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LA BUTACA - Revista de Cine

.[Especial 51ª Berlinale] [Películas] [Crónicas]

TRAFFIC
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Dirección: Steven Soderbergh.
Paises:
USA/Alemania.
Año: 2000.
Duración: 147 min.
Interpretación: Michael Douglas (Robert Wakefield), Don Cheadle (Montel Gordon), Benicio Del Toro (Javier Rodriguez), Luis Guzmán (Ray Castro), Dennis Quaid (Arnie Metzger), Catherine Zeta-Jones (Helena Ayala), Amy Irving (Barbara Wakefield), Steven Bauer (Carlos Ayala), Erioka Christensen (Caroline Wakefield), Clifton Collins Jr. (Francisco Flores), Miguel Ferrer (Eduardo Ruiz), Topher Grace (Seth Abrahams).
Guión: Stephen Gaghan; basado en la miniserie Traffik.
Producción: Edward Zwick, Marshall Herskovitz y Laura Bickford.
Producción ejecutiva: Richard Solomon, Mike Newell, Cameron Jones, Graham King y Andreas Klein.
Música: Cliff Martinez.
Fotografía:
Peter Andrews (Steven Soderbergh).
Montaje: Stephen Mirrione.
Diseño de producción: Philip Messina.
Dirección artística: Keith P. Cunningham.
Vestuario: Louise Frogley.
Decorados: Kristen Toscano Messina.
Dirección de producción: Frederic W. Brost y Robin L. Green.

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CRÍTICA

Josep Alemany

UNA PELÍCULA DESLUMBRANTE

Una carretera perdida en medio del desierto. Dentro del coche, un policía mexicano le cuenta a su compañero el sueño horrible de la noche anterior. Se trata de un presagio de los acontecimientos que vendrán a continuación, porque los dos policías vivirán una pesadilla. El espectador, en cambio, hipnotizado por la deslumbrante puesta en escena de Soderbergh, tendrá la sensación de soñar despierto.

En el aspecto formal, Traffic es un derroche de virtuosismo, un relato trepidante, un mosaico de historias. Aquí la segmentación es espacial (México, Ohio-Washington, San Diego), mientras que en El halcón inglés –la película donde Soderbergh ha llevado más lejos el estilo fragmentado– los saltos se daban más en el tiempo que en el espacio. En Traffic, los tres ejes narrativos se entrelazan de una forma prodigiosa, potenciándose recíprocamente. Cuenta, además, con unos actores excelentes. Y se hablan dos idiomas.

En pleno festival de Berlín, Mateo Sancho Cardiel observó acertadamente que, si bien la película de Soderbergh era «el producto más adulto» de Hollywood en el año 2000, «hay algo en Traffic que no la hace una obra maestra absoluta». A ver si descubrimos ese algo.

CRÓNICA Y MELODRAMA

¿Qué es, en realidad, Traffic? Conviene señalar, ante todo, que Traffic no es un sermón ni un alegato a favor o en contra de la despenalización de las drogas, ni a favor o en contra de nada, sino una crónica de la guerra contra el narcotráfico, en tres frentes de batalla: México (color: marrón arenoso), Ohio y Washington (color: azul eléctrico) y San Diego (color: verde). Una crónica con vocación de documental, incluso con características de dicho género, como los escenarios naturales y la filmación con la cámara en la mano. Traffic se limita –o al menos eso pretende– a mostrar cómo funcionan las cosas, sin ocultar los absurdos y las contradicciones internas. Y sin proponer soluciones. El espectador debe sacar sus propias conclusiones.

Si aparece alguna historia complementaria –como la del grupo de estudiantes toxicómanos–, pronto queda subordinada –mediante el personaje de la hija del jefe de la DEA– a la crónica principal. Traffic pertenece, pues, a la modalidad de la crónica policíaca, pero no a la corriente más crítica. A pesar del personaje del general Arturo Salazar (Toman Milian). O, mejor dicho, a causa de él.

El mérito del género negro consiste en criticar el orden social como crimen organizado (cf. Cosecha roja, de Dashiell Hammett). Actualmente, vivimos en la época de la militarización de los gangs y cárteles y de la gansterización de los políticos. De ahí la confabulación entre gánsteres, militares, policías y políticos. La figura del general Salazar es reveladora de dicha evolución. Y la ausencia de un personaje equivalente en el otro lado del Río Grande también es reveladora. Pone de manifiesto que Traffic ofrece una visión idealizada, edulcorada de las altas esferas de Estados Unidos. A pesar de que con el Irán-Contra Gate salieron a relucir los vínculos de la CIA y el Consejo Nacional de Seguridad con el tráfico y la distribución de drogas. Y a pesar de que el espectador ya ha visto crónicas basadas en hechos reales que ofrecen una visión desmitificadora, como Serpico (1973) y El príncipe de la ciudad (1982), de Sidney Lumet. Y aún podríamos añadir L.A. Confidential (1997). Obra de ficción, sí, pero que captaba la realidad más profundamente que muchas crónicas y documentales «realistas» que se quedan en la superficie. Como se ha demostrado al descubrirse la existencia, en la policía de Los Ángeles, de un grupo parecido al de la película de Curtis Hanson.

Así las cosas, cuesta entender que en el año 2000 Soderbergh y Stephen Gaghan (el guionista) presenten a un personaje como Robert (Michael Douglas) adornado con la aureola de incorruptible. Esa clase de políticos no pertenecen al género documental, sino a las fantasías prefabricadas de cierto sector de Hollywood. Dejando esto de lado y ciñéndonos a los aspectos estrictamente cinematográficos, ¿cómo se explica que Benicio del Toro y Don Cheadle se coman a Michael Douglas? ¿Por las limitaciones del actor o por las limitaciones del personaje que encarna? Yo creo que por ambas cosas a la vez. Pero es sintomático que el personaje situado en las altas esferas resulte más esquemático, con pocos matices. Ni siquiera logra enriquecerlo su evolución final, cuando Robert dimite de su cargo y considera más importante la rehabilitación que el enfoque político-militar de la DEA.

La crónica policíaca ofrece un catálogo de las situaciones habituales de la guerra contra el tráfico de estupefacientes. A fin de cuentas, no es muy innovadora que digamos. Está filmada, eso sí, con un gran despliegue de energía y dinamismo. Es innovadora en la forma, no en el contenido. Lo cual no significa que no posea cosas interesantes. En Traffic, por supuesto, se reflejan numerosas contradicciones de la cruzada contra el narcotráfico, empezando por la principal: que se luche en el extranjero contra un tráfico que tiene su origen en la gran demanda de consumo que existe en Estados Unidos.

Menos original es el otro ingrediente de Traffic: el melodrama. La relación entre Robert y su hija Caroline (Erika Christensen) va adquiriendo esa orientación. Soderbergh y Stephen Gaghan no dudan en recurrir a situaciones fuertes –y estereotipadas– para suscitar las emociones del público. El descenso de Caroline a los infiernos, el rescate a cargo de su padre y la redención final nos recuerdan los melodramas de barrios bajos (slum melodramas) de D. W. Griffith. El uso directo de esos estereotipos no me parece una buena idea.

IMÁGENES DE CORTA DURACIÓN

En las notas de producción que se pueden leer en www.amazon.com/traffic, Soderbergh afirma que han procurado ser «lo más imparciales [dispassionate] posible», ya que su objetivo se limita a «mostrar una foto instantánea y decir: "Así es como ocurren las cosas."» (Fiel a este propósito, yo tampoco disertaré sobre el narcotráfico.) Y Soderbergh añade: «Si en Traffic hemos hecho las cosas bien, todo el mundo se cabreará. Los partidarios de la despenalización pensarán que no proponemos su punto de vista; los partidarios de la mano dura pensarán que somos demasiado blandos. Sería fabuloso que todos creyeran que hemos adoptado el punto de vista del contrario.»

Misión cumplida. La película ha suscitado las reacciones más encontradas. Unos acusan a Soderbergh de defender la versión oficial de la policía (Joanne Laurier, en www.wsws.org), mientras que otros ven en la película un alegato a favor de la despenalización (Ebert, en www.suntimes.com/ebert).

Debo admitir, por otra parte, que las críticas que formulo con la cabeza fría ante la pantalla del ordenador poco tienen que ver con mi actitud ante la pantalla de cine. Como espectador, sucumbí al encanto de las imágenes (excepto en las escenas de melodrama). El deslumbrante estilo de Soderbergh me dejó anonadado. Una vez fuera del cine, el efecto estupefaciente de las imágenes se ha ido desvaneciendo. Cuando, tras recobrar la cabeza, me he sentido con ánimos de analizarlas, el globo se ha deshinchado un poco.

Con las buenas películas me ocurre lo contrario. En Eyes Wide Shut, nada más asistir a la fiesta de Ziegler (Sidney Pollack), quedé fascinado por la elegancia visual de Kubrick, me sentí transportado al hotel Overlook de El resplandor. En ese estado de ánimo seguí las deambulaciones nocturnas del protagonista, la investigación diurna... Y, una vez fuera del cine, con el tiempo la fascinación se ha intensificado. Cuanto más analizo Eyes Wide Shut, más me gusta.

Como es sabido, Soderbergh alterna las obras personales con las comerciales. Después de volar a gran altura creativa con El halcón inglés, en la siguiente película se dedicó a revolotear alrededor de los vertiginosos escotes de Julia Roberts. Al fin y al cabo, él mismo ha definido Erin Brockovich como «un Ken Loach con Julia Roberts». Ahora tocaba otra obra personal. No ha sido así. Soderbergh está en su derecho. Sin embargo, en el caso de Traffic, al haber transigido con ciertos convencionalismos, ha desperdiciado la ocasión de hacer una película redonda. El resultado ha sido una obra brillante –muy brillante– en la superficie, pero que contiene aspectos no muy logrados.

Total, que yo también estoy cabreado con Soderbergh. Ya veremos si con la próxima película mi enfado se esfumará o, por el contrario, se acentuará.

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Imágenes de Traffic - Copyright © 2000 Bedford Falls Productions. Todos los derechos reservados.

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