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Dirección: Bertrand
Tavernier.
País: Francia.
Año: 2002.
Duración: 170 min.
Interpretación: Jacques
Gamblin (Jean Devaivre), Denis Podalydès (Jean
Aurenche), Charlotte Kady (Suzanne Raymond),
Marie Desgranges (Simone Devaivre), Ged Marlon
(Jean-Paul Le Chanois), Philippe Morier-Genoud
(Maurice Tourneur).
Guión: Jean
Cosmos y Bertrand Tavernier; basado en el libro
de Jean Devaivre.
Producción: Alain
Sarde y Frédéric Bourboulon.
Música: Antoine
Duhamel.
Fotografía: Alain
Choquart.
Montaje: Sophie
Brunet.
Diseño de producción: Emile
Ghigo.
Vestuario: Valérie
Pozzo di Borgo.
Estreno en España: 27 Septiembre 2002. |
CRÍTICA por
Julio Rodríguez Chico
Valoración:   
Conciencia de un
cineasta
El veterano
director Bertrand Tavernier ("Hoy
empieza todo", "Capitán Co-nan") nos ofrece una ambiciosa propuesta
cinematográfica que bucea en uno de los momentos más difíciles y
controvertidos de la historia del país vecino. Quizá por ello la
crítica parisina se haya dividido, y a algunos no les haya gustado esta
revisión histórica, libre de prejuicios ideológicos, como ya ocurriera
con "La
inglesa y el duque" de Rohmer.
La historia se desarrolla en la Francia ocupada por las tropas nazis, y
más concretamente en los estudios de la Continental Films, una
productora alemana dedicada a dar salida a películas con técnicos y
artistas franceses. Tavernier parte de las memorias de dos cineastas,
Jean Devaivre y
Jean Aurenche, para presentarnos un
fresco de unos momentos en que la población se deba-tía entre el dilema
de la resistencia o de la cola-boración con el poder de ocupación.
Devrarive se presenta como un eficaz ayu-dante de dirección, ordenado
padre de familia y miembro activo de la resisten-cia, que se ha metido
“entre los dientes del lobo, donde no le pueden morder”; Aurenche es un
guionista bohemio, en abierta oposición a toda colaboración con la
productora, y cuya vida sentimental se mueve entre sus tres amantes. Son
personalidades y hábitos de vida distintos, pero ambos se plantean el
con-flicto de conciencia sobre la licitud de trabajar para los nazis, y
sobre el lugar en que su ayuda a la causa francesa puede ser más eficaz:
el sabotaje y es-pionaje de uno o los guiones críticos de otro que
buscan esquivar la censura serán medios válidos, como lo son las
actitudes de tantos otros personajes intermedios apenas esbozados; uno
de ellos consolará a un apesadumbrado Aurenche haciéndole ver que su
tarea sí ha sido eficaz, que todos son alguien, que no importa dónde o
qué hagan, sino que basta con moverse por un ideal.
Es a la vez un
homenaje al mundo del cine y a su heroísmo en tiempos difíciles,
personificado ejemplarmente en la figura de Devaivre, el mejor
caracterizado y que le valió a Jacques Gamblin
el Oso de plata de este año como mejor actor, por su derroche físico
portentoso en el plató o sobre la bi-cicleta, y por su penetración
psicológica en un personaje que nos transmite el drama del momento.
Denis Podalydès sirve de perfecto
contrapunto al tras-mitir el idealismo impetuoso y poético de Aurenche.
También aparecen en es-cena otros directores reales como Clouzot,
Maurice Tourneur o Le Chanois, pe-ro que son presentados sin vida
propia, más como marionetas al servicio de una trama. En el bando
contrario, alemanes e ingleses son dibujados intencio-nadamente como
estereotipos no exentos de cierto patetismo o comicidad: se trata de una
mirada chauvinista a la que únicamente interesa el comportamien-to de
sus compatriotas y que no quiere pararse a matizar otras personalidades
del conflicto.
Quizá el aspecto más conseguido sea la per-fecta ambientación de la
época, con unas escenas llenas de dramatismo como el bombar-deo
inicial en la guardería, y otras de hondo ca-rácter histórico como las
que reflejan el raciona-miento y el mercado negro de comida o el expolio
de obras de arte, o de índole sociológico al mos-trar la doblez con la
que las gentes tienen que vi-vir para salvar la vida. Pero este clima de
tensión y guerra queda conseguido desde los primeras escenas, con lo que
se antoja excesivo el metraje del film, y bien se podría prescindir del
viaje de Devaivre en avión hasta la zona aliada, escena tragicómica y
que nada tiene que ver con el carácter realista del resto de la
película.
A pesar de lo
dicho, la fuerza narrativa que imprime Tavernier es pode-rosa e
impide que decaiga el ritmo, ágil y vertiginoso desde el comien-zo,
y que sólo descansa en las tomas exteriores, con nuestro ciclista
reco-rriendo las campiñas francesas. La cámara, de movimientos rápidos y
nervio-sos, parece escudriñar todos los rincones del entorno y así
mostrar la realidad de manera veraz. Esto, junto a los fluidos diálogos
y a una cuidada labor en la sala de montaje, obligan al espectador a
mantener la atención durante las casi tres horas que dura esta película,
interesante en su planteamiento pero irregu-lar en su consecución.
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© 2002 LaButaca.net - Revista de Cine.
Ángel Castillo Moreno. Valencia (España).
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