CRÍTICA por
David Garrido
Ivory
explota los tópicos en un cóctel de géneros
Es un hecho bien conocido la irresistible fascinación que para
el nortea-mericano medio ejerce todo aquello que puede
relacionar con Francia, país con el que mantiene una curiosa
relación histórica de amor/odio cuyos úl-timos episodios los
hemos vivido a raíz de sus desavenencias con la Gue-rra de Irak.
Aun así, Francia permanece en el imaginario colectivo
estadou-nidense como la principal seña de identidad de Europa y
el cine ha contri-buido no poco a perpetuar esta situación.
James Ivory, realizador norteamericano del que muchos
han dicho no sin cierta dosis de sorna que le hubiera encantado
ser inglés a la vista de la mayor parte de su filmografía, ha
decidido cambiar de registro en esta oca-sión y ambientar esta
película en el París de hoy en día, donde un par de hermanas
americanas viven de pleno el inevitable choque entre dos
cultu-ras destinadas a no entenderse, si es que hacemos caso de
la propuesta de su realizador. "Le Divorce" es una película
extraña y decididamente fallida, por cuanto ni acaba de situarse
en un género determinado ni termina por entenderse bien el
alcance de sus objetivos.
Aparentemente, estamos ante una sofistica-da comedia que coge
sus códigos de cierta manera de entender el género propia del
país en el que está situada la acción. Sin embar-go, el material
que Ivory y sus guionistas ma-nejan parece mucho más apropiado
para un drama, pues las aventuras amorosas de la hermana joven
–una estupenda Kate Hudson
dispuesta a aprovechar a fondo las posibilida-des de libertad
que le permiten el encontrarse en una ciudad en la que el amor
parece respi-rarse detrás de cada esquina– llevan a una
inevitable insatisfacción; mientras que la desesperada situación
de su her-mana mayor (la no menos estupenda
Naomi Watts), una poetisa
embara-zada que ha sido cruelmente abandonada por su caprichoso
marido fran-cés sin ningún tipo de explicaciones, no tiene la
más mínima gracia. Por el contrario, es un asunto bastante feo y
desagradable.
Sobre estos dos ejes
argumentales gira toda la película, que rodea a las dos
protagonistas de un a priori excelente reparto en el que se
incluyen los componentes de las dos familias, destinados a
enfrentarse por la posesión de un cuadro especialmente valioso
en una trama absolutamente prescindi-ble que, inexplicablemente,
ocupa el primer plano del escenario en varias partes de la
película; un marido cornudo y psicópata interpretado por
Mat-thew Modine que nadie sabe
muy bien qué pinta por allí; la jefa de Kate Hudson, una
correcta Glenn Close que
representa la americana que ha vivido en París todo por lo que
aquella empieza ahora a pasar y está de vuelta de todo; un
sofisticado y elegante político maduro,
Thierry Lhermi-tte, perverso
soltero que encandila a la incauta Hudson con regalitos de
lu-jo; y hasta un educado abogado matrimonialista,
Jean-Marc Barr, que ayudará a
Naomi Watts en su trance.
Con estos mimbres, que en manos de un Robert Altman cualquiera
hubieran dado lugar a una más que ácida visión de las difíciles
re-laciones entre dos formas de ver el mundo tan opuestas como
la americana y la francesa (incluso en la fallida
"Pret-a-Porter" se apun-taba mejor que aquí), Ivory se limita a
desgra-nar una serie de tópicos a cuál más delezna-ble,
enfrentando de forma constante la inge-nua forma americana de
ver la vida, con su amor franco y directo, sus relaciones
sociales desprovistas de toda sutilidad y, en fin, la ju-ventud
transgresora con el engolamiento rancio que uno supone a la alta
aristocracia francesa, con sus reglas no escritas de
comportamiento y eti-queta, su indudable buen gusto y su manera
tan elegante de eludir las res-ponsabilidades del amor, tan
lleno de sobreentendidos y cosas que no se expresan, pero que en
el fondo no son sino la expresión de una sutil perver-sidad nada
recomendable que corrompe la inocencia.
En este esperpento, Ivory
toma claramente partido y, pese a que deja que su arrebatamiento
por la belleza de lo superficial permita a su equipo recrear un
París idílico y unas casas decoradas con un gusto exquisito, no
deja títere con cabeza en la parte francesa del reparto: si
exceptuamos al abogado que encarna Barr, no hay un solo
per-sonaje minimamente positivo, desde esa matriarca
manipuladora que rige ferreamente los destinos de la familia
(una recuperada Leslie Caron
en un guiño nada casual) hasta ese artista veleidoso que es su
hijo, que abando-na de forma inexplicable a Naomi Watts y a su
hija para cambiarla por una estrafalaria patinadora que dice
cosas incomprensibles, algo imposible de entender para cualquier
espectador; pasando, como no, por ese summun de las
virtudes y los defectos de lo francés que es el característico
perso-naje de Lhermite. Mientras que, por otro lado, la mirada
de Ivory es más que benévola (salvando alguna que otra
excepción) con los americanos de la función, tanto las dos
hermanas como sus mucho más naturales padres, la comprensiva
pareja formada por Stockard Channing
y Sam Waters-ton.
La película se deja ver (siendo muy be-nevolentes) por
el buen hacer del repar-to, destacando sobre todo la frescura de
Hudson y la conmovedora ternura que inspira Naomi Watts, pero
pone clara-mente de manifiesto los enormes proble-mas que Ivory
tiene para salir de su me-dio natural: su estilo envarado y
su gusto por la estilización provocan una considerable parálisis
en el ritmo de la obra, que no consi-gue encontrarse a gusto en
ningún momento. La continua necesidad de mostrar la supues-ta
sofisticación de todo lo francés lleva, para-dójicamente, a que
Ivory lo haga de una forma nada sutil (esos planos de la
nouvelle cuisine, esa explicación de las formas de llevar un
pañuelo, ese bolso Kelly omnipresente...) y consiga cierta
sensación de hartazgo en un espectador que se cansa de tanto
detalle chic. Sólo una cosa funciona bien en ese sentido:
la evolución del personaje de Kate Hudson, que se expresa más en
sus cambios de vestuario y de peinado según transcurre su
estancia en París que en su forma de hablar o comportarse. Una
buena idea que flota como una isla en un océano de momentos
huecos.
Tal vez eso sea producto de
la tendencia al enredo de géneros que propo-ne una película
en la que se entremezclan torpemente la comedia, el costumbrismo
y hasta algo de suspense con la historia del valioso cuadro, con
un absurdo giro final tan burdo como el resto de la obra que
resuelve de un plumazo una situación sin aparente salida.
Des-de luego, si James Ivory quiere reinventarse a estas
alturas, va a tener que explorar otros caminos, porque, si nos
atenemos a lo visto en esta prescin-dible "Le Divorce", no está
llamado por los caminos de la comedia sofisti-cada o
costumbrista... o lo que sea que él entiende por eso, vaya.
Calificación:
    
Imágenes de "Le divorce" - Copyright © 2003 Fox Searchlight
Pictures, Merchant-Ivory Productions y Radar Pictures.
Distribuida en España por Hispano Foxfilm. Todos los derechos
reservados.
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