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.[Especial 51ª
Berlinale] [Películas] [Crónicas]
EL SASTRE DE PANAMÁ (THE
TAILOR OF PANAMA)
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Dirección: John
Boorman.
País: USA.
Año: 2000.
Duración: 115 min.
Interpretación: Pierce
Brosnan (Andy Osnard), Geoffrey Rush (Harry
Pendel), Jamie Lee Curtis, Brendan Gleeson,
Catherine McCormack, Leonor Varela, Harold
Pinter.
Guión: Andrew
Davies; basado en la novela de John Le Carré.
Fotografía: Philippe
Rousselot.
Montaje: Ron
Davis.
Diseño de producción: Derek
Wallace.
Dirección artística: Sarah
Hauldren.
Vestuario: Maeve
Paterson.
Dirección de producción: Kevan
Barker. |
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CRÍTICA
Josep
Alemany
DUELO DE MENTIRAS
En A quemarropa (1967), Walker (Lee Marvin) desplegaba una
gran energía y al final, tras muchas peripecias, iba a
parar a donde había empezado, en el decorado
concentracionario de Alcatraz. Y desaparecía en la
sombra, al descubrir que había sido manipulado por
Fairfax alias Yost para realizar una
transformación interna en la Organización, que
conservaba una estabilidad inquebrantable e incluso
recuperaba a los oponentes.
Un final parecido tenía El
sastre de Panamá en la primera versión del guión,
siguiendo la novela de John Le Carré. Harry Pendel (Geoffrey Rush) desplegaba una
gran fantasía en inventarse mentiras y tramas y, tras
muchas peripecias, iba a parar a una situación que
repetía otra anterior: la destrucción de la ciudad por
la aviación de Estados Unidos. Al final descubría que
había sido manipulado por Andy Osnard (Pierce Brosnan) y que la
Organización el poder político-militar y
económico norteamericano conservaba la estabilidad
y recuperaba el canal y a los oponentes. Y Harry,
atormentado por la culpabilidad, se suicidaba
arrojándose a las llamas de un edificio bombardeado.
Éste no es, desde luego, el final
que vemos. Lo menciono porque resulta que el desenlace de
la novela de Le Carré guarda más similitudes con A
quemarropa y es más fiel al universo de Boorman que
el final que ha filmado el propio Boorman. Y más fiel a
la realidad política actual.
MÁS ALLÁ
DE LAS REGLAS Y LOS GADGETS
En la cárcel, Harry ha aprendido a
sobrevivir. Una de sus armas preferidas es la mentira. Al
instalarse en Panamá, se ha reinventado su pasado. Y,
ante el acoso de Osnard, sigue inventando historias y
tramas políticas, sin darse cuenta de las trágicas
consecuencias que pueden acarrear. El primer encuentro en
la sastrería, entre las butacas del club y los
inquietantes espejos del probador, sella un pacto
mefistofélico, pues, como dice Marta, Osnard «es el
diablo». A partir de ese momento, los dos rivalizan en
un duelo de mentiras y ficciones. ¿Quién se impondrá
al final? ¿Quién dirá la última palabra en este juego
de espejos y engaños? He aquí la intriga.
El sastre de Panamá es una
película de espionaje y, al mismo tiempo, una crítica,
con altas dosis de humor, del mundo de los espías. Para
conseguir dicho objetivo, Boorman rebasa los límites del
género, invierte sus reglas en tres aspectos esenciales
de la obra:
1) En los relatos
de espionaje, el héroe se encarga de desentrañar la
confabulación de los malos y así impide su triunfo. En
la película de Boorman, Osnard hace lo contrario:
primero suscita y después transmite una confabulación
inventada, con lo que facilita el triunfo de los malos
los militares norteamericanos y causa el
desastre de Panamá (primera versión del guión) o casi
(versión definitiva).
2) Osnard está en
las antípodas de los espías de película, así como del
agente secreto por excelencia, 007, encarnado
últimamente por el mismo actor. En realidad, es su
caricatura. Con Pierce Brosnan, Boorman ha apostado
fuerte en la línea de parodiar e invertir los
estereotipos del género. Una apuesta arriesgada que le
ha salido redonda.
3) No se trata de
una típica película de acción y persecución, con
explosiones y efectos especiales a porrillo, sino que se
da más protagonismo a los personajes que a la
ferretería y a los gadgets.
De acuerdo con el punto anterior, El
sastre de Panamá gira en torno a dos personajes
antitéticos. Dos polos opuestos. Si bien Harry recurre a
las mentiras para sobrevivir en un mundo hostil, aún
cree en ciertos principios, de ahí la admiración por
Mickie Abraxas (Brendan Gleeson) y Marta (Leonor Varela). Él mismo
expresa esa idea en la discusión en el club de la
sastrería a propósito de los trajes de Armani. Con sus
mentiras, Harry va urdiendo una tela de araña cada vez
más embarullada, escapa de una encerrona para caer en
otra. Tras el suicidio de Mickie, cuando su mundo está a
punto de desmoronarse, saca fuerzas de flaqueza y cuenta
la verdad a Louisa (Jamie Lee Curtis). Y happy end. Convincente
o no, es el final feliz adoptado por Boorman.
Osnard, en cambio, no experimenta
ninguna evolución. Es un personaje monolítico. Un
cínico sin escrúpulos, sin lazos con nada ni con nadie.
Su única obsesión es el dinero y las conquistas.
El contraste entre ambos se puede
apreciar, asimismo, en el juego de los actores. Geoffrey
Rush hace una interpretación muy trabajada, en segundo
grado, porque Harry, al adoptar una identidad falsa,
siempre está actuando, mientras que a Pierce Brosnan lo
vemos relajado. Un sinvergüenza por naturaleza.
TRÍPTICO
POLÍTICO
Más allá de Rangún (1995), El general (1998) y El
sastre de Panamá (2001) forman un tríptico
político. Las historias particulares de los
protagonistas se entrecruzan a la perfección con los
acontecimientos políticos, con lo que se evita tanto el
didactismo abstracto como el intimismo sensiblero y
alicorto.
Junto a los elementos (invertidos)
de las películas de espionaje, El sastre de Panamá
contiene, incorporada en la narración, una carga
de profundidad contra el actual sistema político.
El club exclusivo de banqueros, abogados y políticos
constituye una buena ilustración de cómo funciona el
juego parlamentario. La crítica no se limita a la clase
dirigente local. También apunta a las altas esferas de
la diplomacia internacional. Boorman no se muerde la
lengua al hablar del bombardeo de Panamá ordenado por George Bush, padre. En una
reunión en el Pentágono, los militares aparecen como
reproducciones en serie del general Ripper de Teléfono rojo,
volamos hacia Moscú (Stanley Kubrick), con el mismo
puro y la seguridad de tener a Dios de su lado. Así se
manifiesta el último comandante norteamericano en
Panamá, ahora encargado de la reconquista, enfocado en
contrapicado, como Ripper en el momento de las grandes
revelaciones. Teniendo en cuenta la actual confluencia de
halcones y fundamentalistas cristianos en la
administración de George Bush, hijo, ¿lo que vemos en El
sastre de Panamá es una sátira «exagerada» o el
fiel reflejo de la realidad? Me limito a formular la
pregunta. La respuesta es asunto del lector.
Mientras que hoy en día muchos
directores, incluso algunos aureolados con el marchamo de
inconformistas pienso en el Soderbergh de Traffic adoptan una
actitud complaciente para con las altas esferas
norteamericanas, Boorman no pone sordina a sus críticas.
Un mérito más de El sastre de Panamá.
SIN EL
ACENTO DE SAVILE ROW
Boorman, después del Dublín en
blanco y negro de El general, recobra su
prodigioso sentido visual. Sin llegar al esplendor de La selva
esmeralda. Y es que el canal de Panamá no cuenta con
los paisajes frondosos de la selva amazónica, si bien
presenta contrastes curiosos (por ejemplo, barcos enormes
en medio de la vegetación). Otro contraste recurrente,
desde la primera escena, en las oficinas del MI6 en
Londres, consiste en filmar a los personajes ante
inmensos ventanales que nos dejan ver la ciudad al fondo.
Forma y contenido se funden en una
unidad indivisible. Boorman integra los diferentes
ingredientes de la obra mediante un montaje modélico y
mantiene el equilibrio entre el dispositivo de la
intriga, los aspectos políticos y el retrato
psicológico de un individuo complejo (Harry).
El eje de El
sastre de Panamá consiste,
fundamentalmente, en las relaciones engañosas entre
Harry y Osnard y sus numerosos encuentros, a veces en los
sitios más inverosímiles. De ahí la importancia de los
actores. Justo es decir que Geoffrey Rush y
Pierce Brosnan dan la talla. Como Osnard ha sido dibujado
con trazos satíricos, el fiel de la balanza se inclina a
favor de Harry.
Geoffrey Rush, actor de teatro de
origen australiano, en Quills nos ofreció una
buena muestra de sus cualidades, entre las que figura un
acento muy british. Como es lógico, tenía muchos
ganas de verlo y oírlo en El sastre de Panamá,
donde interpreta un personaje en un registro diferente,
casi opuesto al de Quills. Insisto en lo de
oírlo, porque, al hacerse pasar por un sastre salido del
cogollo de Londres, debe hablar un inglés elevado al
cubo. (También Jules Verne situó el domicilio de Phileas
Fogg en Savile Row.) Pues bien, de inglés, nada de nada.
El sastre de Panamá se ha distribuido únicamente
doblada y, para colmo, a Geoffrey Rush le han puesto una
voz poco acertada (en España)*.
Si el doblaje de los idiomas
accesibles para el espectador ya es discutible en sí
mismo, un mal doblaje desvirtúa el trabajo de los
actores. ¿Tendremos que esperar mucho para poder ver y
oír El sastre de Panamá en versión original?
* Nota del editor.
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Imágenes
de El sastre de Panamá - Copyright © 2000 Columbia
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sastre de Panamá
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