CRÍTICA
por
Miguel Á. Refoyo
Los rayos de una esperanza
quebrada
Manuel Martin Cuenca se presenta
con una adaptación de Lorenzo Silva en la que destacan Luis
Tosar y el portentoso debut de la joven María Valver-de
Desde hacía tiempo, la
cinematografía espa-ñola demandaba una película que contuviera en
su fondo una aproximada y verdadera esencia del cine, con una
historia de vidas cotidianas, dejando que el arte se exprese en
sus conceptos más perentorios y simples, estructurados sobre una
idea naturalista de sólidos pilares, con un argumento
identifica-ble y cercano. Algo tan cotidiano como lo pueda ser un
silogismo existencial con el que todos y cada uno de los
espectadores se pu-diera sentir identificado. Franqueza,
delica-deza, profundidad e intrepidez son algu-nos de los
adjetivos que podrían concederse a este pequeño filme sin
pretensiones más allá que la de contar una hermosa fábula de
amor y amistad diseñada en diversas escalas narrativas y
sentimentales. La cinta del debutante
Manuel Martín Cuenca empieza siguiendo a Pablo, un
eje-cutivo de banca desilusionado, abatido vitalmente pese a
tener un empleo seguro y una vida acomodada. Tras un pequeño
accidente de coche en ple-na Cibeles con Sonsoles, una pija
madrileña, la vida del joven cambia cuando comienza a hacerle
llamadas anónimas. Un juego que parece diver-tirle hasta que, de
manera casual, conoce a María, la hermana de la mujer, una chica
de quince años que hará que su vida empiece a descubrir seña-les
evidentes de necesidad y afecto, de desubicación ante su
aburrida vida de yupie egoísta.
"La flaqueza del bolchevique"
plantea así una inteligente visualización de la novela homónima
de Lorenzo Silva narrando un
hermoso poema ro-mántico sobre el amor, la luz afectuosa que
experimenta un hombre ante una adolescente que no deja ver tras
de sí el prototípico modelo de ‘lolita’ al que ha acostumbrado
la literatura y el cine, sino que, según el autor de la novela,
es una extraña metáfora de la niña Olga, hija del zar Nicolás II
y su relación con el 'Mujik' que la ha de matar durante la
revolución rusa. Ma-nejando este tipo de metáfora soviética,
el cineasta y el literato hacen que la evolución emocional y
argumental que rodea el papel de Pa-blo solidifique el instante
de flaqueza del bolchevique en una in-mensa glorificación
emocional, en el verdadero sentido de la vida, aquél que
alienta a la chiquilla a mirar con interés y curiosidad el
estado anímico y gris de su nuevo camarada, mucho más mayor,
pero análogo en la nece-sidad de condescendencia y amistad
verdadera. "La flaqueza del Bolchevi-que" es un relato idealista
y grisáceo, nunca dramático, pero sí triste, muy triste, que
brinda la belleza de la imperfección de un primer trabajo que se
enaltece por la trascendencia de esa pequeña (en realidad
grandiosa) tra-gedia cotidiana fundamentada en la caída de las
ambiciones materiales a favor del sentimiento. Una entusiasta
historia que habla, en su fondo, del imprevisible azar, de la
providencia que extingue el destello de la esperan-za y lo
devuelve a su original crepúsculo. En definitiva, una amarga y
som-bría película que desglosa una de las más bellas historias de
amor del ac-tual cine español a través de los ojos de víctimas
carentes de deseos que encuentran su destino en la persona más
inesperada.
Historia moral de vidas
vendidas, de sueños malogrados y de ilusiones frustradas que son
la clave para que el debutante Martin Cuenca despliegue una
solvente capacidad para desa-rrollar un vigoroso ritmo ágil y
cadente, impregnado de pequeños detalles colma-dos de sencillez,
utilizados con perspica-cia para moverse con igual destreza en la
comedia, la intriga y el melodrama y que convergen en una cinta
difícil de ol-vidar. En este fluido retrato del
‘ganador/per-dedor’, antihéroe por excelencia, donde los
adinerados ejecutivos han perdido su vida a cambio de una
existencia gris y muy bien pagada, sin ilusión y renuncian-do a
todas y cada una de sus convicciones personales, renace la vida
con la riqueza expositiva de la historia de un flechazo, primero
visual, después emocional, con una joven adolescente que no es
otra cosa sino el propio reflejo de la juventud perdida. Una
historia con nínfula, sin concesiones a los más degenerados y
malentendedores de Nabokov, alusión a un roman-ticismo puro
desprovisto de un erotismo manifiesto, basado en el afecto y en
la lucidez emocional que envuelve todo el periplo argumental no
exento de cierto pesimismo. En esta saciedad de calidad y
filantropía cinemato-gráfica que dota a la película debut de
Martín Cuenca con todos los mejo-res calificativos que se le
puedan otorgar a un primer largometraje, hay una admirable obra
encubierta en la sencillez y simplicidad, pero también una
maravilla de complejas superficies narrativas que encuentran las
piezas bá-sicas para la identificación y la ponderación de "La
flaqueza del Bolchevi-que" en el talento de
Luis Tosar y la debutante
María Valverde.
Tosar, formidable y sencillo,
vuelve a demostrar que es uno de los actores más capacitados de
la última hornada de intérpretes nacionales subliman-do su
personaje con su profuso talento, a la altura de cualquier papel
de los muchos que han venido a darle la merecida fama ("Los
lunes al sol" o "Te
doy mis ojos"). María Valverde, por su parte, se ha
configurado con es-te portentoso papel de adolescente enamoradiza
como el descubrimiento actoral más esperanzador de los últimos
años de nuestro cine. Una actriz quinceañera que, gracias a un
prodigioso control interpretativo basado en la efectividad y la
naturalidad de réplica imposible, hace inolvidable su
presen-tación en la gran pantalla creando unas expectativas más
que alentadoras. Valverde es lo más satisfactorio en esta
película imborrable, llena de frescura y dotada de esas pequeñas
cualidades con las que las películas pasan a ser, al cabo de los
años, pequeñas obras maes-tras. Sobre todo, a modo personal.
Calificación:
    
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