CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
La casa vacía y el alma
desocupada
Con el
paso del tiempo y el mayor número de estrenos en nuestras
pantallas comerciales de lo que hasta hace bien poco eran
títulos po-co menos que imposibles de ver en España fuera del
circuito de fes-tivales, resulta cada vez más difícil negar la
evidencia de que gran par-te de las propuestas más innovadoras,
arriesgadas y a la vez estimu-lantes del cine mundial de los
últimos años vienen del continente asiá-tico y, muy
concretamente, de Corea del Sur. Películas como el muy peculiar
thriller "Memories
of murder (Crónica de un asesino en serie)" (Bong
Joong-ho, 2003), la inquietante "2
hermanas" (Kim Jee-woon, 2003), la magnífica y sorprendente
"Old boy"
(Park Chan-wook, 2004) o el éxito sorpresa del pasado año, "Primavera,
verano, otoño, invier-no... y primavera", anterior título
del realizador que hoy nos ocupa, Kim
Ki-duk, demuestran a las claras el excelente estado
de salud de una cinematografía poderosa, rica en contenidos y
estilos, que acos-tumbra a dejarnos con la boca abierta con
bastante asiduidad a los adocenados espectadores occidentales,
de paladar muy poco acos-tumbrado a estos platos de indudable
riqueza. Sería interesante, aun-que no es pertinente hacerlo
aquí y ahora, analizar las claves de por qué Corea del Sur se ha
convertido en el único país del mundo (excep-ción hecha de la
India y su Bollywood, pero eso es otra historia) donde las
grandes producciones de Hollywood no son capaces de competir en
taquilla con las películas locales y cómo a la vez se ha
producido un proceso paralelo de explosión de la creatividad
que, a base de arra-sar en los festivales de medio mundo, está
logrando hacerse su hueco en las carteleras occidentales, si
bien de modo aún minoritario.
Quizás uno de los ejemplos más sobre-salientes de este fenómeno
lo represente Kim Ki-duk, un director de cuyas nueve primeras
películas sólo un título –la des-garrada, poética y un tanto
cruel "La is-la"– rompió la barrera, dejando atónito al personal
con esa reflexión en torno al do-lor que a menudo acompaña al
amor que en esta impactante obra se expresaba de un modo muy
físico. Kim Ki-duk recono-ce que en el año 2002 su forma de ver
la vida cambió por completo, y el dolor, la violencia y hasta el
horror que a menudo acompañaban a la belleza, el amor y los
sentimientos más puros en una suerte de todo indisoluble, dio
paso a una obra ("Primavera, verano, otoño, in-vierno... y
primavera") en la que todo se convertía en una reflexión
mís-tica sobre el sentido de la vida y, más allá de una
religiosidad más o menos aparente y metáforas filosóficas de
fácil calado, Kim Ki-duk ofrecía cierta posibilidad de
esperanza, un mensaje positivo cargado de enorme simbolismo en
el que su protagonista (y aquí conviene mencionar que no en vano
el propio realizador protagonizaba el frag-mento correspondiente
al invierno que era toda una suerte de expia-ción en toda regla
por los pecados pasados) conseguía, pese a todo el dolor y
sufrimiento, convertirse en lo que su viejo maestro había
repre-sentado para él y empezar un nuevo ciclo. Desde luego,
había luz al fi-nal del túnel.
A primera
vista, podría pensarse que "Hierro 3" no tiene mucho que ver con
aquella cinta, pero un análisis más detenido nos llevará
fácil-mente a concluir que, a falta de ver "Samaritan
girl" (la película rodada entre ambas, aun inédita en
España), Kim Ki-duk sigue explorando, desde esos personajes que
se mueven en coordenadas bastante aje-nas a las de la sociedad
en las que les ha tocado vivir, esas mismas reflexiones sobre la
soledad, la libertad de elección, el amor y el dolor que han
presidido su filmografía desde siempre, pero ofreciendo una
salida, por extraña o irónica que parezca, a situaciones algo
extremas que aparentemente no parecen tener fácil solución o ser
capaces de llegar a buen puerto.
El
protagonista de "Hierro 3" no dice una sola palabra a lo lar-go
de los 95 minutos de metraje de esta, vamos a decirlo ya,
maravillosa película. Ni falta que le hace, pues es más que
ca-paz de transmitir con la sola ayuda de su mirada y de sus
actos todo lo que pasa por su interior, por más que al
principio se nos escape el sentido de algunos de estos últimos.
Cuando le conocemos, Tae-suk es un joven que se dedica a entrar
en las casas de la gente, casas que sabe vacías de antemano
mediante un sistema tan ingenio-so como simple (pone publicidad
en las cerraduras de las puertas y vuelve al cabo de un tiempo
para ver si sigue allí). Pero nuestro hombre no es un ladrón, ni
tiene ningún tipo de intención de ocuparlas más allá de lo
estrictamente necesario: escucha el contestador para saber de
cuánto tiempo dispone y se instala en ellas por unas pocas horas
o días. Pasea por las habitaciones, fotografía cosas, se pone la
ropa que encuentra, cocina o se toma un café mientras ve la
televisión. Todo de lo más normal. Además, aprovecha para hacer
la colada de la ropa su-cia que encuentra y dejarla tendida,
ordena armarios, arregla cuanto aparato estropeado encuentra a
su paso y al poco desaparece de la casa igual que vino, sin
hacer ruido. Y busca otra casa vacía. Es un modo de vida que nos
choca profundamente, por supuesto, no ya por-que sea delictiva
(aunque no haga daño a nadie) o porque nos pueda parecer
insostenible por mucho tiempo, sino porque ninguno de noso-tros
podría hacer algo semejante. Ni siquiera imaginarlo.
Kim Ki-duk nos obliga a plantearnos hasta qué punto son parte
indispensable de nuestra identidad como seres huma-nos aspectos
como la posesión de bie-nes materiales, tener un lugar seguro
donde vivir y desarrollar nuestra existen-cia o la seguridad de
una vida ‘normal’, cosas todas ellas de las que carece (y no
parece que eso le importe demasiado, ¿le basta acaso con la
apariencia de te-nerlas por un corto espacio de tiempo?) nuestro
solitario protagonista, por absur-do que parezca. En realidad,
Tae-suk ha-ce algo más: su mera presencia en las casas vacías
insufla de nuevo vida a esos sitios que, sin la presencia de
aquellos que los habitan, carecen de to-do sentido. Esos
espacios inertes, muertos, cobijan por un tiempo a un alma
solitaria que pasa por ellos con curiosidad por los objetos que
revelan detalles de la personalidad de sus dueños y que son
tratados con infinito respeto y hasta mejorados por su temporal
inquilino, quien pajarea de un lugar a otro sin disponer nunca
de uno propio, ni preten-derlo. Pero un día, en una de esas
casas, Tae-suk se encuentra con otro alma tan solitaria como la
suya: una mujer que le observa hacer su ritual habitual en
silencio, sin interferir, movida por la curiosidad de ese
extraño que se ha introducido en su hogar como un fantasma.
Sun-hwa necesita que alguien la rescate. Es una mujer casi
anulada, humillada y maltratada por su déspota marido, que la
trata como a uno más de los lujosos objetos que decoran su casa.
Ella intuye en Tae-suk una posibilidad de que su vida cobre su
sentido perdido y, sin que ninguno de ambos cruce una sola
palabra pero entendiéndose a la per-fección, ambos se marchan.
Y a partir
de ese instante, los dos comparten ese errante modo de vi-da,
conociéndose, adaptándose, compartiendo esa sensación de
liber-tad tan cara a ambos. Es una hermosa relación, que Kim
Ki-duk despliega con una puesta en escena despojada de cualquier
ar-tificio narrativo, contando su historia con una austeridad
llena de momentos poéticos y mágicos, combinados con otros
dramá-ticos y hasta cómicos mientras van encontrando, lenta
pero de mane-ra inexorable, la forma de encajar y hacer
compatibles esas dos sensi-bilidades, esas dos historias que la
vida se ha encargado de entrelazar con una fuerza mucho mayor de
la que ambos creían posible. Por su-puesto, llegará el momento
en el que, por motivos que no viene al caso revelar, las vidas
de los dos volverán a caminos separados. Y es en el segundo
tramo de la película donde empiezan a cobrar una enorme fuerza
todos los elementos que Kim Ki-duk ha ido orquestando de ma-nera
sutil desde el comienzo de su obra: si al principio Tae-suk se
comportaba como un fantasma habitando esas casas vacías (de
he-cho, su propia automarginación de la sociedad le convierte en
un ina-daptado, en un espectro al margen de la misma), ahora
busca la forma de hacer realidad esa condición, llevado por una
idea tan imaginativa como hermosa, pues acaba de insuflar nueva
vida a algo mucho más importante que un espacio desocupado. A su
vez, su propio corazón (que antes era una casa vacía) está
ocupado y lleno de vida, con una energía que jamás ha conocido
antes. Ya no sentirá la necesidad de ocupar más casas vacías,
precisamente porque ha abierto las puertas de su alma e invitado
a alguien a que la ocupe, y sólo esa persona puede volver a
proporcionarle la libertad de la que ahora no dispone más allá
de su confinamiento. Es una hermosa lectura del amor y de la
vida.
Los que estén familiarizados con el mundo del golf sabrán que
los palos lle-van el nombre de hierros y una numera-ción según
el uso para el que están des-tinados. El hierro 3 es el palo
menos utili-zado por los golfistas, ya que son esca-sas las
situaciones en las que resulta necesario. Sin embargo, ahí está,
para cuando es preciso. Y es precisamente un hierro 3 lo que
Tae-suk utiliza en un principio como herramienta para rescatar a
Sun-hwa de su vida desgraciada, un hecho que ni mucho menos
resulta ca-sual. "Hierro 3" es, en suma, un film en el que, pese
a no haber apenas diálo-gos, se habla, y se habla de manera muy
clara, de muchas cosas. Una película que usa de forma
sumamente brillante multitud de recursos expresivos para contar
una historia utilizando los míni-mos elementos, pero orquestados
con tal inteligencia y sutilidad que uno no puede sino rendirse
al talento de este impresionan-te director coreano, capaz de
conseguir algo tan complejo como emocionarnos hasta el borde de
la lágrima a golpe de sentimiento ser-vido en algo que sólo
puede ser calificado como pura poesía visual sin descuidar por
ello una más que interesante invitación a reflexionar so-bre las
múltiples y a menudo surrealistas formas que puede adquirir la
comunicación, las complejas maneras de entender la nostalgia o
vivir una ausencia, la indestructible confianza que uno puede
adquirir en el otro y, en consecuencia, en uno mismo, y, por
encima de todo, la ne-cesidad de abrir las puertas de esa casa
vacía que todos tenemos por alma para que alguien pueda
insuflarle la imprescindible vida.
"Hierro 3"
es uno de esos filmes que pasan por la cartelera como un soplo
de aire fresco en una casa mal ventilada. Es más que posible que
más de uno no sea capaz de digerir bien una propuesta
semejan-te, como cuando se inspira profundamente un aire muy
limpio después de pasar demasiado tiempo en un ambiente
insalubre, mal acostum-brados como estamos a que esto último sea
la norma general en nuestras carteleras. Pero sobre todo es
una película para ilusio-narse: ilusionarse con la seguridad de
que, por mucho que a veces nos parezca lo contrario, de vez en
cuando aparece en la pantalla una maravilla como esta hermosa
"Hierro 3" para saber que hay, que por fuerza siempre tiene
que haber, gente como Kim Ki-duk repartidas por este ancho
mundo, que va a seguir dándonos mu-chas alegrías en el futuro.
Calificación:
    
Imágenes de "Hierro 3" - Copyright © 2004 Happinet
Pictures, Kim Ki-duk Film y
Cineclick Asia. Distribuida en España por Alta Films. Todos los derechos
reservados.
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