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Dirección y
guión: François Ozon.
País: Francia.
Año:
2005.
Duración: 90 min.
Género:
Drama.
Interpretación: Melvil Poupaud
(Romain), Jeanne Moreau (Laura), Valeria Bruni-Tedeschi (Jany),
Daniel Duval (Padre), Marie Rivière (Madre), Christian
Sengewald (Sasha), Louise-Anne Hippeau (Sophie), Henri de Lorme
(Doctor), Walter Pagano (Bruno), Ugo Soussan Trabelsi (Romain
[Niño]).
Producción: Olivier Delbosc y Marc
Missonnier.
Música: Marc-Antoine
Charpentier, Arvo Pärt y Valentin Silvestrov.
Fotografía: Jeanne Lapoirie.
Montaje: Monica Coleman.
Diseño de producción: katia Wyszkop.
Vestuario: Pascaline Chavanne.
Estreno en Francia: 30 Noviembre 2005.
Estreno en España: 5 Enero 2006. |
CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Una vida sin pulso
En su última película,
François Ozon continúa la
trilogía iniciada con "Bajo la arena" en torno a la muerte,
contemplada ahora desde la óptica del propio protagonista de la
historia. Esta vez ha elegido el género del melodrama para
presentar los últimos días de Ro-main, un joven fotógrafo gay y
drogadicto al que le diagnostican un cáncer terminal.
El niño mimado del cine
francés mantiene en esta cinta su interés por adentrarse en el
mundo homosexual, para indagar en el modo en que este
egocéntrico y arrogante personaje afronta el dolor y una muerte
cercana, asumida tras negarse a luchar por so-brevivir en un
entorno poco alentador. Su actitud se aleja de la natural
incli-nación a reconciliarse con el mundo que va a abandonar, y
tampoco se atisba en el enfermo ningún deseo por apurar ese
tiempo que queda en bus-ca de una felicidad posible: es el
anti-héroe posmoderno que se enfrenta al mundo y se afirma en una
supuesta independencia y autonomía, que se niega a hacer las
paces con su familia y que, en cambio, cree tener un gesto
solidario cuando se presta a tener relaciones con una mujer a
quien su marido no puede darle un hijo.
La conexión de esta propuesta
con Bergman y sus "Fresas salva-jes" resulta evidente, pues ambas
buscan en la memoria del enfer-mo sus felices momentos de la
infancia. Pero Ozon carece de la fuerza dramática y de la
capacidad para reflexionar sobre el sentido de la vida del
director sueco, y los flash back no pasan de ser meros
insertos que aspiran a crear atmósferas de poesía y
sensibilidad. Es posible que el protagonista sea un factor
decisivo, pues el rostro del Melvil
Poupaud no tiene la intensidad emocio-nal de que hacía
gala Victor Sjöstrom, pero en cualquier caso la realidad es que
no alcanza más que esporádicos momentos de emotividad —como en
la escena final en la playa, que también nos lleva a Visconti y
su "Muerte en Venecia"—, y son muchos los pa-sajes que se quedan en
un intimismo superficial; de igual manera, la explicitud en las
secuencias sexuales parecen esconder cierta incapacidad para
trasmitir de manera poética el insaciable anhelo de amor o el
sufrimiento interior de quien está apurando sus últi-mos días. De
hecho, la película resulta fría y poco emotiva, mien-tras que sus
personajes aparecen distantes en pantalla, y el es-pectador
respira fotograma tras fotograma una inequívoca sensa-ción de
amargura y tristeza vital.
Por otro lado, no resulta
convincente la reacción de Romain ante el anuncio de una muerte
próxima, por mucho que quiera mantener su vida inaltera-ble,
encontrar ante todo la paz consi-go mismo, y que eso le lleve a
ocultar la noticia a su familia —sólo se lo co-munica a su
abuela, por la afinidad de quienes ven la muerte a la vuelta de
la esquina—; ni tampoco resulta verosí-mil la subtrama de la
pareja que le so-licita, “en régimen de alquiler”, que les
proporcione el hijo que el estéril mari-do no puede dar. No
parecen sino in-tentos de dar humanidad a una muer-te anunciada,
pero que no superan la fase epidérmica y un tanto in-sulsa. Las
fugaces apariciones de grandes actrices como
Jeanne Moreau,
Marie Rivière o
Valeria Bruni-Tedeschi apor-tan
su dosis de calidad interpretativa, pero no bastan por sí mismas
para dar consistencia a una película a la que le falta fuste
dramático.
Película en la
onda del discurso habitual de su director, empeña-do en construir
personajes autónomos que luchan en soledad, y en situarlos en
tesituras en que sus decisiones carecen de perspecti-va moral.
Sorprende su inclusión en la Sección Oficial de Cannes —aunque
tenía derecho de cuna— y más aún que recibiera la Espi-ga de
Plata en la última Seminci, en la que Melvin Poupad
también se llevó el premio al mejor actor.
Calificación:
    
Imágenes
de "El tiempo que queda" - Copyright © 2005 Fidélité
Productions, France 2 Cinéma y Studio Canal. Distribuida en España por Vértigo
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