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.[Especial 52ª
Berlinale] [Películas] [Crónicas] [Palmarés]
AMEN.
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Dirección:
Costa-Gavras.
País: Francia.
Año: 2002.
Duración: 130 min.
Interpretación: Ulrich
Tukur (Kurt Gerstein), Mathieu Kassovitz
(Riccardo Fontana), Ulrich Mühe (Mengele), Ion
Caramitru (Conde Fontana), Friedrich von Thun
(Padre de Gerstein), Antje Schmidt (Frau
Gerstein), Hanns Zischler (Grawitz), Sebatian
Koch (Höss).
Guión:
Costa-Gavras y Jean-Claude Grumberg; basado en el
libro 'Der strellvertreter' de Rolf Hochhuth.
Producción: Claude
Berri, Andrei Boncea y Michèle Ray-Gravras.
Música: Armand
Arnar.
Fotografía: Patrick
Blossier.
Montaje: Yannick
Kergoat.
Diseño de producción: Ari
Hantke.
Vestuario: Edith
Vesperini.
Estreno en España: 10 Enero 2003. |
CRÍTICA
por
Tònia Pallejà
Canalcine.net, Barcelona
El tren del
terror
Como probablemente ya hayan podido leer algu-nos comentarios sobre esta
película antes de su estreno oficial en los cines españoles –y más
crí-ticas que le acompañarán–; como no me apetece acabar repitiendo lo
mismo que ya han dicho o di-rán sobre ella otros y otras con diferentes
pala-bras; y como, cuando llevas unas cuantas críticas a tus espaldas,
te fatiga limitarte al ortodoxo y pulcro esquematismo de esos análisis
cinemato-gráficos en los que parece obligado pasar el rosario por los
distintos apartados técnicos y artísticos del film en cuestión –"que si
el reparto tal, que si la direc-ción cual, que si la fotografía y el
guión Pascual..." (al final tengo la sensación de estar leyendo siempre
la misma crítica, sólo que cambia el título de la pelí-cula)–, les
ahorraré todos esos detalles sobre "Amén". Dicho lo cual –¿me es-taba
justificando?–- centraré mi visión en cuanto a la
cinta de terror que en realidad es, ya que su condición biográfica e
histórica, o tal vez precisa-mente por ello, no la exime de verse ligada
a este género en su desa-rrollo. Éstas son en realidad las películas que
deberían darnos miedo, al
igual que otras ofertas recientes como "El
pianista" de Polanski, el documental "Promises", "Sweet
Sixteen" de Ken Loach, etecé, etecé.
Todos sabemos cómo empieza, prosigue y ter-mina esta historia. Se trata,
pues, de una recrea-ción ficticia, firmada por
Costa-Gavras,
en la que se denuncia la pasividad de la Iglesia y los Alia-dos ante el
exterminio de los judíos en manos de los nazis, a través de dos
personajes, uno inven-tado (el jesuita Riccardo Fontana) y uno real
(Kurt Gerstein, miembro de las SS). Lo que más me ha gustado del trabajo
expuesto por este veterano ci-neasta griego de nacionalidad francesa, y
por su co-guionista
Jean-Claude Grumberg,
es el excelente uso de la elipsis, de todos aquellos mecanismos que
apuntan hacia algo que no se muestra con la acostumbrada obviedad casi
obscena, pero que adivinamos a la perfección por-que, como señalaba,
conocemos los hechos y sus consecuencias. Así, ape-nas se enseñan
cadáveres, ejecuciones, detenciones y humillaciones cometi-dos por los
nazis contra el pueblo judío. Nos basta con ver aparecer continua-mente
en pantalla esos trenes con largas, infinitas ristras de vagones de
made-ra –puertas abiertas cuando se dirigen a cargar "mercancía",
puertas cerradas cuando los conducen a los campos, a los crematorios–
para que se nos pon-gan los pelos de punta. Tic-tac, tic-tac... el
tiempo avanza inexorable, y con ca-da nuevo tren que vemos pasar, se
acumulan miles de nuevas víctimas. Este "tren de la muerte", motivo
recurrente en "Amén", es más efectivo que cualquier barco fantasma,
caserón encantado, psicópata enmascarado o Capitán Pesca-nova "que sabe
lo que hicimos el último verano".
En la misma línea de sugerencia psicológica, se hace especialmente
impactante esa sobrecoge-dora escena en la que Gerstein, tras observar
por una mirilla cómo agonizan y fallecen los judíos en una cámara de gas
–lo ve él, no nosotros–, refleja en su rostro todo el horror de aquella
barbarie, barbarie que imaginamos nítidamente tan sólo a través de su
reacción, imposible de contener ante sus compañeros de las SS. No menos
espeluz-nante resulta el enunciado de ese problema de matemáticas que su
hija pe-queña lee en voz alta cuando el hombre se propone ayudarla con
sus deberes escolares: "cuántas viviendas para obreros se podrían hacer
con el dinero que cuesta construir un psiquiátrico". O las chimeneas
arrojando un humo negro y denso... Y por último, toda esa secuencia
protagonizada por la joven prima de Gerstein, deficiente mental de
candorosa sonrisa, que anhela conseguir ese sello, esa conformidad en su
expediente, al que se aferra cuando entra en la ducha colectiva –en la
mano libre la pastilla de jabón–, tras lo cual, la cámara enfoca un
camión del que parte un tubo...
No es tampoco casual que hacia la parte final del film, éste empiece ya
a ofrecer imágenes de los judíos detenidos, hacinados en camiones o
vagones, asesinados, presos... Porque es precisamente en este momento
cuando la Iglesia del Vaticano –los nazis corretean por Italia haciendo
de las suyas y es inevitable no darse cuenta de lo que sucede– comienza
a querer ver –imposible seguir enterrando la cabeza bajo tierra como
según la leyenda hacen las aves-truces–. Aun así, tampoco se pronuncian.
Amén a todo.
Todas estas claves, pues, han sido dispuestas de forma harto habilidosa
y efectiva. Sin embargo, como en toda película de terror, ha de haber un
vi-llano, un criminal que sea la encarnación del Mal. Y no es que los
nazis no lo fueran por méritos propios, claro que sí, pero Costa-Gavras
y Grum-berg multiplican este estereotipo vil, sanguinario, despiadado,
igual que amplifican la indolencia, la hipocresía, la cobardía, la
avaricia de la Iglesia y de los políticos. Y el que uno repudie la
actitud de unos y otros, no impide que se pueda percibir, desde la
objetividad, un claro tono maniqueísta en todo ello, un sesgo del todo
arbitrario. Memorable es, en este sentido, la comida en la que altos
cargos eclesiásticos, el embajador y otros allegados, se pegan una
señora mariscada –chupando con gran deleite las cabezas de los
crustáceos cual mantis religiosas– mientras desestiman las súplicas del
jesuita Fontana, hijo del anfitrión, con las excusas más obtusas. Y en
esto se les ha ido la ma-no.
Dicen que el pueblo que olvida su historia, está condenado a repetirla.
Todo fuera tan fácil. En cualquier caso, siempre es bueno que se nos
refresque la memoria, ya sea sobre éste u otros episodios de una
historia que no deja de ser común. ¿Por qué desde diferentes países,
filmografías, sensibilidades artís-ticas, regresa una nueva oleada de
producciones que, como ésta, vienen a tra-tar el mismo tema? Les hablaba
de "El
pianista", fresca está aún la reposición de la fantástica e
imperturbable "El
gran dictador"... La respuesta, nada difícil de hallar,
también da miedo...
Por lo demás, nos encontramos ante
una pro-ducción correcta, bien apañada, que a veces tiene más de
televisiva que de cinematográ-fica, en la que destaca la sólida
actuación del actor alemán Ulrich Tukur
–a ver si, como resultado, podemos disfrutarle más a menudo en los
circuitos internacionales–, y que se entiende e integra perfectamente
dentro de la comprometida carrera de Gavras ("Z", "Estado de sitio",
"Desaparecido", "La caja de música"...). Con ella, supera el bache de la
fallida "Mad City", y se perfila en estupenda forma física y mental,
gracias a este trabajo notable, pero todavía lejos del excelente (Es un
fenóme-no ya extendido –pasó con "El
pianista" y puede que se repita con la que nos ocupa– el
confundir la valoración de la labor conjunta de un equipo, que tiene
como resultado una película, un relato ficticio, con la condena de unos
hechos que indignan, como si al ensalzarla con vehemencia se quisiera
dejar clara una postura personal. Hablamos de cine, no de historia).
Gerundio de concluir:
Una cinta solvente, una historia contundente, una denuncia moderadamente
honesta –aunque siempre necesaria–, que cuenta, entre sus mejores bazas,
con su capacidad para impactar y con-mover sin necesidad de mostrar
pilas de cadáveres y otras atrocidades cometidas por el ser humano
–haya nacido donde y cuando sea–.
Valoración: 8
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Ángel Castillo Moreno. Valencia (España).
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