David
Garrido Bazán, Valladolid–
«Antes de contestar a tu primera pregunta, sólo quería decir
algo: mis felicitaciones a todos los españoles por haber echado
a Aznar del Gobierno. Por desgracia, nosotros aún tenemos tropas
en Irak, pero estamos trabajando en ello». Esas fueron las
primeras palabras del combativo director inglés Ken Loach
en la rueda de prensa posterior al pase de "Sólo
un beso" ("Ae fond kiss"), palabras que fueron
celebradas con un atronador aplauso de los periodistas allí
congregados. Aún no sé qué me causó más impresión, si el hecho
de que Loach arrancara de esa forma (con ese comienzo, a saber
cómo podía terminar aquello) o que todos aplaudiéramos a rabiar.
No hay que olvidar que, al fin y al cabo, estamos en Valladolid,
cuna política del ex-presidente del Gobierno. Pero ya se sabe,
los festivales de cine son como pequeños universos encerrados en
sí mismos.
La pregunta en cuestión era si, dado que en los últimos años se
habían rodado un buen puñado de películas que trataban historias
de amor interrraciales o entre personas de distintas religiones,
pensaba que estábamos avanzando algo en lo que se refiere a la
tolerancia en ese campo o no. «Yo creo que la sociedad sí está
cambiando, sobre todo entre sus componentes más jóvenes»,
respondió Loach. «Lo que ocurre es que cada comunidad lo hace a
un ritmo muy distinto. El proceso de integración afecta a las
distintas generaciones de forma diversa, pero lo que sí parece
evidente es que se están produciendo cambios que, si la sociedad
continua apoyándolos, tendrán resultados positivos».
"Sólo
un beso" narra la historia de amor entre un joven paquistaní de
Glasgow y una profesora de música irlandesa. Él va a casarse en
breve con una prima suya de Pakistán a la que nunca ha visto en
una boda concertada, ella trabaja en un colegio católico donde
estudia la brillante hermana menor de él y acaba de salir de un
matrimonio fracasado. Se atraen de inmediato y se enamoran
locamente el uno del otro. Pero, como ya pueden ustedes
imaginar, los problemas que esa relación trae consigo son
determinantes para que la misma salga adelante. Los padres de él
se oponen a la relación, que trae la deshonra a la familia y
ella ve peligrar su puesto de trabajo por convivir con un hombre
sin haberse divorciado de su anterior marido. ¿Verdad que les
suena el argumento? Pues claro: de "Oriente es Oriente" a "Todas
las mujeres tienen curvas", de "Quiero
ser como Beckham" a "De todo corazón" (por cierto, ésta
última, conviene no olvidarlo, del colega de trinchera de Loach,
Robert Guédiguian, a la sazón presidente del jurado de la
Seminci) son múltiples los ejemplos de películas que han tocado
este tema de los amores imposibles por cuestiones de raza o de
religión sin olvidarse de la difícil conciliación de los valores
tradicionales de una cultura con aquellos de la sociedad en la
que viven para esa segunda generación, hijos de inmigrantes, ya
plenamente integrados en su país actual. «Tanto al guionista
Paul Laverty como a mí nos había impresionado la confusión
entre ‘musulmán’ y ‘terrorista’ que se había expandido a partir
del 11-S. Para muchos jóvenes de origen árabe ha supuesto un
duro golpe, porque de pronto se han visto rechazados,
extranjeros en su patria, y algunos se han replegado
refugiándose en sus comunidades y tradiciones».
Sin embargo, la película de Loach, curiosamente, no carga las
tintas en este mensaje político, por más que la primera
secuencia de la película sea muy reveladora del posicionamiento
de los autores al respecto. Lo cierto es que Ken Loach ha
construido con su estilo habitual –es decir, una puesta en
escena muy ligera y casi inapreciable, unos actores muy frescos,
un guión sólido que se desarrolla limpiamente y unos diálogos
muy pulidos– una historia de amor enfrentada a la tragedia
familiar que supone este tipo de situaciones para algunas
comunidades, sin perder de vista la espinosa cuestión de hasta
qué punto es justo educar a los niños en un ambiente religioso,
sea éste de la índole que sea. Loach reparte para todos: a la
(razonada) intransigencia de la familia paquistaní, para las que
las consecuencias del amor de Cassim y Roislin son una tragedia,
contrapone la misma falta de comprensión por parte de las
instancias de la Iglesia Católica en lo referente a ella. De
igual forma, Loach y Laverty se esfuerzan en mostrar que, pese a
esa idea fuertemente arraigada en los medios que enfrenta a
cristiandad e islamismo, hay muchos elementos de ambas
religiones que se acercan, tanto en un sentido como en otro. El
film se ve con agrado, su mensaje (más optimista de lo que en
Loach es habitual, algo que no hay que confundir con un final
feliz, pues éste dista de serlo para todos los implicados en la
historia) llega con claridad y las creíbles interpretaciones
tanto de la pareja protagonista (con algunas escenas de
intimidad delicadamente llevadas) como de la familia de él hacen
de "Sólo un beso" una película interesante que, eso sí, carece
de la fuerza del Loach más combativo e inspirado (el de "Sweet
sixteen" o "My name is Joe") pero que conviene ver, porque hay
cuestiones en las que, por mucho que se insista en ellas o se
den por aprendidas, conviene no olvidar nunca.
«Oye,
¿esta película no la había rodado un tal Scorsese hace algunos
años?» Ese era el chascarrillo más habitual que se oía a la
salida del pase de "Días
de Santiago", del peruano Josué Méndez. Yo me
pregunto: ¿cuántas películas creen ustedes que podrán rodarse en
Perú al cabo de un año? ¿Tres? ¿Cinco? Sea como sea, no parece
muy razonable que una de ellas sea una especie de versión limeña
de "Taxi driver", ¿no les parece? Porque eso, ni más ni menos,
es lo que parece esta obra que narra las penalidades de un joven
ex-soldado (el Santiago del título) que abandona el ejército por
problemas de conciencia y por la corrupción generalizada que
allí abunda, pero es absolutamente incapaz, por más que lo
intenta, de abrirse camino en la vida civil: su matrimonio es un
fracaso, el dinero que recibe del gobierno es ínfimo, lo que le
obliga a depender de su familia y la ciudad en la que vive es
para él un medio caótico y hostil al que se enfrenta de la única
forma que conoce, desde su entrenamiento militar. La película se
configura así como la historia de un pobre hombre en busca del
equilibrio perdido, violento y presionado, que recorre las
calles de su ciudad en un improvisado taxi para ganarse un sitio
en esa sociedad que desprecia cada vez más desde su volante. ¿A
que les suena? Pues a nosotros también. La película está rodada
en un formato caprichoso, que pasa continuamente del color a un
blanco y negro granulado y agresivo de lo más molesto que además
no se corresponde (o al menos este cronista no supo
interpretarlo ni encontró a un compañero que hubiera encontrado
una explicación) con ninguna pauta reconocible, con lo que se
condena a lo gratuito. Pietro Sibille, el protagonista,
se esfuerza en dar credibilidad a una historia rodada cámara en
mano, que le sigue allá donde va mientras recorre su camino a
los infiernos, pero la película se pierde en caminos trillados,
situaciones de miseria violenta mil veces vistas en otros
títulos (mucho mejores, por cierto) del continente sudamericano
e incluso es lastrada por algunas situaciones inverosímiles,
como que este soldado perdido en la vida civil parece desconocer
todo acerca de la naturaleza de su propia familia. Será la
película peruana más premiada de los diez últimos años, según
reza el pressbook (algo que se me antoja difícil de creer
para un país que cuenta con un director tan competente como
Francisco J. Lombardi, autor de films como "No se lo digas a
nadie", "Pantaleón y las visitadoras" o "Tinta roja") pero, de
ser cierto, invita a una reflexión sobre el estado de la
cinematografía de aquel país, porque lo cierto es que "Días de
Santiago" ha pasado por la Seminci despertando más indiferencia
y chistes a su costa por sus parecidos argumentales con el
conocido film de Scorsese que otra cosa.
La
mirada de Angelopoulos no es la eternidad y un día... pero casi
«Bueno,
pues me voy al Roxy», dije decidido mientras me levantaba de la
mesa al resto de comensales (por supuesto, todos prensa
acreditada en la Seminci), «que todavía tengo pendiente la de
Angelopoulos». «Pero, ¿qué haces, desgraciado? ¿Estás bien
de la cabeza?», dijeron varias voces a coro, «¿a las cuatro de
la tarde te vas a meter la de Angelopoulos? ¡Si ni siquiera te
has tomado un segundo café!». «Déjale, déjale», terció otro,
entre risas, «¡si así es mucho mejor! Mira, la mejor forma de
disfrutar "Eleni"
es la siguiente: prestas mucha atención la primera hora para
quedarte con los personajes, echas una cabezadita la segunda sin
apuro alguno y te despiertas en la tercera para la resolución de
la historia». «No les hagas caso, chaval», apuntó otro desde la
mesa de al lado, «que la peli es una maravilla, ya lo verás...»
Así es la fama de Theo
Angelopoulos, señoras y señores, uno de los pilares básicos
sobre los que se apoya la crítica actual más sesuda, junto a
Kiarostami y algún otro director ignoto de esas pelis tipo
‘Ikuku y la botella’ para decir que aún hay esperanza en esto
del séptimo arte. Uno, que se considera cinéfilo pero pasa de
dogmatismos (jamás he entendido qué ve gran parte de la crítica
en Kiarostami, por ejemplo, que a un servidor le aburre
sobremanera) iba, lo reconozco, con cierto resquemor al pase.
Más que nada porque, aunque me dé cierto rubor reconocerlo,
nunca había visto nada del realizador griego y si le precedía
cierta fama poco alentadora... y encima "Eleni" duraba la
friolera de 170 minutos. Un paseo y dos cafés más después,
estaba en la butaca dispuesto a todo.
Y la verdad es que "Eleni"
("Trilogia: To livadi pou dakrisi") no me disgustó en absoluto,
aunque me parece una película muy peculiar por muchos motivos.
Me explico: esta es la mirada particular del realizador a la
historia de su país, Grecia, durante la primera mitad del siglo
XX. Mejor dicho, en el periodo que abarca desde 1921, cuando el
triunfo definitivo de la Revolución Rusa hace que miles de
emigrantes de origen griego vuelvan a su país de origen a
establecerse donde buenamente pueden, junto al cauce de un río,
hasta las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, donde
Grecia, ocupada por el ejército nazi, se vio envuelta en un
conflicto civil que dejó muchos muertos. Angelopoulos articula
la historia alrededor de una mujer, la Eleni del título, que
comienza su andadura como una niña huérfana acogida por una de
esas familias que huyeron de Odessa y que, al crecer, se enamora
de Alexis, el hijo mayor de esa familia. Pero el problema es que
el padre viudo de éste pretende casarse con ella, por lo que
ambos amantes se verán obligados a huir clandestinamente en un
viaje que les llevará primero a la ciudad y luego de vuelta a su
pueblo y por otros parajes de la Grecia sumida en la miseria de
los años treinta.
Angelopoulos
hace algo muy parecido a lo que Bertolucci intentó con
"Novecento", ofreciendo una reflexión sobre la Grecia de esas
épocas turbulentas en las que los sindicatos organizaban huelgas
y desafiaban al régimen mientras los movimientos fascistas y la
represión militar hacían estragos entre la población. Sin
embargo, el esqueleto argumental de "Eleni" es mucho más
liviano, a Angelopoulos le interesa construir la emoción desde
la belleza, y por esa misma razón su cine puede resultar
indigesto a más de uno: largos planos secuencia como casi única
herramienta nos permiten asistir en tiempo real a una
composición de imágenes de índole más pictórica que
cinematográfica, cuya impresión y belleza son innegables. Hay
más de un momento de pura magia en la película: el sobrecogedor
funeral con las barcas sobre el río, ese teatro convertido en
enorme casa de refugiados, la colina de sábanas blancas, el
pueblo inundado por completo o un árbol con decenas de reses
muertas colgando de sus ramas son imágenes que uno no puede
quitarse fácilmente de la cabeza por mucho que lo intente. La
duración de los planos secuencia «que siempre han de
determinarse por la respiración, como en un pasaje musical» –en
palabras del director–, son un desafío a la paciencia del
espectador más exigente, que en más de un momento maravilloso se
verá compensado por la magia de la música y las imágenes que
consigue el realizador griego.
Pero otra cosa es la historia
propiamente dicha. Para una película que inicia una trilogía
sobre la historia de Grecia desde esas épocas hasta nuestros
días, Angelopoulos ha elegido uno de los géneros griegos más
genuinos: la tragedia clásica. Así, la sucesión de desastres que
sufre la protagonista de la historia convierten a la película en
una mirada dolorida, escéptica y desolada difícil de soportar.
Pero la tragedia es un género más teatral que cinematográfico y
por ahí vienen las flaquezas de la propuesta: los personajes de
la película son siempre más símbolos de muchas cosas (demasiadas
incluso para el que esté familiarizado con la historia de
Grecia; el que no, puede perderse con facilidad muchos
simbolismos) que personas de carne y hueso, como juguetes de un
destino caprichoso y cruel. Resulta imposible identificarse
afectivamente con esos personajes y eso provoca un
distanciamiento y una frialdad que sin duda afecta a los
objetivos de conmover perseguidos por el director.
Sí, reconozco que en más de un
momento de esos 170 minutos sentí la tentación de cerrar los
ojos por un rato (y estoy seguro que puede hacerse sin perderse
nada esencial) y que salí algo aletargado de la sala, pero pese
a mis reparos con la propuesta del realizador griego, merece la
pena ver "Eleni", aunque sólo sea por disfrutar de un estilo
arriesgado y personalísimo de hacer películas y por algunas
imágenes impactantes, de una belleza sobrecogedora y difícil de
explicar.
Me
quedaba pendiente hablaros de "La
cara oculta de la luna" ("La face cachée de la lune"),
una película canadiense de la Sección Oficial que tuve ocasión
de ver ayer a última hora. La película está escrita, dirigida y
protagonizada por partida doble por Robert Lepage,
prestigioso dramaturgo metido a ocasional cineasta con esta
película basada en su propio montaje escénico del año 2000. La
propuesta de Lepage es, en principio, curiosa. Cuenta la
historia de dos hermanos: Philippe es un pensador que admira al
científico ruso Tsiolkovski y vive obsesionado por la carrera
espacial que mantuvieron en su momento rusos y americanos por
llegar a la luna y que, según una tesis doctoral que ha escrito,
estuvo marcada por el narcisismo (!); el otro, André, es un
metereologo de éxito en televisión, mucho más superficial que
Philippe... y que disfruta de un enorme éxito. La película se
concentra en el conflicto abierto entre los dos hermanos por la
reciente muerte de su madre tras una larga enfermedad y la
incapacidad de Philippe para vivir en este mundo, perdido como
anda siempre en tratar de contestar las preguntas fundamentales
que han animado su vida, ¿cual es nuestro lugar exacto en el
universo?¿Cómo podemos comunicarnos con seres de otros mundos?
Será porque me pilló en un mal
momento, pero reconozco que las andanzas y miserias de este
pedante insoportable que larga a la cámara sus teorías sobre la
vida no consiguieron interesarme lo más mínimo. Sí, la película
tiene un sentido del humor ciertamente peculiar, visualmente
recuerda a algunos pasajes de obras de Jean Pierre Jeunet tipo "Amelie"
y, planteada de una forma menos egocéntrica, podía haber dado
lugar a una película interesante. Pero la verdad es que uno
llega a identificarse con ese camarero que escucha hasta el
límite de su paciencia los pajeos mentales de ese perdedor
bocazas y acaba por echarle del bar. No obstante, hay que
reconocer que en la película está el que quizás sea el gag más
antológico de todas las películas que hemos tenido ocasión de
ver en la Seminci (el que tiene como protagonista a un pez rojo
y su pecera), que provocó carcajadas imparables en la sala y, lo
más importante, fuera de ella, cuando se recordaba. Pero pese a
la defensa de algún fan de la originalidad de la propuesta (que,
básicamente, consiste en hacer unos elegantes encadenados para
unir las escenas de presente con los flashbacks e
intercalar las imágenes de un divertido proyecto en vídeo que
Philippe está haciendo para el programa SETI), la película no
gustó demasiado, y buena prueba de ello eran los audibles
resoplidos (cuando no apenas disimuladas risas) provocados por
un final insoportablemente ridículo y cursi.
Señores, esto se va acabando.
Ya sólo nos quedan dos películas a concurso en la Sección
Oficial para mañana por la mañana y estará todo el pescado
vendido. "Domicilio
privado" ("Private"), opera prima del italiano Saverio
Constanzo (sobre otros que ocupan una casa por el morro, como en
"Buena
vida – Delivery", pero en esta ocasión son soldados
israelíes en una casa palestina nada menos... y no tiene mucha
pinta de comedia, la verdad) y la holandesa "Sur"
("Het zuiden") de Martin Koolhoven (al parecer un drama sobre la
relación entre la dueña de una lavandería y un camionero, con
una madre sin papeles rusa y unas cuantas empleadas de testigos)
se dará por cerrada esta edición de la Seminci, con la excepción
de la película de clausura que cerrará el festival fuera de
concurso, la representante francesa al Oscar®
a la Mejor Película de Habla No Inglesa, "Los
chicos del coro" ("Les choristes").