CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
400 golpes
más para un cuento de terror moderno
Aunque el nombre
de
Hirokazu Kore-eda
no dispone del mismo aclamo popular que el de otros autores
orientales que han logrado abrirse un espacio periódico en
nuestras carteleras, lo cierto es que este realizador japonés,
además de guionista, productor y editor de los largometrajes que
dirige, ya
había paseado sus anteriores trabajos por varios festivales
internacionales, cosechando no pocos reconocimien-tos. Sin
embargo, ha sido ésta, su cuarta película, que ha corrido
idén-tica buena suerte en los certámenes en los que ha concurrido, la
que le ha aportado el empujón definitivo para darse a conocer
entre un nú-mero más amplio de público, y no cabe duda de que a
partir de ahora habrá que seguirle más de cerca la pista,
siempre que las distribuido-ras nos lo pongan fácil.
"Nadie sabe"
—un título que le sienta que ni pintado— parte de unos hechos reales que sacudieron
la opinión pública para explicar la historia de cuatro herma-nos
de corta edad, e
hijos de diferentes padres, que son abandonados por su ma-dre en
el piso que acaban de alquilar, siendo entregados al cuidado del mayor,
Akira,
y que en adelante tienen que bus-carse la vida por su propia
cuenta y has-ta allá donde se lo permitan sus obvias li-mitaciones. El
hecho de que ninguno es-té escolarizado y que tres de ellos hayan
sido introducidos en la casa clandestina-mente, sumado a la
prohibición materna de que no desvelen su pre-sencia saliendo a
la calle o siquiera asomándose al balcón, complica
todavía más las cosas, pues es prácticamente como si no existieran
a efectos legales. Puede sorprender que una situación de
negligencia y desamparo así se alargara durante meses sin que
traspasara a
los ve-cinos ni a las autoridades, pero, en lo que se refiere a
lo recogido por la película, los propios niños, primero
por la confianza depositada en el pronto regreso de la madre y más
tarde por miedo a ser separados una vez que los servicios
sociales tuvieran noticia de ello, mantuvieron en secreto
sus penosas circunstancias todo cuanto les fue posible.
Una de las cosas que más llaman la atención de este
soberbio film es ese estilo sencillo, directo, fresco y poco
intrusivo con que está contada, tan realista, en el sentido más
transparente y depurado del término, que a ratos se tiene la sensación de estar
presenciando un documental. Cabe la posibilidad
—impresión que terminó por confirmarme ese plano congelado que
le pone fin— que Kore-eda hubiese encontrado inspiración en "Los
400 golpes" de Truf-faut, uno de los emblemas de la
nouvelle vague, para aproximarse a este relato verídico, no sólo por el
protagonismo infantil, o por algunos motivos comunes —tantos
como, a decir verdad, también divergen-tes—, sino sobre todo por ese
acercamiento naturalista, eso sí, adere-zado según un sentido
narrativo y visual asiático.
"Nadie sabe" es una de esas películas que no cuentan nada y lo cuentan
abso-lutamente todo.
Es decir, no se suceden grandes acontecimientos ni se producen importantes giros
en la trama, y cuando así ocurre, de manera eventual, se
pre-sentan con la misma ausencia de énfa-sis. Como si de una
crónica cotidiana se tratara, es cuestión de dejarse seducir por ese flujo
paulatino, cálido e intimista
de pequeñas
rutinas diarias y sucesos comunes que tienen lugar dentro del pi-so,
en la dinámica que se establece en-tre los hermanos, y en
menos ocasiones
en sus salidas al exterior. Vemos a los niños enredados en sus
juegos, haciendo la colada,
bromeando mien-tras comen, estudiando por cuenta propia, juntando
dinero para ir a
comprar, bañándose... Kore-eda, como un arquitecto de lo fugaz
que cosiera pequeños retales, instantes, gestos, miradas,
posturas, activi-dades, expresiones, sensaciones... a través de
los abundantes prime-ros planos, nos va introduciendo en el clima
e imaginario de ese uni-verso en miniatura enclaustrado,
señalando a la vez el paso del tiempo y el declive anímico
mediante esta red de minúsculos detalles. Una mejilla lamida por
el sol, un trozo de plastelina que cae en un rincón inabarcable,
unas uñas pintadas de un rojo que va descascarillándose, unos
tobillos en puntillas, una maceta de lata que se despeña, una
mancha en el suelo de madera, un pianito de plástico, unas
coletas que enmarcan un rostro hambriento o soñoliento... Son
niños obliga-dos a crecer a
marchas forzadas, que
se convierten en mendigos con techo, en náufragos en medio de
la civilización,
en fantasmas de carne y huesos, pero que inevitablemente conservan su espíritu infantil en to-do
lo que hacen. Conviven en ellos el niño que juega, se relaja, y
ex-plota a correr y saltar cuando se permite salir a la calle, y
el adulto que reúne dinero, compra en el supermercado y lava la
ropa. Permane-cen en esa zona intermedia, aislados del mundo,
como si los demás no existieran ni ellos para el resto. Y todo
ello avanza a un ritmo re-lajado pero inexorable, como se va
vaciando la nevera, colmándose la casa de residuos y mal olor,
disminuyendo las monedas y aculumán-dose las facturas impagadas,
desgastándose la ropa, minándose los ánimos, ensuciándose la
piel y el alma; sin excesivos diálogos, con largos silencios
interrumpidos por los ruidos propios de la actividad hu-mana o de
los productos tecnológicos de la civilización.
Otro de los grandes aciertos de la cinta al acercarnos a
ese encierro es que, aunque
presenta una situación profundamente trágica,
desoladora, no hace
hincapié en el drama, ni lo baña con senti-mentalismos lacrimógenos.
Kore-eda, desde esa distancia inso-bornable, se limita a
exponernos los hechos sin entrar en valo-raciones para que sea el
espectador quien los juzgue. No obs-tante, sortea el riesgo de
caer en la indolencia o la gelidez al mantener en todo momento
el punto de vista infantil, permitiéndonos vivir esa ex-periencia
a través de la mirada inocente, cándida y dulce de los peque-ños,
sintiéndonos parte de ese pequeño universo de juegos,
ilusiones y camaradería. Sorprende, en este sentido, la solidaridad
fraternal que se establece entre estos críos dejados a su suerte
en contraste con la hostilidad del golpe que están recibiendo.
Pero aun así, es inevitable que la historia vaya tomando cada
vez tintes más
dramáticos e insos-tenibles conforme pasan las semanas.
Ése es otro de
los hallazgos de la película, el modo en que la evolución de los personajes y la situa-ción
de supervivencia está
desarrollada resulta absolutamente creíble en todos los aspectos,
tanto en los que dejan una huella física como moral. Si el preciso dibujo de los niños se recibe como un sutil
y efi-caz estudio de psicologías, el personaje de la madre está retratado
de igual manera, sin entrar en dictámenes adicionales ni
encarnizarse con su ya de por sí lamentable decisión. Bastan algunas líneas de
diá-logo y actitudes, añadidos a su resolución final, para
hacernos una idea clara de su idiosincrasia y motivos: es una mujer que tiene un tra-to afable con sus
hijos, que entra en
sus bromas y no los castiga se-veramente, pero del todo inmadura,
irresponsable y
egoísta.
Mención especial merece el desem-peño de los pequeños actores,
del que limitarse a decir que es muy bue-no sería quedarse corto, sobre todo en
el caso
del hermano
mayor, inter-pretado por un
sólido, desarmante y nada
afectado
Yuya Yagira
—premio al Mejor Actor en Cannes—,
que es el que tiene más peso en la función, en tanto que es el encargado de
sacar ade-lante la situación familiar y aglutinar el resto de
actuaciones. Pareciera que mientras que
el elenco de mayor edad sí era consciente de estar
interpretando, los más pequeños no lo fueran
tanto, como si se hubieran ceñido a estar ahí, absorbidos en
sus cosas, mientras los filmaban, pues su espontaneidad y
simpatía dejan un profundo ca-lado. En ese aspecto, se correspondería
con lo que
ocurre en la fic-ción, con unos críos que no terminan de
comprender la desgracia por la que atraviesan —y benditos ellos
en su santa ignorancia—, y un hermano mayor
que apechuga con todas las responsabilidades y
que-braderos de
cabeza, y mantiene viva esa cierta inocencia y esperanza con
algunos embustes.
Creo que a pesar de tratarse de una apuesta arriesgada,
indudable-mente no apta para todo tipo de público —no tanto por
lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta—, o precisamente por
ello, "Nadie sabe" es una de las películas más turbadoras que
recuerdo haber visto en los últimos meses, quizás años, por ese
fondo eminentemen-te triste —es un film cien por cien
descorazonador, incluso inso-portable— que se vehicula a través de un discurso
dolorosa-mente tierno y entrañable. Un cuento de miedo moderno,
con esa madre que podría ejercer como bruja que encierra a sus
retoños en un sótano, igual que sucedía en "Escalofrío",
o de niños que sufren por los errores de los adultos como los
hermanos de "La
noche del caza-dor". Uno de esos
experimentos que alcanzan el éxito incluso más allá de los
objetivos que se proponían,
que transmite lo que busca y en el modo en que lo
busca, y al que, si acaso, sólo se le podría, si no reprochar,
haber aconsejado que no se excediera en su metraje —dura dos horas y
veinte minutos, siempre en la misma línea—, porque po-dría haber
explicado lo mismo y de idéntica forma pero abreviando para
hacerlo algo más llevadero.
Calificación:
    
Imágenes de "Nadie sabe" - Copyright © 2004 TV Man Union,
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en España por Golem. Todos los derechos
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