CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
El cielo en el infierno
Hace
años Japón quedó conmocionado ante unos hechos insólitos pero
reales que el cine se encargaría de llevar después a la
pantalla: cuatro niños de padres distintos habían sido
abandonados por su ma-dre en un piso, después de haber pasado su
corta existencia ilegal —no estaban registrados civilmente— sin
ir al colegio ni ser conocidos por los vecinos; durante seis
meses sobrevivieron como pudieron bajo el cuidado del hermano
mayor, hasta que un suceso trágico puso fin a la aventura.
En la ficción, Kore-eda
se esfuerza por no incidir en los aspec-tos dramáticos y
negativos de la historia, convencido de que aquellos niños
debieron tener muchos momentos de complici-dad y alegría junto a
otros de tristeza y dificultad. Según sus de-claraciones, «no
quería mostrar el infierno visto desde fuera, sino la ri-queza de
sus vidas desde dentro». No cabe duda de que lo consigue, pues
el inicial ambiente de esa familia es de cariño, ayuda y
responsa-bilidad, con una educación que supera con creces la
falta del ejemplo de una madre egoísta e inmadura. Se palpa la
felicidad e ingenuidad infantil, su insospechada capacidad para
superar las dificultades, lo mismo que la debilidad de unos
caracteres aún por formar, y que les hará infringir las normas
auto-impuestas para no darse a conocer o pa-ra sobrevivir al caos
y la necesidad.
Quizá el
mayor mérito del director esté en haber sabido crear un am-biente
adecuado para que unos niños, sin experiencia en el cine, se
hayan encontrado cómodos y espontáneos: logra extraer de
ellos toda su inocencia y sencillez en unos papeles que
evolucionan con la histo-ria. Según el director, conseguir el
cambio de actitud ante la realidad que viven en la película fue
algo facilitado al rodar cronológicamente a lo largo de todo un
año, siguiendo las cuatro estaciones, de modo que sus vidas
reales iban madurando a medida que lo representaban en la
ficción.
Comienza de manera dulce y entraña-ble, con personajes simpáticos
y ejem-plares, de forma que el espectador no su-fre su penosa
situación familiar y social, aunque intuye la problemática que
se avecina. De manera pausada y progresi-va, la película se va
adentrando en los terrenos más dramáticos y duros que puedan
imaginarse: con los niños, des-cendemos por un plano inclinado
hacia la tragedia, después de haber vivido sus ilu-siones
infantiles en torno a un piano, a un guante de béisbol o a unos
carame-los; nos indignamos con la ausencia de la madre,
percibimos el sentido de culpa de la hija mayor..., o
experimentamos las difíciles condiciones de unos niños que, para
sobrevivir, recogen sobras de comida o lavan la ropa en la
fuente de la calle... Con tacto y lejos de cualquier
morbosi-dad, el director logra introducirse en su mentalidad, y
trata a sus pequeños personajes con cariño, respeto y
comprensión. A pesar de la gravedad de su actuación, tampoco
se muestra severo con la madre, cuyo duro pasado se adivina, y
explica —-en parte— su irre-flexivo comportamiento. En cualquier
caso, nos ofrece humanidad y sensibilidad, a la vez que hace una
llamada de atención a las autorida-des incapaces de evitar esas
situaciones.
Para
reflejar ese mundo infantil y cotidiano, lleno de cosas
pequeñas, Kore-eda recurre a frecuentes primeros planos de
rostros y objetos, buscando penetrar de esa manera en su
interioridad. Lo hace con la delicadeza apuntada, con mil
detalles que van calando en el especta-dor: la manera de recoger
la tierra o de acariciar la maleta, de limpiar la pintura de
uñas derramada o hacer la colada... Abundan tanto las escenas
tiernas como las descarnadas, para concluir con un plano fi-nal
congelado en el que los tres niños vuelven la cabeza mientras se
van por la carretera, imagen que nos recuerda a la de Antoine
Doinel en la playa de "Los cuatrocientos golpes"
de Truffaut.
Gran
película, con excelente dirección y magnífica interpretación de
Yuya Yariga como Akira —el
hermano mayor—, premiado en Can-nes. A pesar de la dureza del
drama recogido y de la lentitud para ir contando detalles
cotidianos intrascendentes, gustará a todos los amantes del buen
cine que aprecien los detalles de una esmerada producción y
puesta en escena, así como la delica-da introspección en el mundo
infantil.
Calificación:
    
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en España por Golem. Todos los derechos
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