● Cobertura de la 51ª edición del Festival de San Sebastián  ●
                                                         18 - 27 Septiembre 2003

     

LE DIVORCE


Dirección: James Ivory.
Países:
USA y Francia.
Año: 2003.
Duración: 115 min.
Interpretación: Kate Hudson (Isabel Walker), Naomi Watts (Roxeanne de Persand), Leslie Caron (Suzanne de Persand), Stockard Channing (Margeeve Walker), Glenn Close (Olivia Pace), Stephen Fry (Piers Janely), Thierry Lhermitte (Edgar Cosset), Matthew Modine (Tellman), Bebe Neuwirth (Julia Manchevering), Melvil Poupaud (Charles-Henri de Persand), Sam Waterston (Chester Walker), Jean-Marc Barr (Maître Bertram).
Guión: James Ivory y Ruth Prawer Jhabvala; basado en la novela de Diane Johnson.
Producción: Ismail Merchant y Michael Schiffer.
Música: Richard Robbins.
Fotografía:
Pierre Lhomme.
Montaje: John David Allen.
Diseño de producción: Jacques Bufnoir y Frédéric Bénard.
Vestuario: Annie Périer y Carol Ramsey.
Estreno en USA: 29 Agosto 2003.
Estreno en España: 26 Septiembre 2003.

CRÍTICA por David Garrido

Ivory explota los tópicos en un cóctel de géneros

  Es un hecho bien conocido la irresistible fascinación que para el nortea-mericano medio ejerce todo aquello que puede relacionar con Francia, país con el que mantiene una curiosa relación histórica de amor/odio cuyos úl-timos episodios los hemos vivido a raíz de sus desavenencias con la Gue-rra de Irak. Aun así, Francia permanece en el imaginario colectivo estadou-nidense como la principal seña de identidad de Europa y el cine ha contri-buido no poco a perpetuar esta situación.

  James Ivory, realizador norteamericano del que muchos han dicho no sin cierta dosis de sorna que le hubiera encantado ser inglés a la vista de la mayor parte de su filmografía, ha decidido cambiar de registro en esta oca-sión y ambientar esta película en el París de hoy en día, donde un par de hermanas americanas viven de pleno el inevitable choque entre dos cultu-ras destinadas a no entenderse, si es que hacemos caso de la propuesta de su realizador. "Le Divorce" es una película extraña y decididamente fallida, por cuanto ni acaba de situarse en un género determinado ni termina por entenderse bien el alcance de sus objetivos.

  Aparentemente, estamos ante una sofistica-da comedia que coge sus códigos de cierta manera de entender el género propia del país en el que está situada la acción. Sin embar-go, el material que Ivory y sus guionistas ma-nejan parece mucho más apropiado para un drama, pues las aventuras amorosas de la hermana joven –una estupenda Kate Hudson dispuesta a aprovechar a fondo las posibilida-des de libertad que le permiten el encontrarse en una ciudad en la que el amor parece respi-rarse detrás de cada esquina– llevan a una inevitable insatisfacción; mientras que la desesperada situación de su her-mana mayor (la no menos estupenda Naomi Watts), una poetisa embara-zada que ha sido cruelmente abandonada por su caprichoso marido fran-cés sin ningún tipo de explicaciones, no tiene la más mínima gracia. Por el contrario, es un asunto bastante feo y desagradable.

  Sobre estos dos ejes argumentales gira toda la película, que rodea a las dos protagonistas de un a priori excelente reparto en el que se incluyen los componentes de las dos familias, destinados a enfrentarse por la posesión de un cuadro especialmente valioso en una trama absolutamente prescindi-ble que, inexplicablemente, ocupa el primer plano del escenario en varias partes de la película; un marido cornudo y psicópata interpretado por Mat-thew Modine que nadie sabe muy bien qué pinta por allí; la jefa de Kate Hudson, una correcta Glenn Close que representa la americana que ha vivido en París todo por lo que aquella empieza ahora a pasar y está de vuelta de todo; un sofisticado y elegante político maduro, Thierry Lhermi-tte, perverso soltero que encandila a la incauta Hudson con regalitos de lu-jo; y hasta un educado abogado matrimonialista, Jean-Marc Barr, que ayudará a Naomi Watts en su trance.

  Con estos mimbres, que en manos de un Robert Altman cualquiera hubieran dado lugar a una más que ácida visión de las difíciles re-laciones entre dos formas de ver el mundo tan opuestas como la americana y la francesa (incluso en la fallida "Pret-a-Porter" se apun-taba mejor que aquí), Ivory se limita a desgra-nar una serie de tópicos a cuál más delezna-ble, enfrentando de forma constante la inge-nua forma americana de ver la vida, con su amor franco y directo, sus relaciones sociales desprovistas de toda sutilidad y, en fin, la ju-ventud transgresora con el engolamiento rancio que uno supone a la alta aristocracia francesa, con sus reglas no escritas de comportamiento y eti-queta, su indudable buen gusto y su manera tan elegante de eludir las res-ponsabilidades del amor, tan lleno de sobreentendidos y cosas que no se expresan, pero que en el fondo no son sino la expresión de una sutil perver-sidad nada recomendable que corrompe la inocencia.

  En este esperpento, Ivory toma claramente partido y, pese a que deja que su arrebatamiento por la belleza de lo superficial permita a su equipo recrear un París idílico y unas casas decoradas con un gusto exquisito, no deja títere con cabeza en la parte francesa del reparto: si exceptuamos al abogado que encarna Barr, no hay un solo per-sonaje minimamente positivo, desde esa matriarca manipuladora que rige ferreamente los destinos de la familia (una recuperada Leslie Caron en un guiño nada casual) hasta ese artista veleidoso que es su hijo, que abando-na de forma inexplicable a Naomi Watts y a su hija para cambiarla por una estrafalaria patinadora que dice cosas incomprensibles, algo imposible de entender para cualquier espectador; pasando, como no, por ese summun de las virtudes y los defectos de lo francés que es el característico perso-naje de Lhermite. Mientras que, por otro lado, la mirada de Ivory es más que benévola (salvando alguna que otra excepción) con los americanos de la función, tanto las dos hermanas como sus mucho más naturales padres, la comprensiva pareja formada por Stockard Channing y Sam Waters-ton.

 La película se deja ver (siendo muy be-nevolentes) por el buen hacer del repar-to, destacando sobre todo la frescura de Hudson y la conmovedora ternura que inspira Naomi Watts, pero pone clara-mente de manifiesto los enormes proble-mas que Ivory tiene para salir de su me-dio natural: su estilo envarado y su gusto por la estilización provocan una considerable parálisis en el ritmo de la obra, que no consi-gue encontrarse a gusto en ningún momento. La continua necesidad de mostrar la supues-ta sofisticación de todo lo francés lleva, para-dójicamente, a que Ivory lo haga de una forma nada sutil (esos planos de la nouvelle cuisine, esa explicación de las formas de llevar un pañuelo, ese bolso Kelly omnipresente...) y consiga cierta sensación de hartazgo en un espectador que se cansa de tanto detalle chic. Sólo una cosa funciona bien en ese sentido: la evolución del personaje de Kate Hudson, que se expresa más en sus cambios de vestuario y de peinado según transcurre su estancia en París que en su forma de hablar o comportarse. Una buena idea que flota como una isla en un océano de momentos huecos.

  Tal vez eso sea producto de la tendencia al enredo de géneros que propo-ne una película en la que se entremezclan torpemente la comedia, el costumbrismo y hasta algo de suspense con la historia del valioso cuadro, con un absurdo giro final tan burdo como el resto de la obra que resuelve de un plumazo una situación sin aparente salida. Des-de luego, si James Ivory quiere reinventarse a estas alturas, va a tener que explorar otros caminos, porque, si nos atenemos a lo visto en esta prescin-dible "Le Divorce", no está llamado por los caminos de la comedia sofisti-cada o costumbrista... o lo que sea que él entiende por eso, vaya.

Calificación:


Imágenes de "Le divorce" - Copyright © 2003 Fox Searchlight Pictures, Merchant-Ivory Productions y Radar Pictures. Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos reservados.

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