CRÍTICA por
David Garrido Bazán
Magnífica
deconstrucción narrativa del dolor
En el cine, como en cualquier otro arte, de vez en cuando
aparecen manifestaciones que tratan de romper las normas y
explorar nue-vos caminos para expresar las viejas histo-rias. No
es algo precisamente nuevo, ni tan siquiera infrecuente en los
últimos tiempos. Gracias al montaje, la única disciplina
verda-deramente exclusiva del cine, los autores han jugueteado
con los tiempos y ritmos narrati-vos de sus películas, exigiendo
a menudo en el espectador un esfuerzo complementario para
componer los puzzles en que convierten sus obras, invitándoles a
entrar en su juego. Algunos ejemplos son además películas que
han quedado en la mente del espectador pre-cisamente por la
brillantez con la que el manido principio básico de todo re-lato
(planteamiento, nudo, desenlace) quiebra a favor de otros
intereses for-males: Quentin Tarantino construyó en "Pulp
fiction" una película en la que su verdadero final estaba en la
mitad del metraje y lo que acontecía al final del mismo no era
sino un acontecimiento anterior que nos reconducía
prác-ticamente al inicio de la película; Christopher Nolan en "Memento"
maneja-ba dos líneas narrativas complementarias, una de las
cuales transcurría en un momento temporal indeterminado pero de
forma más o menos correla-tiva, mientras que la otra formaba un
conjunto de secuencias en la que se invertía el orden temporal
de las mismas de tal forma que la primera nos contaba lo que
había sucedido después de la siguiente, un proceso de atrás
hacia delante que también utilizó Gaspar Noé en "Irreversible".
A nivel patrio, Julio Medem ha dado abundantes muestras de este
gusto por retor-cer la lógica temporal a lo largo de su
filmografía. Todo esto sin mencionar los complejos experimentos
de David Lynch en films como "Carretera per-dida" o "Mulholland
Drive", que exploraban los límites de la digresión
narra-tiva y la lógica temporal, fascinando a unos e
impacientando a otros con igual eficacia.
Finalmente,
Alejandro González Iñárritu, un
excelente realizador mexi-cano que ya dio pruebas de su nulo
interés por seguir la linealidad en su impactante y excelente
opera prima "Amores perros", que entrelazaba los hilos
narrativos de tres historias a través de un accidente que se
convertía en el nexo que unía a varios de sus personajes, ha
llevado este principio de romper con el clásico patrón narrativo
hasta el límite en esta magnífica pe-lícula que nos ocupa, "21
gramos", cuya estructura argumental se descom-pone en mil
pedazos fragmentados que el espectador ha de recomponer en su
mente a medida que avanza el metraje de la película, sin más
asideros iniciales para ello que su propia intuición y el deseo
de conocer algo más de sus torturados personajes.
El comienzo de "21 gramos" no puede ser más exigente con el
espectador. Mientras la pantalla se inunda de una serie de
imágenes impactantes que conforman una sucesión de saltos
temporales y espaciales desconcertan-tes, la película comienza a
suministrarnos in-formación sobre tres personajes unidos no sólo
por otro fatal accidente como aquel que tenía lugar en "Amores
perros", sino por una serie de torturados sentimientos que van
del puro dolor físico a una atormentada culpa, pa-sando por la
necesidad de amor o de vengan-za, mientras una atmósfera de
inequívoca e insalvable tragedia se instala como un mal presagio
en la mente del espectador, forzado a contemplar un fascinante
puzzle en el que el desorden de la secuencia nos coloca en el
medio de la nada a la búsqueda de cualquier asidero, solos con
el puro sentimiento.
Porque si hay algo que deja
bien claro Iñárritu desde el primer momento de la película es
que tiene un especial interés en que el espectador no se
distraiga de lo importante con el destino de sus personajes.
Tanto es así, que ya en los primeros minutos de película se nos
muestra parte del desti-no final de los mismos, con lo cual se
nos pone sobre aviso de esa fatali-dad ineludible que une de
forma irreversible sus vidas. No, la búsqueda de Iñárritu es
mucho más que la historia que nos cuenta, persigue que nos
adentremos hasta el fondo en las distintas manifestaciones del
dolor, nos propone una experiencia durísima en la que
sentimos primero y co-nocemos después los detalles, con lo que
sacrifica la habitual inten-sidad dramática de una narración
ordenada por un crescendo emo-cional de muy diversa índole,
una compleja e inteligente ordenación del aparente caos
fragmentado, la extrema deconstrucción narrativa de su
pro-puesta que esconde un minucioso trabajo de orfebrería
emocional.
Todo lo que se ve en pantalla tiene que ver con el dolor de una
forma o de otra: dolor físi-co siente Paul (Sean
Penn), un enfermo ter-minal que necesita un
transplante de corazón y que lucha por darle un sentido a los
últimos instantes de su vida mientras se enfrenta cara a cara a
su muerte; dolor desgarrador siente Cristina (Naomi
Watts), a quien de repente se le arrebata de un
plumazo todo lo que da sentido a su vida al desaparecer de ella
sus seres más queridos; dolor de una angustiosa culpa sufre
Jack, el intenso personaje creado por
Benicio del Toro, un ex presidiario re-convertido en
un fanático religioso que cree en el determinismo de Dios en
cada uno de los actos de su vida y que vive a la búsqueda de una
imposible redención del irreparable daño causado a los demás;
dolor, en fin, siente Mary (Charlotte
Gainsbourg), la pareja de Paul, que ve cómo no puede
salvar la distancia que le separa de su marido por más que lo
intente, al igual que Marianne (Melissa
Leo), la esposa de Jack, no consigue comprender las
rígidas normas que se ha autoimpuesto su marido y su incapacidad
para sobrevivir a un intenso sentimiento de cul-pa, ni siquiera
por su familia.
Pero "21 gramos" va mucho
más allá de un puzzle narrativo cuyas piezas acaban finalmente
por encajar a la perfección, aunque eso sí, sin sorpresas
finales en su desenlace. Muchas de las líneas princi-pales
que trata la película, ligadas a la permanente evolución de los
perso-najes, ya han sido ampliamente apuntadas a lo largo del
metraje, durante el cual el interés del espectador tiene más que
ver con cómo se han llega-do a tales hechos que a los hechos en
sí, que ya conoce de antemano en la mayoría de los casos: el
torturado proceso de un Jack consumido por la culpa, el hermoso
y pausado acercamiento de Paul a Cristina en busca de respuestas
a preguntas que ni siquiera él conoce del todo, la toma de
con-ciencia de Cristina de que no le resulta posible rehacer su
vida suspendida en el vacío... la película posee su propio orden
interior dentro del caos y lo que resulta más sorprendente es
cómo su peculiar disposición no sólo no afecta al interés de la
historia, sino que éste se acrecienta mucho más allá de los
hechos en sí mismos, con un componente de indagación del
espec-tador que, una vez pasados los primeros y desconcertantes
veinte minutos, sabe de sobra a lo que atenerse y entra de lleno
en la propuesta de Iñá-rritu, sin que a partir de ese instante
precise de un especial esfuerzo para completar los huecos de la
historia: sólo ha de limitarse a ordenarla en su mente.
Película de personajes por encima de cualquier otra
consideración, "21 gra-mos" se sustenta en el impresionante
tra-bajo de tres actores en estado de gracia que se entregan de
forma total y absoluta a sus personajes y nos regalan unas
inter-pretaciones inolvidables. Impresionante es-tá Benicio
del Toro, que alcanza aquí cotas incluso mayores que en aquel
policía que compuso en "Traffic".
Con un trabajo creado desde la más absoluta contención, que
alcan-za el sueño de todo actor, transmitir lo máxi-mo con el
mínimo indispensable, con una in-tensidad tal que vivimos la
angustia existen-cial de Jack como si fuera propia. Si Naomi
Watts nos dio en "Mulholland Drive" un atisbo de sus
posibilidades como actriz con un personaje rico en dobleces, en
"21 gramos" se entrega con una generosidad tal a su perso-naje
que nos permite asomarnos al interior de alguien que lo pierde
todo en un instante y que es incapaz de asumir dicha pérdida,
dejándonos con la inquietante duda de si alguno de nosotros
podría. Su personaje tiene más de un elemento en común con
aquella desgarradora composición que hizo Halle Berry en "Monster’s
ball" y alcanza momentos sublimes en su
inter-pretación del dolor. Por otro lado, Sean Penn encarna a un
personaje de variados registros que se mueve entre la impotencia
inicial, la búsqueda del amor y, finalmente, la necesidad de
enfrentarse a su destino mirando a la muerte de frente, mientras
su peculiar relación con Cristina llena de forma tan efímera
como necesaria las vidas mutiladas de ambos personajes.
No resulta en absoluto casual
que Sean Penn esté en esta película, que guarda relación directa
con otro de sus grandes trabajos recientes, "Mystic
River", a través de esa atmósfera de inevitable
tragedia griega y de fatalidad del destino que impregna ambas
películas y, lo que es aun más importan-te, con sus otros
trabajos como director, muy especialmente la magnífica "Cruzando
la oscuridad", que trata directamente de temas como la culpa, la
necesidad de expiación y de venganza por un hecho del pasado,
todos ellos elementos presentes tanto en la película de Iñárritu
como en la de Eastwood con los que la sensibilidad de este actor
habrá conectado con facilidad, pues son temas que le interesan
sobremanera como autor. Inclu-so podría citarse "Deuda
de sangre" del propio Eastwood como una pelícu-la
también conectada en cierta forma a estos "21 gramos" que
encierran, según la película, el peso que pierde un ser humano
al morir y abandonar el alma su cuerpo, es decir, al peso del
propio alma.
Pero además de estos actores está el afi-nado trabajo de
Iñárritu en dar forma en imágenes al alambicado guión escrito
por Guillermo Arriaga, que contiene
mo-mentos memorables (atención al inteligente uso del fuera
de plano que utiliza para evitar visualizar el accidente: por un
instante no só-lo parece que no lo vamos a ver, sino tampo-co a
oír) e igual de potentes visualmente ha-blando que aquellos que
le dieron justa fama a su primera película. Iñarritu vuelve a
dar ese aire ‘sucio’, cortesía de la fotografía de
Rodri-go Prieto, a su
indagación en los recovecos del alma de sus personajes,
retratados siempre de cerca, casi en un con-tinuo primer plano o
plano corto que nos permite asomarnos al fondo de ellos mismos y
apreciar el excelente trabajo de los actores, todo arropado con
la delicada música de su compositor habitual,
Gustavo Santaolalla.
"21 gramos" no es una
película fácil, ni apta para todas las sensibilida-des. Su
oscurísimo tono y su furibundo pesimismo determinista, sólo
ilumi-nado por algunos breves rayos de esperanza –tan débiles
que apenas al-canzan para compensar la terrible radiografía del
dolor en que se convierte la película–, harán que muchos
espectadores sufran la película como una experiencia tan
traumática como agotadora. Pero estamos ante una obra
indiscutible que innova en su forma y arriesga en su contenido y
que nos confirma que estamos en la presencia de un cineasta
perso-nal, con un estilo propio. Un autor con mayúsculas que
ofrece en esta imprescindible película una gran lección de
sabiduría cinema-tográfica.
Calificación:
    
Imágenes de "21
gramos" - Copyright © 2003 A This That Productions e Y
Productions. Distribuida en España por UIP. Todos los derechos
reservados.
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