49º SEMANA INTERNACIONAL DE CINE DE VALLADOLID
LA BUTACA - Revista de Cine


COBERTURA DE LA 49ª EDICIÓN DE LA SEMINCI
                                          22 - 30 Octubre 2004

 

 

 

 

 

 

 


 

PELÍCULAS   CRÓNICAS   PALMARÉS

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CRÓNICA DEL JUEVES 28 DE OCTUBRE


"Oriente es Oriente" versión Ken Loach y "Taxi driver" en versión peruana

"Sólo un beso" - Copyright © 2004 Alta FilmsDavid Garrido BazánValladolid «Antes de contestar a tu primera pregunta, sólo quería decir algo: mis felicitaciones a todos los españoles por haber echado a Aznar del Gobierno. Por desgracia, nosotros aún tenemos tropas en Irak, pero estamos trabajando en ello». Esas fueron las primeras palabras del combativo director inglés Ken Loach en la rueda de prensa posterior al pase de "Sólo un beso" ("Ae fond kiss"), palabras que fueron celebradas con un atronador aplauso de los periodistas allí congregados. Aún no sé qué me causó más impresión, si el hecho de que Loach arrancara de esa forma (con ese comienzo, a saber cómo podía terminar aquello) o que todos aplaudiéramos a rabiar. No hay que olvidar que, al fin y al cabo, estamos en Valladolid, cuna política del ex-presidente del Gobierno. Pero ya se sabe, los festivales de cine son como pequeños universos encerrados en sí mismos.

La pregunta en cuestión era si, dado que en los últimos años se habían rodado un buen puñado de películas que trataban historias de amor interrraciales o entre personas de distintas religiones, pensaba que estábamos avanzando algo en lo que se refiere a la tolerancia en ese campo o no. «Yo creo que la sociedad sí está cambiando, sobre todo entre sus componentes más jóvenes», respondió Loach. «Lo que ocurre es que cada comunidad lo hace a un ritmo muy distinto. El proceso de integración afecta a las distintas generaciones de forma diversa, pero lo que sí parece evidente es que se están produciendo cambios que, si la sociedad continua apoyándolos, tendrán resultados positivos».

"Sólo un beso" - Copyright © 2004 Alta Films"Sólo un beso" narra la historia de amor entre un joven paquistaní de Glasgow y una profesora de música irlandesa. Él va a casarse en breve con una prima suya de Pakistán a la que nunca ha visto en una boda concertada, ella trabaja en un colegio católico donde estudia la brillante hermana menor de él y acaba de salir de un matrimonio fracasado. Se atraen de inmediato y se enamoran locamente el uno del otro. Pero, como ya pueden ustedes imaginar, los problemas que esa relación trae consigo son determinantes para que la misma salga adelante. Los padres de él se oponen a la relación, que trae la deshonra a la familia y ella ve peligrar su puesto de trabajo por convivir con un hombre sin haberse divorciado de su anterior marido. ¿Verdad que les suena el argumento? Pues claro: de "Oriente es Oriente" a "Todas las mujeres tienen curvas", de "Quiero ser como Beckham" a "De todo corazón" (por cierto, ésta última, conviene no olvidarlo, del colega de trinchera de Loach, Robert Guédiguian, a la sazón presidente del jurado de la Seminci) son múltiples los ejemplos de películas que han tocado este tema de los amores imposibles por cuestiones de raza o de religión sin olvidarse de la difícil conciliación de los valores tradicionales de una cultura con aquellos de la sociedad en la que viven para esa segunda generación, hijos de inmigrantes, ya plenamente integrados en su país actual. «Tanto al guionista Paul Laverty como a mí nos había impresionado la confusión entre ‘musulmán’ y ‘terrorista’ que se había expandido a partir del 11-S. Para muchos jóvenes de origen árabe ha supuesto un duro golpe, porque de pronto se han visto rechazados, extranjeros en su patria, y algunos se han replegado refugiándose en sus comunidades y tradiciones».

Sin embargo, la película de Loach, curiosamente, no carga las tintas en este mensaje político, por más que la primera secuencia de la película sea muy reveladora del posicionamiento de los autores al respecto. Lo cierto es que Ken Loach ha construido con su estilo habitual –es decir, una puesta en escena muy ligera y casi inapreciable, unos actores muy frescos, un guión sólido que se desarrolla limpiamente y unos diálogos muy pulidos– una historia de amor enfrentada a la tragedia familiar que supone este tipo de situaciones para algunas comunidades, sin perder de vista la espinosa cuestión de hasta qué punto es justo educar a los niños en un ambiente religioso, sea éste de la índole que sea. Loach reparte para todos: a la (razonada) intransigencia de la familia paquistaní, para las que las consecuencias del amor de Cassim y Roislin son una tragedia, contrapone la misma falta de comprensión por parte de las instancias de la Iglesia Católica en lo referente a ella. De igual forma, Loach y Laverty se esfuerzan en mostrar que, pese a esa idea fuertemente arraigada en los medios que enfrenta a cristiandad e islamismo, hay muchos elementos de ambas religiones que se acercan, tanto en un sentido como en otro. El film se ve con agrado, su mensaje (más optimista de lo que en Loach es habitual, algo que no hay que confundir con un final feliz, pues éste dista de serlo para todos los implicados en la historia) llega con claridad y las creíbles interpretaciones tanto de la pareja protagonista (con algunas escenas de intimidad delicadamente llevadas) como de la familia de él hacen de "Sólo un beso" una película interesante que, eso sí, carece de la fuerza del Loach más combativo e inspirado (el de "Sweet sixteen" o "My name is Joe") pero que conviene ver, porque hay cuestiones en las que, por mucho que se insista en ellas o se den por aprendidas, conviene no olvidar nunca.

"Días de Santiago"- Copyright © 2004 Alta Films«Oye, ¿esta película no la había rodado un tal Scorsese hace algunos años?» Ese era el chascarrillo más habitual que se oía a la salida del pase de "Días de Santiago", del peruano Josué Méndez. Yo me pregunto: ¿cuántas películas creen ustedes que podrán rodarse en Perú al cabo de un año? ¿Tres? ¿Cinco? Sea como sea, no parece muy razonable que una de ellas sea una especie de versión limeña de "Taxi driver", ¿no les parece? Porque eso, ni más ni menos, es lo que parece esta obra que narra las penalidades de un joven ex-soldado (el Santiago del título) que abandona el ejército por problemas de conciencia y por la corrupción generalizada que allí abunda, pero es absolutamente incapaz, por más que lo intenta, de abrirse camino en la vida civil: su matrimonio es un fracaso, el dinero que recibe del gobierno es ínfimo, lo que le obliga a depender de su familia y la ciudad en la que vive es para él un medio caótico y hostil al que se enfrenta de la única forma que conoce, desde su entrenamiento militar. La película se configura así como la historia de un pobre hombre en busca del equilibrio perdido, violento y presionado, que recorre las calles de su ciudad en un improvisado taxi para ganarse un sitio en esa sociedad que desprecia cada vez más desde su volante. ¿A que les suena? Pues a nosotros también. La película está rodada en un formato caprichoso, que pasa continuamente del color a un blanco y negro granulado y agresivo de lo más molesto que además no se corresponde (o al menos este cronista no supo interpretarlo ni encontró a un compañero que hubiera encontrado una explicación) con ninguna pauta reconocible, con lo que se condena a lo gratuito. Pietro Sibille, el protagonista, se esfuerza en dar credibilidad a una historia rodada cámara en mano, que le sigue allá donde va mientras recorre su camino a los infiernos, pero la película se pierde en caminos trillados, situaciones de miseria violenta mil veces vistas en otros títulos (mucho mejores, por cierto) del continente sudamericano e incluso es lastrada por algunas situaciones inverosímiles, como que este soldado perdido en la vida civil parece desconocer todo acerca de la naturaleza de su propia familia. Será la película peruana más premiada de los diez últimos años, según reza el pressbook (algo que se me antoja difícil de creer para un país que cuenta con un director tan competente como Francisco J. Lombardi, autor de films como "No se lo digas a nadie", "Pantaleón y las visitadoras" o "Tinta roja") pero, de ser cierto, invita a una reflexión sobre el estado de la cinematografía de aquel país, porque lo cierto es que "Días de Santiago" ha pasado por la Seminci despertando más indiferencia y chistes a su costa por sus parecidos argumentales con el conocido film de Scorsese que otra cosa.


La mirada de Angelopoulos no es la eternidad y un día... pero casi

"Eleni" - Copyright © 2004 Alta Films«Bueno, pues me voy al Roxy», dije decidido mientras me levantaba de la mesa al resto de comensales (por supuesto, todos prensa acreditada en la Seminci), «que todavía tengo pendiente la de Angelopoulos». «Pero, ¿qué haces, desgraciado? ¿Estás bien de la cabeza?», dijeron varias voces a coro, «¿a las cuatro de la tarde te vas a meter la de Angelopoulos? ¡Si ni siquiera te has tomado un segundo café!». «Déjale, déjale», terció otro, entre risas, «¡si así es mucho mejor! Mira, la mejor forma de disfrutar "Eleni" es la siguiente: prestas mucha atención la primera hora para quedarte con los personajes, echas una cabezadita la segunda sin apuro alguno y te despiertas en la tercera para la resolución de la historia». «No les hagas caso, chaval», apuntó otro desde la mesa de al lado, «que la peli es una maravilla, ya lo verás...»

Así es la fama de Theo Angelopoulos, señoras y señores, uno de los pilares básicos sobre los que se apoya la crítica actual más sesuda, junto a Kiarostami y algún otro director ignoto de esas pelis tipo ‘Ikuku y la botella’ para decir que aún hay esperanza en esto del séptimo arte. Uno, que se considera cinéfilo pero pasa de dogmatismos (jamás he entendido qué ve gran parte de la crítica en Kiarostami, por ejemplo, que a un servidor le aburre sobremanera) iba, lo reconozco, con cierto resquemor al pase. Más que nada porque, aunque me dé cierto rubor reconocerlo, nunca había visto nada del realizador griego y si le precedía cierta fama poco alentadora... y encima "Eleni" duraba la friolera de 170 minutos. Un paseo y dos cafés más después, estaba en la butaca dispuesto a todo.

Y la verdad es que "Eleni" ("Trilogia: To livadi pou dakrisi") no me disgustó en absoluto, aunque me parece una película muy peculiar por muchos motivos. Me explico: esta es la mirada particular del realizador a la historia de su país, Grecia, durante la primera mitad del siglo XX. Mejor dicho, en el periodo que abarca desde 1921, cuando el triunfo definitivo de la Revolución Rusa hace que miles de emigrantes de origen griego vuelvan a su país de origen a establecerse donde buenamente pueden, junto al cauce de un río, hasta las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, donde Grecia, ocupada por el ejército nazi, se vio envuelta en un conflicto civil que dejó muchos muertos. Angelopoulos articula la historia alrededor de una mujer, la Eleni del título, que comienza su andadura como una niña huérfana acogida por una de esas familias que huyeron de Odessa y que, al crecer, se enamora de Alexis, el hijo mayor de esa familia. Pero el problema es que el padre viudo de éste pretende casarse con ella, por lo que ambos amantes se verán obligados a huir clandestinamente en un viaje que les llevará primero a la ciudad y luego de vuelta a su pueblo y por otros parajes de la Grecia sumida en la miseria de los años treinta.

"Eleni" - Copyright © 2004 Alta FilmsAngelopoulos hace algo muy parecido a lo que Bertolucci intentó con "Novecento", ofreciendo una reflexión sobre la Grecia de esas épocas turbulentas en las que los sindicatos organizaban huelgas y desafiaban al régimen mientras los movimientos fascistas y la represión militar hacían estragos entre la población. Sin embargo, el esqueleto argumental de "Eleni" es mucho más liviano, a Angelopoulos le interesa construir la emoción desde la belleza, y por esa misma razón su cine puede resultar indigesto a más de uno: largos planos secuencia como casi única herramienta nos permiten asistir en tiempo real a una composición de imágenes de índole más pictórica que cinematográfica, cuya impresión y belleza son innegables. Hay más de un momento de pura magia en la película: el sobrecogedor funeral con las barcas sobre el río, ese teatro convertido en enorme casa de refugiados, la colina de sábanas blancas, el pueblo inundado por completo o un árbol con decenas de reses muertas colgando de sus ramas son imágenes que uno no puede quitarse fácilmente de la cabeza por mucho que lo intente. La duración de los planos secuencia «que siempre han de determinarse por la respiración, como en un pasaje musical» –en palabras del director–, son un desafío a la paciencia del espectador más exigente, que en más de un momento maravilloso se verá compensado por la magia de la música y las imágenes que consigue el realizador griego.

Pero otra cosa es la historia propiamente dicha. Para una película que inicia una trilogía sobre la historia de Grecia desde esas épocas hasta nuestros días, Angelopoulos ha elegido uno de los géneros griegos más genuinos: la tragedia clásica. Así, la sucesión de desastres que sufre la protagonista de la historia convierten a la película en una mirada dolorida, escéptica y desolada difícil de soportar. Pero la tragedia es un género más teatral que cinematográfico y por ahí vienen las flaquezas de la propuesta: los personajes de la película son siempre más símbolos de muchas cosas (demasiadas incluso para el que esté familiarizado con la historia de Grecia; el que no, puede perderse con facilidad muchos simbolismos) que personas de carne y hueso, como juguetes de un destino caprichoso y cruel. Resulta imposible identificarse afectivamente con esos personajes y eso provoca un distanciamiento y una frialdad que sin duda afecta a los objetivos de conmover perseguidos por el director.

Sí, reconozco que en más de un momento de esos 170 minutos sentí la tentación de cerrar los ojos por un rato (y estoy seguro que puede hacerse sin perderse nada esencial) y que salí algo aletargado de la sala, pero pese a mis reparos con la propuesta del realizador griego, merece la pena ver "Eleni", aunque sólo sea por disfrutar de un estilo arriesgado y personalísimo de hacer películas y por algunas imágenes impactantes, de una belleza sobrecogedora y difícil de explicar.

"La cara oculta de la luna" - Copyright © 2003 Media Principia & FilmsMe quedaba pendiente hablaros de "La cara oculta de la luna" ("La face cachée de la lune"), una película canadiense de la Sección Oficial que tuve ocasión de ver ayer a última hora. La película está escrita, dirigida y protagonizada por partida doble por Robert Lepage, prestigioso dramaturgo metido a ocasional cineasta con esta película basada en su propio montaje escénico del año 2000. La propuesta de Lepage es, en principio, curiosa. Cuenta la historia de dos hermanos: Philippe es un pensador que admira al científico ruso Tsiolkovski y vive obsesionado por la carrera espacial que mantuvieron en su momento rusos y americanos por llegar a la luna y que, según una tesis doctoral que ha escrito, estuvo marcada por el narcisismo (!); el otro, André, es un metereologo de éxito en televisión, mucho más superficial que Philippe... y que disfruta de un enorme éxito. La película se concentra en el conflicto abierto entre los dos hermanos por la reciente muerte de su madre tras una larga enfermedad y la incapacidad de Philippe para vivir en este mundo, perdido como anda siempre en tratar de contestar las preguntas fundamentales que han animado su vida, ¿cual es nuestro lugar exacto en el universo?¿Cómo podemos comunicarnos con seres de otros mundos?

Será porque me pilló en un mal momento, pero reconozco que las andanzas y miserias de este pedante insoportable que larga a la cámara sus teorías sobre la vida no consiguieron interesarme lo más mínimo. Sí, la película tiene un sentido del humor ciertamente peculiar, visualmente recuerda a algunos pasajes de obras de Jean Pierre Jeunet tipo "Amelie" y, planteada de una forma menos egocéntrica, podía haber dado lugar a una película interesante. Pero la verdad es que uno llega a identificarse con ese camarero que escucha hasta el límite de su paciencia los pajeos mentales de ese perdedor bocazas y acaba por echarle del bar. No obstante, hay que reconocer que en la película está el que quizás sea el gag más antológico de todas las películas que hemos tenido ocasión de ver en la Seminci (el que tiene como protagonista a un pez rojo y su pecera), que provocó carcajadas imparables en la sala y, lo más importante, fuera de ella, cuando se recordaba. Pero pese a la defensa de algún fan de la originalidad de la propuesta (que, básicamente, consiste en hacer unos elegantes encadenados para unir las escenas de presente con los flashbacks e intercalar las imágenes de un divertido proyecto en vídeo que Philippe está haciendo para el programa SETI), la película no gustó demasiado, y buena prueba de ello eran los audibles resoplidos (cuando no apenas disimuladas risas) provocados por un final insoportablemente ridículo y cursi.

Señores, esto se va acabando. Ya sólo nos quedan dos películas a concurso en la Sección Oficial para mañana por la mañana y estará todo el pescado vendido. "Domicilio privado" ("Private"), opera prima del italiano Saverio Constanzo (sobre otros que ocupan una casa por el morro, como en "Buena vida – Delivery", pero en esta ocasión son soldados israelíes en una casa palestina nada menos... y no tiene mucha pinta de comedia, la verdad) y la holandesa "Sur" ("Het zuiden") de Martin Koolhoven (al parecer un drama sobre la relación entre la dueña de una lavandería y un camionero, con una madre sin papeles rusa y unas cuantas empleadas de testigos) se dará por cerrada esta edición de la Seminci, con la excepción de la película de clausura que cerrará el festival fuera de concurso, la representante francesa al Oscar® a la Mejor Película de Habla No Inglesa, "Los chicos del coro" ("Les choristes").

Mañana, últimos comentarios sobre estas películas y la inevitable predicción del palmarés destinada al fracaso que todo cronista está obligado a hacer. Saludos desde un Valladolid cada vez más inhóspito desde el punto de vista exclusivamente metereológico.
 


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