CRÍTICA por
Miguel Á. Refoyo
Una obra
maestra con sabor a Barroco
El debut de Peter Webber es un hermoso drama sustentado en una
pro-digiosa fotografía de Eduardo Serra que convierte el filme
en una obra de arte
Poco o nada se sabe de la obra y figura de Johannes Vermeer, una
de las figuras más importantes y definitorias del barroco
holan-dés. En su corta obra pictórica escasean pai-sajes,
escenas de calle y algunos retratos. Es en los pequeños momentos
cotidianos co-mo los interiores domésticos llenos de luz en los
que una o dos figuras están leyendo, es-cribiendo o realizando
alguna tarea domésti-ca, donde el pintor neerlandés destacó. Son
ésas obras de observación y ejecución riguro-sa de la vida
holandesa de la segunda mitad del siglo XVII, determinadas por
un sentido preciso del orden de las que extrajo Vermeer el
modelo de un magistral en-foque de la composición y la
representación en el espacio. En esta enig-mática e inusual
área, la autora Tracy Chevalier
trazó bajo la enigmática obra del pintor una hermosa historia de
pasión y concordia entre el autor y la sirvienta que sirvió de
modelo en el cuadro titulado "La joven de la perla", pieza
fundamental de la pintura barroca centroeuropea. Un ‘best
seller’ que basó su éxito en la reconstrucción de una época y de
una ficción de her-mosos tintes nostálgicos delimitados en la
relación del pintor y su musa.
Así, el debutante
Peter Webber, prestigioso
documentalista, lleva a imá-genes el libro de Chevalier para
develar el misterio que se esconde detrás de este cuadro de
Vermeer, narrando la triste historia de Griet, una chica de
pocos medios que se ve obligada a trabajar como criada en la
casa del gran maestro. Debido a su timidez, su sencillez, su
blanca piel y sus fron-dosos labios, el genial artista decide
retratarla en uno de los cuadros más famosos de todos los
tiempos. Poco a poco el embrujo y fascinación de Vermeer por la
joven provocan los celos de Catharina, su arpía mujer, y de Van
Ruijvens, el rico y desagradable patrono del subordinado
artista. Con esta premisa, la película expone milimétricamente
una cuidada recreación histórica, detallada en planos que
destilan una inspiración que va más allá de la excelencia de una
puesta en escena cargada de belleza, donde cada encuadre, dentro
de su planificación, está expuesto como representación pictórica
deudora del mejor Tiziano, Tintoretto, Rembrandt o Rubens.
Es extraño, sin embargo, reconocer al ver-dadero artífice de
la grandeza del filme en la figura del fotógrafo
Eduardo Serra, quien encumbra su
trabajo de forma tan solemne que acaba por eclipsar la fun-ción
de Webber como director. Así, Serra, siguiendo los
postulados artísticos de Steen, Potter o los hermanos Van
Ostade, obsequia al espectador con una película de frágil
sensi-bilidad, donde la puesta en escena simboliza un universo
pictórico de tonalidades y pers-pectivas sobre el fondo, hacia
planos medios y más allá en la distancia, llenos de efectos de
luz reflejados con sutileza, delicadeza y pureza de color. Un
cosmos de arte y luz que el cineasta aprovecha para contar la
historia a través de un mundo en el que las cosas no se dicen
pero se captan, como extraídas de la atmósfera doméstica
evocadora del estilo genérico de Pietr de Hooch, otro maestro de
la época. El impresionante trabajo de este portentoso director
de foto-grafía obtiene, con sus buscados fondos neutros,
verdaderos lienzos de perfección y técnica admirables, una
perspectiva cercana a la cámara os-cura del maestro holandés.
Una recreación histórica llena de interiores do-mésticos, donde
el silencio y la visualidad emocional descubren descrip-ciones
estéticas y ambientales de un período concreto, con una rotulada
exactitud que define y refuerza sus bellas imágenes con una
inigualable mirada a las diferencias sociales y religiosas de
entonces, reveladas en una vida rutinaria fragmentada en una
segmentación artística impuesta al pintor que dividía su
condición de artista a la libertad de sus propósitos y al
encargo del mecenas.
En cuanto al guión, la
adaptación de Olivia Hetreed no
formula una relectura del texto de Chevalier, sino que adapta la
novela con una sutileza definida por la suavidad de sus formas y
la intensidad de su contenido, sabiendo recoger y transmitir la
narración centrada en las propias imágenes, saliendo así muy
airosos Webber y Serra en la traslación de la época y el mundo
visual manifiesto en la obra del pintor. Y, aunque tanto la idea
de Chevalier como de la adaptación a la pantalla de la vida de
Wermeer sea una ficción de falsedad evidente, el descubrimiento
del enigma detrás de la pintura no deja de ser una romántica
historia de amor no consumado donde el más pequeño detalle o la
más sutil mirada pueden ser lo más importante en la vida sus
protagonistas.
Es el debut tras la
pantalla de Webber una sincera visión sobre la creación y el
artista, pero con una subvertida intención de acometer un viaje
a la silenciosa humanidad de sus personajes callados,
ob-servadores de todo aquello que les rodea y que viven su vida
con una in-quietud basada en la emoción creativa. En este
terreno de quietud, donde el ritmo es pausado y sigiloso, cabe
destacar los instantes de pasión re-servada entre creador y
musa, desglosando su mejor secuencia en aquella en la que él
perfora el lóbulo de la oreja de la joven para colocarle la
perla (señal erótica de una alegórica desfloración) o cuando
Griet deja ver su lar-ga cabellera, símbolo personal de su
desconfianza ante las clases superio-res. Elementos que resultan
vitales para que el espectador sea testigo de la fascinante
transformación de la joven musa (de sirviente a aprendiz) y de
la metamorfosis del estudio de Vermeer, pasando de una gradación
oscura y tenebrista a un entorno bañado por la luz y el color.
"La joven de la perla" supone un gratificante encontronazo con
la maestría, con la modes-ta perfección de unos designios
artísticos difí-ciles de apreciar en el cine contemporáneo. La
película, coproducida por Reino Unido y Luxemburgo, contiene en
su lienzo visual una de las más portentosas puestas en escena de
la mano de un Ben van Os que
cuida con escrupulosidad cada detalle, con pulcritud exigente y
elegante. Virtud que unida a la pe-ricia fotográfica de Serra
inciden en la fideli-dad a las tonalidades y matices que amparan
una ambientación prodigiosa. Pero si algo es destacable en esta
preciosa mirada al mundo del arte pictórico además de la
fotografía de Eduardo Serra es la extraordinaria
interpretación de la joven y autén-tica revelación de este año
Scarlett Johansson, un prodigio que
su-blima su talento con una emocionante galería de miradas
comedi-das, de poderosos mutismos adaptados a un inmenso
personaje que la actriz sabe moldear con una actuación
descomunal, inalcanzable, de lo mejor que se va a ver este año y
que, junto a su notable participación en "Lost
in translation", convierte a esta joven actriz en la
esperanza de gloria actoral tan esperada por el apático
Hollywood.
Esta película es un poema al
entorno artístico, una dulce joya imperece-dera en la memoria
cinematográfica de una sutileza remarcada por su es-pectacular
forma y el vigor de su fondo. Un drama pausado en el que el
es-pectador más dotado para el arte encontrará uno de esos
extraños hallaz-gos irrepetibles, inesperados, nutridos de una
magia especial que se mani-fiestan como perentorias y solemnes
obras maestras, como un hermoso y lento paseo por una galería de
arte. Una cinta que a pesar de su precio-sismo dramáticamente
perfecto y una historia aparentemente opa-ca, es una de las
películas más deslumbrantes y artísticas que se han visto en
muchos años.
Calificación:
    
Imágenes de "La joven de la perla" - Copyright © 2003
Pathé Pictures, UK Film Council, Archer
Street Productions, Delux Productions, Inside Track y Film Fund
Luxembourg. Distribuida en España por Vértigo Films. Todos los derechos
reservados.
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