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WINTER SONG

(Ghat e-ye zemestani)


Dirección: Farhad Mehranfar.
Año: 2002.
País: Irán.
Duración: 90 min.
Interpretación: Nazbanu Mohammadyari, Simin Amidi, Musa Alijani, Ahmad Zare-panah.
Guión: Musa Alijani y Farhad Mehranfar.
Música: Musa Alijani.
Fotografía: Nader Masumi.
Montaje: Farhad Mehranfar.

CRÍTICA por Rubén Corral
Valoración:

Invierno de lobos y números

  Sí, es una película iraní, su argumento es mínimo, sus personajes son des-conocidos para la mirada occidental, parecen sacados de la realidad y resultan convincentes. No nos encontramos esta vez ante ninguna variación del tópico que corre sobre la cinematografía persa (de Kiarostami a Payami) que senten-cia que son películas lentas y que no cuentan nada digno de ser contado. Ade-más, y como advertencia a aquellos que mantengan sus reservas ante las pelí-culas producidas en Irán, en este caso la película del –sí, también, como Makhmalbaf, como Kiarostami, como casi todos los iraníes– documentalista Farhad Mehranfar se sirve de un vídeo digital de píxel “duro” para explicar su historia: el viaje de una joven profesora a una casa perdida en medio de una cordillera nevada en la que sólo vive una mujer –de armas tomar– con sus cinco hijos, todos ellos corriendo el riesgo de no poner un pie en una escuela en su vida y en edad de aprender pese a emplear buena parte del día en ayudar en las fatigosas tareas de un hogar del tercer mundo.

  La trama sonará a los que pasaron un buen rato con “Ni uno menos”, la pelí-cula de Zhang Yimou. Al fin y al cabo, son premisas argumentales mínimas, puntos de partida desde los que mostrar realidades. En el caso de la película de Mehranfar, la implicación de la joven es mayor que la que protagonizaba la cinta del director de “¡Vivir!”, ya que se encuentra aislada durante todo un neva-do invierno de lobos y estufas de leña, encerrada con unos niños a los que da clase en el campo, pintando la pared de la casa como si de una pizarra se tratara.

  El mayor acierto en “Winter song” radica en la utilización anticonven-cional del ya acartonado uso del vídeo digital. La ya creada épica del nue-vo formato numérico habla de códigos estilísticos propios, en buena parte here-dados del éxito de propuestas como las llegadas desde el Dogma 95, como desde el respaldo a él dado por directores de prestigio internacional como el mexicano Arturo Ripstein (que, contradictoriamente, tras firmar seguidos dos títulos en el formato, como “Así es la vida” y “La perdición de los hombres”, y defender a capa y espada las bondades del nuevo formato, se ha descabalgado con una “La virgen de la lujuria” en cine que es la más fallida de las últimas pe-lículas que ha hecho), Abbas Kiarostami (cuya inédita “ABC Africa” sigue sien-do, a estas alturas, de lo mejor visto en DV) o Barbet Schroeder, sin olvidar la maniática persecución de la calidad química que lleva a George Lucas por la calle de la amargura en su nueva trilogía galáctica.

  Desde esta herencia, se suele mencionar como valores, el poco peso de la cámara, su versatilidad, el hecho de que se puede rodar mucho más material que en celuloide y en condiciones lumínicas mucho más adversas. Nunca di-rán, por supuesto, que sigue sin ofrecer un acabado tan brillante como el del cine, pero esa es otra historia. La excusa del precio resultan válidas en pelícu-las de largo recorrido y profunda repercusión –si no en el público, sí en las per-sonas– como “En construcción”, de José Luis Guerín, en las “Histoire(s) du cinéma” de Jean-Luc Godard o en “Monos como Becky”, de Nùria Villazán y Joaquín Jordá. Sin embargo, gracias a la cacareada versatilidad, las películas en vídeo digital arrastran el sambenito de ser rodadas siempre cámara al hom-bro y a la carrera. Sin preocuparse tanto por la imagen en sí y privilegiando un valor informativo de la misma –la cámara estuvo allí para recoger ese momento preciso– heredado del documental y, posteriormente pervertido hasta la náusea en propuestas de diverso tipo, cuyo paradigma es, sin lugar a dudas, “Bailar en la oscuridad”, de Lars von Trier.

  “Winter song” logra regatear esas servidumbres y no tiene miedo de emplear el vídeo digital exclusivamente como sustitutivo del celuloide. Al igual que hacía Barbet Schroeder en la gratuitamente ninguneada “La virgen de los sicarios”, el vídeo es, pura y llanamente, un formato más barato con el que hacer cine. Un cine heredero de una tradición propia –en este caso la persa, y las referencias están allí– que no olvida la composición, la iluminación precisa y el encuadre adecuado a una determinada situación. En resumidas cuentas, “Winter song” está hecha en vídeo pero habría quedado mucho mejor en cine. Está mucho más cerca de los 35 milímetros que de los meneos dogmáticos de Juan Pin-zas. Y, desde luego, resulta mucho más agradable y, a estas alturas, es mu-cho más provocativo hacerlo como lo hace Mehranfar.

  Eso no significa que “Winter song” no tenga defectos. Los tiene, y unos cuan-tos, en otros apartados. Su ritmo es, sin duda, muy irregular: una presentación que dura media hora y una despedida también muy larga para un pequeño film de noventa minutos es un pesado lastre para una película tan pequeña. Sin embargo, méritos más universales hacen que ante esta cinta la sensa-ción sea muy dulce. Agradable.


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