● Cobertura de la 51ª edición del Festival de San Sebastián  ●
                                                         18 - 27 Septiembre 2003

     

SOÑADORES
(The dreamers)


 

Dirección: Bernardo Bertolucci.
Países:
Reino Unido, Francia e Italia.
Año: 2003.
Duración: 120 min.
Interpretación: Michael Pitt (Matthew), Eva Green (Isabelle), Louis Garrel (Theo), Robin Renucci (Padre), Anna Chancellor (Madre), Florian Cadiou (Patrick).
Guión: Gilbert Adair; basado en su novela "The holy innocents".
Producción: Jeremy Thomas.
Fotografía: Fabio Cianchetti.
Montaje: Jacopo Quadri.
Dirección artística: Jean Rabasse.
Vestuario: Louise Stjernsward.
Estreno en España: 17 Octubre 2003.

CÓMO SE HIZO "SOÑADORES"
Notas de producción
© 2003 Lauren Films

3. Los cinéfilos

  Tanto para Bernardo Bertolucci como para Gilbert Adair, París siempre estará inextricablemente ligado a su amor por el cine; en ambos casos, esa pasión se alimentaba de la Cinémathèque. «Aparecí en París cuando finalicé el bachillerato; tenía 18 años» —informa Bertolucci—. «Mis padres me dieron algo de dinero y viajé allí con mi primo, de la misma edad; descubrí un lugar que se llamaba La Cinémathèque Française, acerca de la cual ya había leído.» Esto ocurría en plena eclosión del cine de la Nouvelle Vague, cuando filmes como LES QUATRE-CENT COUPS (LOS CUATROCIENTOS GOLPES, 1959), de François Truffaut, o A BOUT DE SOUFFLE (AL FINAL DE LA ESCAPADA, 1959), de Jean-Luc Godard estaban revolucionando el mundo del cine con su energía cinética, ambición intelectual, y discurso político. Los cineastas de la Nouvelle Vague habían nacido y se habían criado en la Cinémathèque, de la mano de su fundador evangelista Henri Langlois.

  «La Cinémathèque Française no era un museo cualquiera» —dice Adair—, «debido sencillamente a la política de Langlois. Mostraba todo cuanto estaba en sus manos; se negaba a tener las películas en los sótanos. No importaba que fuera un material único o frágil: lo mostraba igualmente, inspirando a toda una generación de jóvenes que se convirtieron en unos auténticos cinéfilos apasionados, más tarde apasionados críticos cinematográficos, y los mejores acabaron por devenir directores cinematográficos. Así que fue en este lugar que Jean-Luc Godard, Jacques Rivette, Claude Chabrol y Alain Resnais aprendieron el oficio, sólo con ver todo un enorme amasijo de películas.» Bertolucci coincide plenamente: «Un extranjero se desplaza a París y se queda prendado de la Cinémathèque» —explica—, «y, en consecuencia, del mismísimo cine. Todos los que asistíamos a aquel local lo considerábamos nada menos que una catedral.»

  Algún tiempo después que lo hiciera Bertolucci, Adair llegó a París; sus años de Cinémathèque coincidieron con el malestar que generó el despido de Langlois. «Aquello era increíble» —nos dice—. «Por un lado, estaban todos aquellos fanáticos cinéfilos sosteniendo carteles que decían ‘Films pas flics’ (Queremos películas y no bofia), y por otro, súbitamente, aparecían todos aquellos robots, esos tipos con todo su equipo de antidisturbios y porras cargando contra los primeros. No fui el único a quien la policía persiguió; Francois Truffaut recibió un buen golpe en la cabeza, Jean-Luc Godard fue empujado brutalmente, y la esposa del director Yves Boisset acabó en el hospital. Era escandaloso, pero generó titulares, y la presencia de viejas glorias como Jean Marais, protagonista de las películas de Cocteau, o de Jean Renoir, quien ya se hallaba en la setentena, dio a todo aquello un impacto mucho más amplio.»

  El mundo del cine y de sus seguidores añade una capa más a una historia que ya está llegando muy hondo en su horadación del mundo de la imagen y de la identidad. «Pienso que THE DREAMERS es una película sobre tres utopías» —continúa Adair—. «Primero, está la utopía política, cuando realmente se está convencido de que las cosas están a punto de cambiar. Pero también está la utopía cinematográfica. Estamos hablando acerca de una época en la que la gente sentía tanta pasión por las películas como hoy en día la sienten por los equipos de fútbol. Aunque no puede decirse que hubiera algo parecido al hooliganismo futbolístico, había peleas: la gente se discutía y podían hacerse desagradables. Ahora, con el video y el DVD, se puede ver todo, y aquella pasión ya no tiene sentido. Por ejemplo, si uno se perdía un film de Nicholas Ray en la Cinémathèque, era como si se perdiera para siempre. Y luego está la tercera utopía: la sexual. Los 60 venían tras las décadas más conformistas y blandas del pasado siglo. Y súbitamente, los jóvenes empezaron a descubrir sus derechos y la libertad sexual. Había algo sexual en ir al cine. No había en ello nada ofensivo. Lo que quiero decir es que Truffaut era un cinéfilo de pro, y era alguien elegante y con estilo.»

  Los integrantes del reparto, que se han criado en la era de los multicines, el video y el DVD, opinan que el mundo de la cinefilia es de lo más instructivo. «He de aprender mucho y ver muchas películas» —dice Eva Green—. «He visto cosas como QUEEN CHRISTINA (CRISTINA DE SUECIA, 1933), con Greta Garbo, y BEYOND THE FOREST (MÁS ALLÁ DEL BOSQUE, 1949), con Bette Davis, quien me impresionó mucho porque compuso una enorme femme fatale. Me ha ayudado mucho en el momento de tratar de imaginar lo que mueve a mi personaje, dado que vive dentro de un capullo junto a su hermano, y anhela escaparse del mundo real. Para ella, el cine es el modo de evitar la realidad.» Para Louis Garrel, sin embargo, ha sido un poco más fácil. «Puedo entender la pasión por el cine» —afirma—. «Quizá se deba a que mi padre es director cinematográfico, o quizá a que mi madre también lo es para la escena, o puede que lo explique el hecho de que mi abuelo es actor; el cine es mi vida.»

  La influencia del cine de la época se evidencia en los juegos que los personajes practican para probarse mutuamente, como también en el modo en que Isabel reacciona ante los hombres que la rodean. Ninguna línea del diálogo es demasiado oscura, ningún detalle demasiado trivial, y Adair sostiene que ésta era la manera de hacer de aquel entonces. «Los cinéfilos son una raza extremadamente peculiar» —opina—; «casi están más interesados en estudiar, absortos, las texturas y atrezzo de las películas que en seguir la historia. Les encantan cosas como los pósteres y los títulos de crédito, porque les apasiona saber quién es el responsable de qué; y confeccionan listas interminables. Listas de sus películas favoritas, listas de sus segundas películas favoritas, y cosas así. Y los juegos que el trío desarrolla en este largometraje son muy parecidos a los que nosotros practicábamos en los 60. Si alguien echaba una moneda al aire, inmediatamente pensábamos en George Raft lanzando una moneda en SCARFACE (SCARFACE, EL TERROR DEL HAMPA, 1932). Si una mujer se mantenía sobre un enrejado con su faldilla inflándose al viento, decíamos: ‘Ah, Marilyn Monroe en THE SEVEN YEAR ITCH (LA TENTACIÓN VIVE ARRIBA, 1955).»

  Pero los juegos de THE DREAMERS se ven enriquecidos con un trasfondo sexual, que Adair informa es plenamente deliberado. «Para nosotros, el cine era una experiencia muy erótica» —continúa—. «Porque las películas que estábamos viendo procedían del viejo Hollywood, eran cintas muy reprimidas. Aunque eran sugerentes, e incluso plenamente lascivas, jamás podían explicitar lo que estaba sucediendo. Incluso los matrimonios tenían lechos separados. Por ello, los juegos que practicábamos parecían liberar aquello que sólo existía de modo implícito; si uno no sabía la respuesta, entonces tenía que pagar una prenda, lo que se convertía en algo totalmente sexual. En la película de Bernardo, los personajes practican en el apartamento todo aquello que no oyen o ven en la pantalla cinematográfica.»

  En parte, THE DREAMERS es la tentativa de explorar la relación entre el cine y el espectador en los tiempos que precedieron los mass media, cuando el cine era una fábrica de mitos que todavía había de ser abierta en canal, diseccionada, y vulgarizada. Con miras a ello, Bertolucci hace referencia a algunos largometrajes clásicos atesorados por Adair y otros cinéfilos en la época, algunos muy antiguos [la comedia de rock’n’roll THE GIRL CAN’T HELP IT (1956), de Frank Tashlin; o el oscuro drama FREAKS (LA PARADA DE LOS MONSTRUOS, 1932), de Tod Browning], y otros estimulantemente nuevos. Con respecto a estos últimos, Bertolucci ha elegido fragmentos de la obra de Godard, un director que admira desde la juventud para luego contagiar ese entusiasmo a gente como Quentin Tarantino, con quien ha discutido del tema largamente. Bertolucci nos dice: «Le pedí a Godard si podía incluir dos segundos de BANDE À PART (BANDA APARTE, 1964) así como otros dos de A BOUT DE SOUFFLE (AL FINAL DE LA ESCAPADA, 1959).» La respuesta de Godard le encantó al director italiano y dice mucho del modo de hacer cine que le inspiró. Librándole del papeleo y jergas legales, Godard simplemente le dijo: «Puedes hacer lo que te parezca. No hay derechos para el autor, sólo obligaciones.»

4. Volviendo a los 60 >>


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