CRÍTICA
por
Mateo Sancho Cardiel
El desencanto generacional de los treinta parece el
género de moda en el cine español: la pérdida de la emoción, los
ideales devorados por el capita-lismo... Sin embargo, mientras
todas las muestras de este poco novedoso género gocen de tanta
solidez y brío como “La flaqueza del bolchevique” no me atreveré
a rechistar, sino que, más bien, apoyaré modestamente este tipo
de propuestas que apuestan por una buena historia y unos
personajes creíbles por encima de todo.
En su debut cinematográfico,
Manuel Martín Cuenca adapta
la novela de Lorenzo Silva “La flaqueza del bolchevique” y, sin
deshacerse de tan su-gerente título, ejecuta con una sobriedad,
una dimensión monolítica que moldea en su voluntaria languidez
un desesperado alegato contra la gene-ralizada postura
acomodaticia. Porque el gran protagonista de la cinta, en los
rasgos faciales de un fantástico –como siempre–
Luis Tosar, es el de-rrotismo global pero la pequeña,
muy pequeña victoria íntima.
Hay en todo el desarrollo de “La flaque-za del
bolchevique” un tono grisáceo, de frialdad marmórea con el que
su director ha renunciado a producir un apasionado encuentro con
el espectador, pero que, a la larga, consigue crear una mayor
trans-misión de la abulia y la decepción de la antaño luchadora
generación del prota-gonista. En su vida de proletario
reconvertido en ejecutivo, Pablo o Jaime o Javier, cualquie-ra
de los nombres que adopta su personaje, como cualquiera de sus
iguales en el mundo real, aún percibe el centelleo en su
espíritu crítico, de aquella resistencia a la resignación, y en
su última, trasnochada y medio cobarde oportunidad de recuperar
su esencia, su amor propio, el destino le llevará por los
cami-nos del drama con degradaciones hacia la tragedia. Sin
embargo, el reen-cuentro con la intensidad vital, aun al precio
de un balance demoledor y au-todestructivo, habrá merecido la
pena.
Pero, en lo que podría
haberse convertido en un filme de panfleto ideológico falseado,
encontramos que la gran habilidad del director ha sido mostrar
un pulso firme, de un mutismo tremendamente su-gerente, de
un erotismo colmado de sutilidad amarga y adulta, que es lo que
otorga a su película el toque de distinción que la convierte en
un pro-ducto altamente recomendable, aunque su visión pueda
resultar, con toda premeditación, algo incómoda, ligeramente
mórbida y definitivamente depri-mente. Volvemos a respirar el
desasosiego, el pesimismo, porque algo nos habla en “La flaqueza
del bolchevique” de que las cosas no pueden acabar muy bien. Son
malos tiempos para el amor y más para el heroísmo, y si existen,
como están bien presentes en el romance, otoñal para él y
adoles-cente para ella, entre Tosar y la prometedora y magnética
María Valver-de, están
condenados a la mala suerte, a la extinción.
Así, en su canto ahogado, “La
flaqueza del bolchevique” se embadurna de la confusión reinante
en la actualidad y se consolida como un inteligente filme que
reflexiona sobre nuestra sociedad, que ofrece mensajes muy poco
complacientes, que, en su abandono de la comercialidad, ha
ganado la licencia de eliminar toda efusividad del mapa
emocional y ha ce-dido el protagonismo a la balbuceante inercia
de un atasco en pleno centro de la ciudad.
Calificación:
    
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