David
Garrido Bazán, Valladolid–
El destino a veces hace jugarretas graciosas. ¿Recuerdan
que en su momento no pude ver el primer pase de "2046"
porque no encontré transporte el domingo por la mañana para
Valladolid? Tuve que verla el lunes por la tarde... y me produjo
tal conmoción que, con sólo diez minutos de diferencia entre su
final y el comienzo del siguiente pase de la Sección Oficial,
renuncié (con buen criterio, como luego he tenido ocasión de
comprobar) a ver el primer pase de la japonesa "Nadie
sabe", simple-mente porque era muy consciente de que,
aunque pasara ante mis ojos, no iba a verla, perdido como estaba
aún en la propuesta de Wong Kar-Wai. Efecto dominó en cadena:
hoy he tenido que renunciar a "Eleni",
el último trabajo de ese tótem de la crítica mundial que es Theo
Angelopoulos, aunque reconozco que sin mucho sacrificio, pues no
me atraía madrugar una hora más para ver una película de ¡170
minutos nada menos! a las 8:30 de la mañana (sobre todo
pudiéndola ver mañana a la hora de la siesta... digooo... del
café e irme después a casita tan ricamente) y me he ido a ver la
japonesa pendiente ¿Resultado? Pues que con tanta carambola, las
dos primeras películas de la Sección Oficial que me he visto hoy
tratan de lo mismo: historias de niños o adolescentes
abandonados a su suerte.
"Nadie
sabe" es una película durísima y quizás la propuesta más radical
que hemos podido ver en lo que va de Seminci. La cuarta película
del director japonés Hirozaku Kore-eda, basada en parte
en un hecho real, narra de forma desoladora la historia de
cuatro niños con edades comprendidas entre los doce y los cinco
años que, tras mudarse a un pequeño apartamento (donde los tres
más pequeños no pueden revelar su presencia oculta al casero,
con lo que dicho piso se convierte en su único universo y, a la
vez, prisión), son abandonados a su suerte por su atolondrada
madre, que se marcha con otro hombre a rehacer su vida y les
deja bajo la tutela de Akira (Yuya Yagira, un
sorprendente pero ni mucho menos inmerecido Premio de
Interpretación Masculina en el último Festival de Cannes: su
trabajo es impresionante), el hijo mayor de esta peculiar
familia compuesta de cuatro hermanos de distintos padres. El
tratamiento de la historia nos hace testigos de ese proceso de
inevitable deterioro de esa situación insostenible, que corre
paralelo al suave crecimiento de la intensidad dramática que, de
forma tan imperceptible como insoportable, va en aumento según
transcurren las dos horas y veinte minutos de su metraje. Pero
lo magnífico de la película de Kore-eda es que consigue algo tan
difícil en una obra protagonizada por niños como es no ceder ni
un solo segundo al sentimentalismo por el que podría deslizarse
una película de estas características. La férrea puesta en
escena del director, basada siempre en planos fijos, desnudos,
que reflejan la progresiva impotencia de Akira para sostener en
alto la ilusión de los pequeños a su cargo mientras se van
quedando sin recursos, pinta un desolador paisaje en el que, sin
embargo, la intención no es tan sólo mostrar sin ambages el
tremendo drama de esa familia condenada, sino hacer una especie
de canto a la tremenda capacidad de adaptación de la especie
humana: lejos de desesperarse por su situación y temiendo
siempre mucho más la posibilidad de que sean descubiertos por
las autoridades y separados, Akira acepta estoicamente esa
tremenda carga de responsabilidad sobre sus hombros y hace lo
posible (y lo imposible) por sobrevivir en unas condiciones cada
vez más extremas.
La película no escatima medios para mostrar de una manera
objetiva el desamparo de esa situación, pero tampoco
desaprovecha sus oportunidades de enseñar la inocencia, la
dulzura y la belleza que se le supone a la infancia: de hecho,
el director utiliza sabiamente las escenas de alegría de los
niños (el tierno paseo de Akira y Yuki a la estación, calzada
ésta con unas ruidosas zapatillas, la excursión de los cuatro
niños fuera del piso en el supermercado y en el parque, Akira
jugando como si fuera por un instante un niño normal al béisbol)
para, dejando intacta la angustia del espectador, ofrecerle
algún mínimo respiro, respiro que el espectador sabe fugaz por
la propia situación y por la forma en la que el director va
alcanzando suavemente su clímax dramático.
Película realista en el mejor sentido del término, poseedora de
un ritmo lento pero nunca cansino y una atmósfera envolvente que
permiten que una duración quizás algo desmesurada sea tolerable
para el espectador, "Nadie sabe" es una película muy coherente y
radical en su propuesta que viene a apoyar la tesis, tras los
trabajos de Wong Kar-Wai y Kim Ki-duk, de que todo lo mejor que
estamos viendo en esta edición de la Seminci proviene del cine
asiático, de donde sin duda llegan las propuestas más
innovadoras e interesantes del séptimo arte. Es firme candidata
a no irse de vacío.
"Temporada
de patos", opera prima del joven realizador mexicano
Fernando Eimbcke, resulta casi un mal chiste en comparación
a la película japonesa, aunque, claro está, la culpa no es suya.
Narra la historia de un par de amigos adolescentes dejados solos
en casa un domingo, cuya única preocupación de llenar de la
forma más divertida posible su recién conquistada libertad
(básicamente comiendo pizza, bebiendo coca-cola y jugando a los
videojuegos sin parar) se va al traste; primero, por la
aparición de una guapa vecinita de dieciséis años que quiere
usar el horno; segundo, por los caprichosos cortes de luz que
dan al traste con todo aparato eléctrico; y tercero, por las
disputas con Ulises, un extravagante repartidor de pizzas con el
que empiezan regateando sobre si ha llegado o no a tiempo de
entregarlas y que acaba quedándose de una extraña manera a
compartir con ellos ese tedioso día en el que acabarán
ocurriendo muchas cosas. La película trata de homenajear, o así
se dice en los títulos de crédito finales, al primer cine de Jim
Jarmusch, tipo "Extraños en el paraíso" (algo de eso puede
rastrearse, con mucha buena voluntad, en el film) y al de
Yasujiro Ozu (¿mande lo que? Ni de coña), pero la sensación que
acaba primando es la de una versión soporífera de un primerizo
Kevin Smith. En ningún momento se quita de encima el espectador
la sensación de que está ante un planteamiento que, quizás
estructurado de otra forma, podría haber dado lugar a un buen
corto, pero nunca a un largometraje, formato para el que le
falta ritmo, profundidad y garra y le sobran interminables
planos fijos de los personajes no haciendo nada (vale que nos
quiera transmitir su tedio, pero hay mejores formas de hacerlo
que aburrirnos: los bostezos de la platea eran audibles hasta
desde fuera del Teatro Calderón) o haciendo cosas
intrascendentes. No negaré que la película tiene algún momento
inspirado (la secuencia del visionado del álbum de fotos y sus
imprevisibles consecuencias, la fascinación de Ulises con un
cuadro de patos que da lugar a una secuencia onírica
surrealista, el gag de los Beatles o algún momento de ternura
entre los dos protagonistas) que puede hasta hacer aparecer una
leve sonrisa de cuando en cuando, pero el conjunto es una
película olvidable, llena de buenas intenciones pero que pasa
absolutamente inadvertida para el espectador.
En la rueda de prensa posterior (casi vacía, pues la prensa
acreditada casi al completo se ha apuntado a una especie de
excursión gastronómica que organiza la Seminci de la que, por
desgracia, algunos nos hemos enterado tarde, eso que salen
ustedes ganando con estas líneas) Fernando Eimbcke nos contó las
razones por las que eligió hacer la película en blanco y negro
cuando en ella hay variadas referencias al color por parte de
algunos personajes: «El blanco y negro le iba bien a la
historia, porque nos permitía jugar con las formas geométricas y
con los volúmenes, mientras que las referencias al color
buscaban sorprender al espectador. Al final de la película, la
cantante Natalia Lafourcade (que colabora con algún tema
en la banda sonora) me decía que ya casi podía ver en color ese
cuadro de los patos que domina el salón». Cuadro que juega un
papel esencial en la película y que por cierto fue pintado para
la ocasión y que el director guarda en su casa como recuerdo,
pese a los intentos del productor del film por apropiárselo,
según parece. Desde luego, "Temporada de patos" no dejará un
recuerdo igual en la mente del espectador.
A
falta del pase esta tarde a las 19.00 de otra película de la
Sección Oficial (la canadiense "La
cara oculta de la luna" de Robert Lepague, a priori una de
las propuestas más marcianas de esta Seminci), comentar que la
tarde libre de obligaciones de ayer martes me permitió asistir a
una película de la sección paralela Punto de Encuentro (cuya
programación, según se comenta, no parece estar siendo del
agrado de los que la siguen, sino en general un tanto
decepcionante), la polaca "Predicción del tiempo" ("Pogoda
na Jutro") del veterano Jerzy Stuhr, actor de algunas de
las películas de Kieslowski y aquí también protagonista absoluto
y guionista de un film muy divertido que reflexiona sobre la
velocidad de los cambios de la Polonia actual desde los no tan
lejanos tiempos del comunismo utilizando para ello un artificio
narrativo cuanto menos curioso: un padre de familia, antiguo
maestro y conductor de ambulancias que abandonó a su esposa y a
sus tres hijos tras un accidente de tráfico nada menos que para
recluirse en un monasterio vuelve a su entorno familiar para
descubrir que todo ha cambiado demasiado como para que le
resulte fácil integrarse. Su mujer vive con un hombre de
negocios que parece muy divertido por la nueva situación creada
con la vuelta del marido; su hijo mayor es un repelente
arribista que trabaja como asesor principal de un no menos
repugnante candidato a diputado, demagogo y populista en la
línea de muchos nuevos políticos aparecidos en la Polonia de los
últimos años; su hija menor está completamente colgada de
internet y está perdida en un submundo de drogas y diversión,
mientras que su otra hija... bueno, su otra hija vive en una
pecera de un reality show televisivo subido de tono donde
vende diariamente sus encantos. Con este panorama, el bueno de
Josef tratará de intervenir y comportarse como el padre que
nunca fue, pero sus buenas intenciones a menudo tienen
resultados catastróficos y tragicómicos. La mirada de Jerzy
Stuhr sobre su país es a un tiempo cínica y tierna, sin llegar
nunca a hacer demasiada sangre, aunque no falta su buena ración
de crítica sobre una sociedad que, según parece, aún está
adaptándose a tanto cambio vertiginoso no siempre beneficioso.
No es que sea una película notable, pero sí agradable de ver y
con algún que otro gag antológico (la reunión familiar casi al
final de la película, en la que son evidentes los estragos
causados por las acciones de ese padre bienintencionado pero tan
desplazado de ese mundo como Peter Sellers en "Bienvenido Mr.
Chance") que hace que uno abandone la sala con muy buen rollo y
preguntándose si es que ha asistido a una de las excepciones,
por buena, de la sección Punto de Encuentro o es que los rumores
que oye sobre ella son exagerados. Con un poco de suerte, podré
ver un par más de las películas de esta sección antes de que
finalice la Seminci y formarme una mejor opinión sobre este
asunto. De momento mañana jueves llega "Sólo
un beso", el último trabajo de Ken Loach, "Días
de Santiago" del peruano Josué Méndez... y Angelopoulos por
la tarde, venga, está bien, que no se diga.