CRÍTICA
por
Mateo Sancho Cardiel
Cuando parecía que el western
ya sólo tenía cabida en el panorama cine-matográfico actual a
través de un prisma desencantado y crepuscular, el denostado
Kevin Costner, como cuerpo y alma de “Open Range”, ha opta-do por
recuperar los esquemas más clásicos de las películas de John
Ford o Anthony Mann y, sin una mínima señal de actualización,
tan sólo quitar-les el polvo para el homenaje más sentido e
íntimo que se ha hecho al gé-nero en mucho tiempo.
Aunque la figura de Costner
es hoy en día símbolo de declive y de plúmbeos productos, en su
nuevo y arriesgado (por anacrónico) tra-bajo, se intuye la
sensibilidad y la sutileza de “Bailando con lobos” pero en un
desarrollo mucho más esquemático y menos ambicioso de la
narración, con unos resultados, aunque inferiores, mucho más
sostenidos, nostálgi-cos y, en el fondo, también más cercanos. Y
es que Costner consigue destapar el frasco de la pequeña épica,
de la hazaña humana y sentimental que, aun rebajada por cierta
cursilería, por esa ya clásica mira-da de falsa profundidad que
caracteriza al actor y por un ritmo fílmico que no siempre
funciona, nos ofrece una cinta que, en su canto al clasicismo,
no resulta nada forzada, nada desdeñable.
La gran sorpresa de “Open
Range” es cómo funciona a pesar de su desnudez, de su abierta
voluntad de narrarnos un suceso sin de-masiada trascendencia, sin
adornos ni golpes de efecto, sino engran-deciéndola al centrar la
atención en unos personajes principales, sacándo-les en sus
rasgos más caricaturescos la belleza de la autenticidad. Así
so-brevive, aunque sin brillantez, sí con dignidad el relato,
casi cuento morali-zante que Costner diseña y ambienta entre las
coordenadas marcadas por las excelencias del western, con
forasteros en un poblado hostil, sheriff co-rrupto y caciques
regentes del saloon inclusive. Porque entre tanto lugar común
del género, desarrolla con un curioso punto de encuentro entre
la sensiblería y la emoción certera, la relación de su personaje
con el de un espléndido Robert Duvall. Ellos consiguen hablar
del sentido de la vida entre disparos sin que nos llevemos las
manos a la cabeza, como también rezuma legitimidad el
romanticismo tardío que surge en la inevitable pero dúctilmente
resuelta historia de amor con la siempre estupenda
Annette
Bening.
Kevin Costner, de esta
manera, se mue-ve continuamente entre aciertos y tópi-cos, entre
muestras de sincera admira-ción a los precedentes y la traslación
des-fasada, pero retoma con éxito los atisbos de talento que le
convirtieron en una de las grandes estrellas de los noventa.
Por-que hay algo en “Open Range” de introspec-ción y de modestia,
de vuelta naturalista a sus orígenes, de bálsamo para una
sociedad en la que, quizá algún día, existió la firmeza de unos
ideales válidos, de una condescen-dencia hacia el enemigo, de un
amor a la sencillez. Y así, en su marcado bucolismo, su
tradicionalismo y su cotidianidad, es un western sosegado más
que firme, humano más que espectacular. No es una película en
ab-soluto imprescindible, pero menos aún vacía, puesto que
esconde en su mansedumbre y en su coherencia formal cine del
verdadero.
Calificación:
    
Imágenes de "Open
range" - Copyright © 2003 Cobalt Media Group, Touchstone
Pictures y TIG. Distribuida en España por Filmax. Todos
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