CRÍTICA por
Manuel Márquez
Mal asunto, en principio, el
de que una reseña crítica haya de centrarse más en los aspectos
extracinematográficos que rodean a un film, que en los puramente
artísticos; pero, así como toda regla tiene su excepción,
también hay supuestos en que la circunstancia antes apuntada
pueda es-tar, más o menos, justificada: posiblemente, éste sea
uno de ellos, y con el mayor de los fundamentos, habida cuenta
que el tan traído y llevado do-cumental de
Julio Medem, objeto de tan
vivas y encendidas polémicas, se trata, más que de una película
con trasfondo o mensaje político (y recu-pero aquí una
terminología que pudiera parecer ya trasnochada, tal es el
desuso e inhabitualidad que la aquejan), de una película que
constituye, en sí misma, un mensaje político, cuyo contenido es
la muy particular y per-sonal (por más cercana que la misma
pueda parecer a la de determinadas fuerzas políticas) visión del
autor sobre el tema en que se centra, el del conflicto vasco.
Mensaje político que Medem articula y lanza bajo dos
premisas, o pretensiones, básicas: exhaustividad y equilibrio.
La ex-haustividad procura garantizarla acumulando una cantidad
ingente de material rodado (has-ta ciento cincuenta horas de
metraje, según propias declaraciones del director), en la que
hay cabida, más allá de las consabidas au-sencias (más
reprochables a los ausentes, en tanto en cuanto a su pura
voluntad obede-cen, que al propio Medem, que bien se ha cansado
de lamentarlas por doquier), para un amplísimo espectro de
posturas, posiciones, opiniones y pareceres, amén de para dar
re-flejo a las más diversas situaciones y episodios: todo un
cúmulo de testi-monios gráficos y sonoros para construir su
tesis argumental. En cuanto al equilibrio, es una cuestión que
se encomienda a la distribución de tiempos y presencias, y a una
voluntad explícita de reflejar las mil y una caras (des-conozco
qué nombre corresponde al poliedro capaz de recogerlas en su
in-tegridad...) que fenómeno tan complejo y multifacético, a la
par que trágico y ominoso, presenta en su devenir.
¿Hasta qué punto el resultado
final alcanza las pretensiones anunciadas? Pues, a fuerza de ser
sinceros, hasta un punto no muy lejano: a Medem le pueden sus
visiones previas, sus prejuicios, y todo el documental se ve
marcado por un sesgo, rayano –en algún caso puntual– en la pura
y dura manipulación, del que no puede desprenderse por más bien
intencionados que puedan ser los intentos en contrario, y
que se pone de manifiesto en numerosos detalles, quizá
demasiados: posible-mente, el más palpable y evidente, y
respecto al cual ya hacía un apunte en el párrafo anterior, es
el de la distribución de tiempos y presencias, cla-ramente
“escorado” hacia aquellos testimonios más en línea con las
con-vicciones del autor. Pero hay más, los cuales, no por más
sutiles, resultan menos contundentes: el esfuerzo por presentar
un perfil afable y amable, li-mado de cualquier arista agresiva,
de los personajes más controvertidos, en un intento claro de que
resulten, si no simpáticos, sí al menos “pota-bles”; la
incidencia (y reincidencia) en dar respecto a algunos temas un
en-foque unívoco, sin pie a contrapuntos (es el caso de las
torturas, por poner un ejemplo significativo); o algunas
pinceladas muy significativas (las imá-genes en que aparece
Rodríguez Galindo, por
ejemplo), donde si hay al-go que brilla por su ausencia es el
más mínimo atisbo de lo que pudiéra-mos considerar como fina
ironía.
¿Y es eso legítimo, o no? Pues, francamen-te, creo que sí: el
artista no tiene obliga-ción alguna de dejar traslucir en la
obra que crea sus convicciones, visiones, ide-as y teorías
acerca del mundo, sus cuitas y avatares, su esencia y sus
circunstan-cias; pero sí que está en su perfecto de-recho de
hacerlo, si ésa es su voluntad. Y ésa es la voluntad de
Medem, y poco hay que reprocharle al respecto. Por lo demás,
tampo-co creo que nadie pueda situarse en perspec-tiva alguna de
superioridad moral respecto al autor, por lo que a
“contaminación ideológica” se refiere: habría que ser muy
ignorante –o, peor aún si cabe, muy cínico– para pensar que
cualquiera que vaya a ver la película (salvo un hipotético, y
altamente improbable, espectador de Burun-di o de la Patagonia,
totalmente ignorante de la existencia y circunstancias del tema
tratado) pueda plantar sobre ella una mirada limpia y honesta,
carente de sesgos, prejuicios, intencionalidades y
manipulaciones basados en las mil y una informaciones que ya
hemos recibido, a lo largo de tanto y tanto tiempo (mucho ha
llovido, por desgracia, sin que este dislate tenga visos de
arreglo...), sin que, en muchos casos, hayamos tenido ocasión
si-quiera de asimilarlas mínimamente (no es lo mismo tragar que
digerir, claro está). Y, puestos en esta tesitura, es muy
probable que vayamos al cine más buscando, con un punto
torticerillo, hasta dónde llega nuestro grado de coincidencia o
discrepancia con las tesis de Medem que pretendiendo alcanzar un
conocimiento puro de la realidad retratada (que es algo que,
insisto, este documental no nos ofrece, y es la perspectiva
desde la cual lo podríamos considerar como un experimento
fallido: lo que no puede ser, no puede ser, y, además, es
imposible...).
Por lo demás, tampoco estaría
mal hablar algo de cine. Hablemos. Por-que Medem no expone su
argumentario a través de un manifiesto, una no-vela o una ópera,
sino que lo hace a través de sonido e imagen en movi-miento:
ergo, cine. Y, como se trata de un cineasta estimable, lo hace
bastante bien, con una utilización del lenguaje
cinematográfico espe-cialmente adecuado para la estructura
narrativa con la que se ma-neja, y consiguiendo superar un reto
nada sencillo: hacer que no desfallezca, en ritmo e interés, un
documental de testimonios orales que alcanza, prácticamente, las
dos horas de duración. ¿Cómo lo consigue? Gracias a un
montaje audaz, en el que los testimonios se van desgranando casi
de corrido, sin pausas ni interferencias orales, con lo cual se
gana en agilidad lo que se pierde –posiblemente– en naturalidad;
gracias a un encadenado de dichos testimonios en el que juegan
un papel fundamental los interludios, ocupados bien por imágenes
de una gran po-tencia visual (ya sean las “fijas”, las del juego
de pelota –utilizadas a modo de cesuras ortográficas–, o las de
esos imponentes escenarios naturales, que también le sirven al
autor para ubicar a los intervinientes –un detalle de
ambientación magnífico–) o de un interés histórico y documental
más que evidente; y gracias a una banda sonora cuya imbricación
con la imagen se hace casi mágica (el poder telúrico y mistérico
de las partituras de Mikel Laboa
y Pascal Gaigne dan un
refuerzo al material visual que no cabe calificar más que de
impresionante). En suma, todo un despliegue, tan há-bil como
bien dosificado, de recursos técnicos que, en las manos de un
buen director (y Medem lo es), nos ofrecen como resultado una
película que se digiere sin dificultad alguna y sin que en
ningún momento se llegue a generar sensación de empacho o
aturdimiento (riesgos palpables, y a la vuelta de cada
fotograma, dadas las circunstancias).
Ríos y ríos de tinta se han vertido sobre este film (y, lo que
es más triste, en muchos ca-sos por parte de personas que no
sólo no han llegado a ver la película sino que, lo que es más
grave, presumen de que no irán a verla bajo ningún concepto:
tremenda conjunción de “conocimiento de causa” y “amplitud de
miras”...), y los que aún quedan por caer: es inevitable, dada
la visceralidad y la radicalidad en las tomas de postura que su
tema de fon-do suele suscitar entre sectores amplísimos de su
público objetivo; tan inevitable como el hecho de que se hable
más de sus “lecturas” que de sus “escrituras”, porque así lo
impo-nen las circunstancias sociales y políticas. Éstos que aquí
ven la luz no pretenden ser sino una reseña, un apunte de
referencia, y no pretenden avi-var ni apagar fuego alguno, nada
más lejos de su pretensión. Y si a alguien puede molestar algún
comentario específico, alguna nota concreta, quede aquí
reflejada mi disculpa por anticipado. Se impone mesura y calma,
y, por encima de todo, un deseo: ojalá algún día –y, cuanto más
cercano, mejor–, podamos hablar de "La pelota vasca, la piel
contra la piedra" como de ese hermoso documental que hablaba de
un viejo y ya extinto conflicto que, durante muchos años, asoló
a un hermoso país. Ojalá...
Calificación:
    
Imágenes de "La pelota vasca, la piel contra la piedra" - Copyright ©
2003 Alicia Produce. Distribuida en España por Golem. Todos los derechos
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