CRÍTICA
por
David Garrido
Una asombrosa obra maestra de
la animación
Por mucho que en los últimos
años hayamos asistido a un crecimiento vertiginoso del cine de
animación gracias al fin del monopolio de la Disney y la
irrupción en este campo de la poderosa división animada de la
Dream-Works y hasta de la Fox
(por no mencionar la pujante industria japonesa, con miras cada
vez más universales), nada ha sido más determinante en este
enorme cambio que la aparición de John
Lasseter y la factoría Pixar. Desde 1995, año en el
que "Toy Story" inauguró una nueva época en el ci-ne de
animación, hemos asistido a la secuela de ésta, a una
arrolladora versión insectil de "Los Siete Samuráis" ("Bichos")
y a una increíble pelícu-la cargada de ironía e inteligencia ("Monstruos,
S.A."), producciones que sin duda nos sumergían en un
mundo a la vez muy familiar y por otro lado totalmente nuevo.
Toda una revolución llena de brillantez.
Reconozco que la primera idea que me vino a la cabeza cuando
supe que el siguiente pro-yecto de Pixar estaría ambientado en
el mar y protagonizado por peces fue pensar que ha-bían ido
demasiado lejos ¿Animar el océano cuando todo el mundo sabe que
el agua es una de las cosas más complicadas de ilustrar con
verosimilitud? ¿Y cómo superarían las evidentes limitaciones
expresivas de los habi-tantes del fondo marino? Pero el empeño
de los profesionales de esta auténtica fábrica de sueños en
conseguir representar lo más fiel-mente posible los inabarcables
registros de la imaginación parece no tener límites y bastan
unos pocos minutos de esta maravilla llama-da "Buscando a Nemo"
para darse cuenta de que carecía de sentido plan-tearse duda
alguna. Lo primero que hay que destacar de esta película an-tes
de entrar a fondo en su análisis es que su capacidad para dejar
cons-tantemente boquiabierto al espectador es inagotable. Estoy
convencido que uno podría verla muchas veces, olvidándose de la
historia que se cuen-ta y prestando atención al fondo en el que
se desarrolla, y ni aun así se consiguiría abarcar (mucho menos
explicar en una líneas) la enormidad del trabajo realizado por
Andrew Stanton y su equipo.
Con una atención exquisita
hasta el más mínimo detalle, por insig-nificante que parezca,
"Buscando a Nemo" se revela como una pelí-cula meticulosa y
exigente consigo misma hasta unos niveles difícil-mente
alcanzados por alguna obra anterior de la animación:
sumer-girse en las aguas de ese océano infinito plagado de
maravillosas sorpre-sas es entrar en una película con una
capacidad de arrastre que es capaz de despertar, tanto en el
niño que asiste a la sala por primera vez un amor por el cine
que se revelará eterno como en el adulto encallecido por tantas
horas pasadas a oscuras delante de la pantalla, esa sensación
perdida ha-ce largo tiempo de encontrar algo nuevo, original y
deslumbrante. Sólo por volver a sentirse así merece la pena ver
esta excepcional obra.
Pero además, "Buscando a
Nemo" es una película, como todas sus an-tecesoras, que se
cimenta sobre la inteligencia de un guión tan simple co-mo
sólido que sabe bien cómo equilibrar los gags que se desarrollan
a una velocidad sorprendente, los golpes de efecto y el
despliegue continuo de sobresaltos que provoca toda gran
película de aventuras con el dramatismo y la emoción que surgen
de unos personajes perfectamente diseñados con los que resulta
fácil conmoverse. La construcción de la historia es un
crescendo imparable que no cansa, que no se agota nunca.
"Buscando a Nemo" toma como referencia un clásico de Disney,
"Bambi", y le da la vuelta en un prólogo lleno de dramatismo,
hasta sorprendente para una película como ésta en los tiempos
que corren. La pérdida de su esposa y casi toda la camada, a
excep-ción de Nemo, a manos de una barracuda, convierte a Marlin
(un pez payaso sin sentido del humor, un acierto de guión sobre
el que se vuelve una y otra vez en la película) en un padre
sobreprotector con su hijo Nemo, al que no permite el más mínimo
riesgo, impi-diéndole así crecer y madurar cometiendo sus
propios errores. Por supues-to, la rebeldía de Nemo ante esta
situación provocará su desaparición a manos de un buzo (en una
espectacular secuencia que está planificada con tal exactitud
que la aparición del mismo resulta temible, sobrecogedo-ra) y el
comienzo de la odisea de Marlin a través del océano para
reunirse con su hijo perdido.
A partir de ahí, la película
se bifurca en dos espacios: por un lado tene-mos a Nemo en el
acuario de un dentista, destinado a ser el regalo de cumpleaños
de una horrible niña (por cierto, una versión demoníaca de la
dulce Boo de "Monstruos, S.A." que aparece en la película a los
sones de la partitura de Herrmann para "Psicosis") que acaba con
cada pez que se le regala, con los intentos de Nemo y el resto
de compañeros de cautiverio por escapar de su temible destino; y
por otro, tenemos a Marlin, que ayu-dado por Dori (un pez con
pérdidas de memoria reciente, uno de los perso-najes más
exquisitos creados por el cine de animación en los últimos años)
emprende un viaje lleno de aventuras y sorpresas por el inmenso
y a veces inhóspito océano.
Sería tarea inútil empezar a
desgranar el catálogo de maravillas que Pixar despliega en ambos
niveles de aventura. Baste decir que a pesar de que "Buscando
a Nemo" es la película más “Disney” de la factoría Pixar, aún
dista mucho de ser cursi o ñoña, y, lo que es más sorprendente,
no llega a ser previsible, pues aunque nadie dude del resultado
fi-nal de la aventura, es imposible anticiparse a la desmesurada
in-ventiva de los guionistas, que consiguen que cada viajero
que Marlin y Dori se crucan en el camino, cada escenario en el
que transcurre su im-posible aventura, cada plan ideado por los
ocupantes del acuario para es-capar a su destino y cada giro de
guión esté lleno de tanto ingenio y saber hacer que las
transiciones son fluidas, constantes y siempre, siempre,
en-tretenidas. Estamos hablando de cine superlativo, antológico.
Así, los guiños adultos de la historia (¡esos tiburones de
Devoradores de Peces Anóni-mos!), esos pasajes de pura aventura
(el des-censo a las profundidades marinas, bloquear el mecanismo
de limpieza del acuario, el viaje en la ballena y con las
tortugas), esos frag-mentos de pura belleza y tensión (la
maravi-llosa secuencia del bosque de medusas, un prodigio) y,
por encima de todo, la inagota-ble capacidad de crear sketchs
y gags brillantísimos que van desde el humor más infantil (las
persistentes gaviotas) al más puro desconcierto (Dori y Marlin
for-man una de las parejas más divertida-mente surrealistas del
género, un choque de sexos y personalidades opuestas tan
gozoso que da muchísimo de sí) crean una historia que sabe
beneficiarse del rico imaginario en el que se ambienta:
obsérvese la capacidad de sacar partido de ese acuario
conver-tido, como el arrecife, en lugar de aprendizaje del
pezqueñín Nemo o el bosque de minas y el ominoso submarino
hundido como tenebroso fondo del pasaje con los tiburones. Podrá
decirse de "Buscando a Nemo" que carece de la mordiente ironía
de alguna de las películas que le precedieron, pero aun con ese
reparo creo sinceramente que estamos ante una obra maestra del
género, una película que, francamente, apetece volver a ver una
y otra vez porque su capacidad de sorpresa y fascinación no se
agota en su primer visionado.
Finalmente, hacer mención a
dos elementos fundamentales para el atrac-tivo de esta película:
en primer lugar, la maravillosa banda sonora de
Thomas Newman, una clara
candidata a los Oscars®
gracias a su esen-cial adecuación a la historia y a su enorme
calidad y sensibilidad; y en se-gundo lugar, aunque a un nivel
más doméstico, el fantástico doblaje al cas-tellano, destacando
una excepcional Anabel Alonso
que clava el nada fá-cil y lleno de matices papel de Dori.
Calificación:
    
Imágenes de "Buscando a Nemo" - Copyright © 2003 Walt Disney
Pictures y Pixar Animation Studios. Distribuida en España por
Buena Vista International.Todos los derechos
reservados.
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