostrar sin ambages el tremendo drama de esa familia condenada, sino hacer una especie de canto a la tremenda capacidad de adaptación de la especie humana: lejos de desesperarse por su situación y temiendo siempre mucho más la posibilidad de que sean descubiertos por las autoridades y separados, Akira acepta estoicamente esa tremenda carga de responsabilidad sobre sus hombros y hace lo posible (y lo imposible) por sobrevivir en unas condiciones cada vez más extremas.

La película no escatima medios para mostrar de una manera objetiva el desamparo de esa situación, pero tampoco desaprovecha sus oportunidades de enseñar la inocencia, la dulzura y la belleza que se le supone a la infancia: de hecho, el director utiliza sabiamente las escenas de alegría de los niños (el tierno paseo de Akira y Yuki a la estación, calzada ésta con unas ruidosas zapatillas, la excursión de los cuatro niños fuera del piso en el supermercado y en el parque, Akira jugando como si fuera por un instante un niño normal al béisbol) para, dejando intacta la angustia del espectador, ofrecerle algún mínimo respiro, respiro que el espectador sabe fugaz por la propia situación y por la forma en la que el director va alcanzando suavemente su clímax dramático.

Película realista en el mejor sentido del término, poseedora de un ritmo lento pero nunca cansino y una atmósfera envolvente que permiten que una duración quizás algo desmesurada sea tolerable para el espectador, "Nadie sabe" es una película muy coherente y radical en su propuesta que viene a apoyar la tesis, tras los trabajos de Wong Kar-Wai y Kim Ki-duk, de que todo lo mejor que estamos viendo en esta edición de la Seminci proviene del cine asiático, de donde sin duda llegan las propuestas más innovadoras e interesantes del séptimo arte. Es firme candidata a no irse de vacío.

"Temporada de patos" - Copyright © 2004 Sherlock Films"Temporada de patos", opera prima del joven realizador mexicano Fernando Eimbcke, resulta casi un mal chiste en comparación a la película japonesa, aunque, claro está, la culpa no es suya. Narra la historia de un par de amigos adolescentes dejados solos en casa un domingo, cuya única preocupación de llenar de la forma más divertida posible su recién conquistada libertad (básicamente comiendo pizza, bebiendo coca-cola y jugando a los videojuegos sin parar) se va al traste; primero, por la aparición de una guapa vecinita de dieciséis años que quiere usar el horno; segundo, por los caprichosos cortes de luz que dan al traste con todo aparato eléctrico; y tercero, por las disputas con Ulises, un extravagante repartidor de pizzas con el que empiezan regateando sobre si ha llegado o no a tiempo de entregarlas y que acaba quedándose de una extraña manera a compartir con ellos ese tedioso día en el que acabarán ocurriendo muchas cosas. La película trata de homenajear, o así se dice en los títulos de crédito finales, al primer cine de Jim Jarmusch, tipo "Extraños en el paraíso" (algo de eso puede rastrearse, con mucha buena voluntad, en el film) y al de Yasujiro Ozu (¿mande lo que? Ni de coña), pero la sensación que acaba primando es la de una versión soporífera de un primerizo Kevin Smith. En ningún momento se quita de encima el espectador la sensación de que está ante un planteamiento que, quizás estructurado de otra forma, podría haber dado lugar a un buen corto, pero nunca a un largometraje, formato para el que le falta ritmo, profundidad y garra y le sobran interminables planos fijos de los personajes no haciendo nada (vale que nos quiera transmitir su tedio, pero hay mejores formas de hacerlo que aburrirnos: los bostezos de la platea eran audibles hasta desde fuera del Teatro Calderón) o haciendo cosas intrascendentes. No negaré que la película tiene algún momento inspirado (la secuencia del visionado del álbum de fotos y sus imprevisibles consecuencias, la fascinación de Ulises con un cuadro de patos que da lugar a una secuencia onírica surrealista, el gag de los Beatles o algún momento de ternura entre los dos protagonistas) que puede hasta hacer aparecer una leve sonrisa de cuando en cuando, pero el conjunto es una película olvidable, llena de buenas intenciones pero que pasa absolutamente inadvertida para el espectador.

En la rueda de prensa posterior (casi vacía, pues la prensa acreditada casi al completo se ha apuntado a una especie de excursión gastronómica que organiza la Seminci de la que, por desgracia, algunos nos hemos enterado tarde, eso que salen ustedes ganando con estas líneas) Fernando Eimbcke nos contó las razones por las que eligió hacer la película en blanco y negro cuando en ella hay variadas referencias al color por parte de algunos personajes: «El blanco y negro le iba bien a la historia, porque nos permitía jugar con las formas geométricas y con los volúmenes, mientras que las referencias al color buscaban sorprender al espectador. Al final de la película, la cantante Natalia Lafourcade (que colabora con algún tema en la banda sonora) me decía que ya casi podía ver en color ese cuadro de los patos que domina el salón». Cuadro que juega un papel esencial en la película y que por cierto fue pintado para la ocasión y que el director guarda en su casa como recuerdo, pese a los intentos del productor del film por apropiárselo, según parece. Desde luego, "Temporada de patos" no dejará un recuerdo igual en la mente del espectador.

"Predicción del tiempo" ("Pogoda na Jutro") - Copyright © 2003 Studio Filmowe ZebraA falta del pase esta tarde a las 19.00 de otra película de la Sección Oficial (la canadiense "La cara oculta de la luna" de Robert Lepague, a priori una de las propuestas más marcianas de esta Seminci), comentar que la tarde libre de obligaciones de ayer martes me permitió asistir a una película de la sección paralela Punto de Encuentro (cuya programación, según se comenta, no parece estar siendo del agrado de los que la siguen, sino en general un tanto decepcionante), la polaca "Predicción del tiempo"  ("Pogoda na Jutro") del veterano Jerzy Stuhr, actor de algunas de las películas de Kieslowski y aquí también protagonista absoluto y guionista de un film muy divertido que reflexiona sobre la velocidad de los cambios de la Polonia actual desde los no tan lejanos tiempos del comunismo utilizando para ello un artificio narrativo cuanto menos curioso: un padre de familia, antiguo maestro y conductor de ambulancias que abandonó a su esposa y a sus tres hijos tras un accidente de tráfico nada menos que para recluirse en un monasterio vuelve a su entorno familiar para descubrir que todo ha cambiado demasiado como para que le resulte fácil integrarse. Su mujer vive con un hombre de negocios que parece muy divertido por la nueva situación creada con la vuelta del marido; su hijo mayor es un repelente arribista que trabaja como asesor principal de un no menos repugnante candidato a diputado, demagogo y populista en la línea de muchos nuevos políticos aparecidos en la Polonia de los últimos años; su hija menor está completamente colgada de internet y está perdida en un submundo de drogas y diversión, mientras que su otra hija... bueno, su otra hija vive en una pecera de un reality show televisivo subido de tono donde vende diariamente sus encantos. Con este panorama, el bueno de Josef tratará de intervenir y comportarse como el padre que nunca fue, pero sus buenas intenciones a menudo tienen resultados catastróficos y tragicómicos. La mirada de Jerzy Stuhr sobre su país es a un tiempo cínica y tierna, sin llegar nunca a hacer demasiada sangre, aunque no falta su buena ración de crítica sobre una sociedad que, según parece, aún está adaptándose a tanto cambio vertiginoso no siempre beneficioso. No es que sea una película notable, pero sí agradable de ver y con algún que otro gag antológico (la reunión familiar casi al final de la película, en la que son evidentes los estragos causados por las acciones de ese padre bienintencionado pero tan desplazado de ese mundo como Peter Sellers en "Bienvenido Mr. Chance") que hace que uno abandone la sala con muy buen rollo y preguntándose si es que ha asistido a una de las excepciones, por buena, de la sección Punto de Encuentro o es que los rumores que oye sobre ella son exagerados. Con un poco de suerte, podré ver un par más de las películas de esta sección antes de que finalice la Seminci y formarme una mejor opinión sobre este asunto. De momento mañana jueves llega "Sólo un beso", el último trabajo de Ken Loach, "Días de Santiago" del peruano Josué Méndez... y Angelopoulos por la tarde, venga, está bien, que no se diga.
 


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