CRÍTICA
por
Julio Rodríguez
Chico
Una generación perdida y
desencantada
Nuevo retrato de una sociedad
y de unos seres vacíos, de vuelta de la vi-da y de todo lo que
trae consigo la trepidación de un mundo enloquecido por el
hedonismo y el triunfo. Últimamente, son frecuentes estos
acerca-mientos del cine a la soledad, a la insatisfacción que el
bienestar econó-mico trae, al poso amargo que deja un amor sin
profundidad en los afectos.
El almeriense Manuel Martín Cuenca
ha tardado años en decidirse a dar el salto a la dirección, y lo
ha hecho cuando encontró el argumento que buscaba en la novela
homóni-ma de Lorenzo Silva,
aquí también guionis-ta. En ella encontró el humus necesario
para contar una historia de amor de un cínico eje-cutivo y una
solitaria adolescente. No se trata de una nueva versión de
Lolita, sino de una mirada al interior de dos personas que viven
perdidas o desorientadas por las calles de una gran ciudad,
Madrid, y cuyo afecto na-ciente comienza a redimirles y a
insuflarles un aliento por vivir. Pablo traba-ja en una empresa
bancaria, pero dejó de vivir a los veinte años, enterrado por un
mundillo del éxito en el que entró voluntariamente y que ahora
le re-pugna. María es una estudiante, niña pija de familia rica,
que vive desclasa-da y en soledad, sin conectar con sus
compañeras de clase. Ambos son inteligentes y sensibles, y
buscan un amor que llegue a la persona y no se quede en la
relación sexual pasajera. Por eso, Martín Cuenca sabe que de-be
permitir a la cámara y al espectador penetrar en sus almas
escépticas y necesitadas, mantener el amor que florece y dejarlo
en el umbral del des-lumbramiento y de la fascinación, y hasta
de cierto galanteo. La música lírica y llena de un sentido
nostálgico, y una espléndida interpreta-ción de la pareja
protagonista consiguen trasmitir esos sentimientos hondos y
llenos de humanidad. Luis Tosar
no hace más que confir-marse como un actor de amplio registro
interpretativo –aquí con un merito-rio papel llenos de
contención– y trasmitir con la mirada su hastío existen-cial.
María Valverde es una sorpresa
agradable, llena de frescura, hones-tidad e inocencia, valores
que arrastran a Pablo y también al espectador.
En la trama, ambos personajes unen sus destinos merced a la
hermana mayor de Ma-ría, incordiada anónimamente por Pablo tras
un accidente de tráfico en que ambos se tira-ron los trastos a
la cabeza. Pero por debajo de esa coyuntura, lo que de verdad
les ha unido es su vida en soledad, su necesidad de un trato
sincero y respetuoso, de afectos no lujuriosos, de humanidad: de
hecho, no se lle-gan ni a besar, y sólo necesitan hablar para
estar bien juntos. Con ello, el director criti-ca al mundo
contemporáneo y urbano, y lo hace por elevación, ofreciendo una
alternativa personal y positi-va. Lástima que dé un giro hacia
el fatalismo, con un desenlace al-go forzado, como queriendo
cerrar el círculo de una historia en que los personajes vuelven
a un punto peor que el del comienzo, sin lugar a la es-peranza
de una vida que se ha agotado en plena juventud.
Se nos presenta una película
de sentimientos y de miradas, como las de las hijas del zar
Nicolás II, ante cuya foto Pablo se queda pensativo en la
primera escena: como la suya, son vidas del pasado que miran con
frialdad al presente, sin alegría, con escepticismo y duda
acerca de que esto se vaya a arreglar. Película sentida y
comedida, cuidada en cada deta-lle, próxima al peatón urbano y
al tiempo presente en que vivimos. Pero el deje triste y
desesperanzado del final hace que haya que cuestio-narse la
profundidad de su visión existencial, al robar a sus personajes
la libertad para salir airosos del cenagal por el que transitan.
Calificación:
    
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