52ª Berlinale


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LA BUTACA - Revista de Cine

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CRÓNICAS DESDE EL FESTIVAL
Por Mateo Sancho Cardiel

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Martes 12: Dulzura y mala educación desde Australia

Fotograma de Iris - Copyright © 2001 Miramax Films

Dos películas de carácter biográfico han traído grandes interpretaciones a la Berlinale en este día. La primera de ellas es "Iris", sobre la novelista Iris Murdoch, que retrata el proceso de la enfermedad del Alzheimer. La segunda "Una mente maravillosa", nominada a ocho Oscar y repaso a los pasajes supuestamente más interesantes de la vida de John Nash, esquizofrénico y ganador del premio Nobel. Son, desde luego, perspectivas muy diferentes de abordar el bio-pic.

"Iris" basaba su gran fuerza en una exposición muy simple de los hechos, apoyada más bien en sentimientos aplicables en cualquier situación de la vida y sustentada sobre las insólitas interpretaciones de tres gigantes: Kate Winslet, Judi Dench y, muy en especial, Jim Broadbent. Emoción y lágrimas extraídas con amargura fluyeron ampliamente por el Berlinale Palast.

Fotograma de Una mente maravillosa - Copyright © 2001 Imagine Entertainment y UIP

Todo lo contrario con "Una mente maravillosa", decepción absoluta en la que se descartaban los fragmentos más polémicos de la vida del genio para dar una biografía insulsa y almibarada, torpe y aburrida de la que sólo se podía salvar los trabajos interpretativos de Jennifer Connelly y Russell Crowe. Ambos, junto con Ron Howard, vinieron a mostrar en persona lo encantados que estaban con la película y sus opciones al Oscar, pero ofrecieron una conferencia tan descerebrada como su filme. Howard y Connelly dijeron cosas muy poco interesantes, como que se habían enterado de las nominaciones a través de la CNN, pero por lo menos hablaron poco, porque la estrella sin discusión era él, el hombre, el primitivo y descuidado, maleducado y, al parecer, absolutamente irresistible Russell Crowe. Con esa actitud de indiferencia pubescente, Crowe levantó pasiones a pesar de las respuestas cortas y tajantes que dirigió a la audiencia. Fue lo que faltó para acabar de detestar un producto mediocre e inexplicablemente prestigioso.



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