CRÍTICA por
José Luis Santos
Anatomía
del dolor
Cuando en 1999 Alejandro González
Iñá-rritu puso patas arriba el panorama
cinema-tográfico mundial con su apabullante, directa y visceral
“Amores perros”, hubo iluminados que de forma ligera e injusta
quisieron empa-rentarle con Quentin Tarantino por “la violen-cia
gratuita que había en sus imágenes”. Lo que Iñárritu esgrimió en
su defensa, con gran acierto, fue que en su película no había
nada gratuito, toda acción tenía sus consecuencias y sus
personajes se veían obligados a asu-mirlas y afrontarlas. Apenas
cuatro años des-pués nos llega “21 gramos”, la entrada por la
puerta grande de este mexicano en el mismísimo Hollywood, que no
sólo demuestra bien a las claras que se encuentra en las
antípodas del director de “Pulp fiction”, sino que además lleva
hasta sus últimas consecuencias aquella máxima que utilizaba
para defenderse y confirma una personalidad fílmica capaz de
rebelarse (al menos por ahora) contra los vacíos cantos de
sirena de la industria.
Y es que en esta oda al dolor
–físico y del alma– que traspasa la pantalla hasta inundar el
corazón del patio de butacas llenándolo de escarcha como una
helada invernal despiadada e imperceptible a la vista, todo es
casual pero nada es gratuito, el destino juega su ruleta pero la
vida cobra escrupu-losa e inalterablemente todos y cada uno de
los peajes adeudados, y en medio del vacío atronador de las
pérdidas sufridas en el trayecto no hay es-capatoria ni esperanza
ante el desgarro que invade la existencia sin dejar huecos
libres.
Hay mucho de “Amores perros”
en este se-gundo trabajo. Iñárritu se llevó a la práctica
totalidad de su equipo a USA (el guionista
Guillermo Arriaga, el
compositor Gustavo Santaolalla,
el director de fotografía Rodrigo
Prieto…) y eso se nota. El guión se escribió
ambientado en Ciudad de México y ante la oferta hollywoodiense
se trasladó a territorio norteamericano, pero manteniendo una
esen-cia universal que lo hace sencillamente huma-no, sin más. Al
igual que en su ópera prima, vertebra la trama en torno a un
accidente de tráfico que emite una onda expansiva que prende la
mecha de tres historias haciéndolas saltar por los aires, y
repite la mayoría de los rasgos de su ca-ligrafía fílmica y
narrativa. Pero también hay mucho más que es nuevo, que
demuestra que estamos ante un realizador en crecimiento.
Esta vez Iñárritu no se
conforma con prescindir de la linealidad na-rrativa, sino que
directamente la dinamita. Convierte sus tres historias en un
colosal puzzle que plaga las dos horas de duración de la
película de escenas –de apenas un minuto la más larga–
presentadas sin orden crono-lógico, dando una vuelta de tuerca
más al retorcimiento narrativo de cintas como “Memento”
o “Mulholland
Drive” para plasmar pincelada a pincelada un cuadro
que termina por encajar con nitidez hiriente arrastrando sin
pie-dad al espectador en su travesía. Tres historias basadas en
tres persona-jes agonizantes, almas en pena que tienen viejos
pecados que purgar (dro-gas, infidelidades o un pasado
carcelario) y que cuando creen haber vuelto a ponerse en pie se
ven aplastados por la vida, viendo cómo se van hun-diendo todas
sus posibles tablas de salvación –desde la fe religiosa hasta la
venganza–, desangrándose entre el vacío de los ausentes y la
concien-cia como condena perpetua.
Tres personajes recreados a
partir de trazos de guión de notable profundidad por tres
com-posiciones prodigiosas, tres zarpazos de rea-lidad que
confirman una vez más a Sean Penn
y Benicio del Toro
como animales interpretativos de una especie casi extinta, y que
unen a ellos a una Naomi Watts
en ab-soluto estado de gracia, capaz de transmitir el sufrimiento
de forma tan intensa como exenta de artificios y llena de
verdad. Los tres evidencian una comunión con la realización de
Iñárritu por momentos perfecta, su cámara en mano ya
característica se desliza junto a ellos alternando sus
habituales movimientos nerviosos con primeros planos tan
asfixiantes como expresivos, captando en toda su riqueza
silencios atronadores, miradas demoledoras y el susu-rro de
palabras que se desgarran. No sólo “21 gramos” no da tregua
al espectador, sino que compone varias escenas sencillamente
memo-rables, como el espléndido fuera de campo a través del
que se nos mues-tra el momento del accidente o todo el
planteamiento y plasmación de la escena apasionada entre dos de
los protagonistas desde sus prolegóme-nos, recordando la
desesperación de ambos y la intensidad lograda en pantalla a una
escena análoga de la reciente “Monsters
ball”.
Da muestra de un cineasta
sorprendentemente maduro, sereno, duro y sin concesiones, y
evidencia de que estamos ante un tipo con un instinto brutal
para hacer cine desde las tripas, capaz de desarrollar una
anatomía del sufrimiento humano tan dolorosa como bella y
poética. Y de demostrar que en sus 21 gramos caben toneladas de
dolor, quintales de culpabilidad, y kilos y kilos de miedo. El
peso de un alma que se nos muestra inconso-lable, plena y
estremecedora, y que finalmente sólo encuentra redención y paz a
través de lo que paradójicamente más la atormentaba: la muerte.
Es-to es cine de profundo calado, del que se digiere en
nuestra mente a lo largo de días y días, del que nos deja
huella. Gran cine.
Calificación:
    
Imágenes de "21
gramos" - Copyright © 2003 A This That Productions e Y
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