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LA BUTACA - Revista de Cine

.[Especial 52ª Berlinale] [Películas] [Crónicas] [Palmarés]

MONSTER'S BALL

  cartel

Dirección: Marc Forster.
País:
USA.
Año: 2002.
Duración: 111 min.
Interpretación: Billy Bob Thornton (Hank Grotowski), Halle Berry (Leticia Musgrove), Peter Boyle (Buck Grotowski), Heath Ledger (Sonny Grotowski), Sean 'Puffy' Combs (Lawrence Musgrove), Mos Def (Ryrus Cooper), Coronji Calhoun (Tyrell Musgrove).
Guión: Milo Addica y Will Rokos.
Producción: Lee Daniels.
Coproducción: Milo Addica, Will Rokos y Eric Kopeloff.
Fotografía: Roberto Schaefer.
Montaje: Matt Chesse.
Diseño de producción: Monroe Kelly.
Dirección artística y decorados: Leonard R. Spears.
Vestuario: Frank I. Fleming.

CRÍTICA

Josep Alemany

DEL INFIERNO AL PARAÍSO

Monster’s Ball contiene dos películas, dos protagonistas principales, dos hijos que mueren, dos lugares simbólicos –el infierno y el paraíso–. Hasta podríamos decir que contiene dos suicidios.

En la primera parte, Marc Forster nos sumerge en el universo del racismo, que halla su culminación en la silla eléctrica. El asesinato «legal», institucionalizado, de un negro. Con gran economía de medios, Forster nos muestra los pormenores del macabro ritual y narra la ejecución con unas imágenes estremecedoras.

Entre las tradiciones familiares de los Grotowski figura la de trabajar como guardianes en el vecino presidio. Con el abuelo ya jubilado, Hank (Billy Bob Thornton) y Sonny (Heath Ledger) se encargarán de acompañar al condenado en su último paseo por el corredor de la muerte. Hank y Sonny son padre e hijo, sí, pero muy diferentes. El primero es un racista encallecido que rezuma odio por los cuatro costados. El segundo es todo lo contrario (no puede evitar vomitar mientras acompaña al reo a la silla eléctrica). Sus diferencias tendrán un desenlace fatal.

Antes de entrar de lleno en la segunda parte vienen unas cuantas escenas de transición. Entre ellas cabe destacar el último viaje de Hank al presidio para anunciar al director que deja el trabajo. El río, el transbordador, la columna de presos en el campo, la lluvia incesante: con esos elementos Forster compone un hermoso poema visual.

Tras quemar Hank el uniforme de carcelero, ya estamos a punto para la segunda parte. En realidad, es otra película. Una historia de amor entre el hasta hace poco campeón del racismo y la mujer del negro ejecutado en la silla eléctrica (Leticia Mushgrove [Halle Berry]). Dos seres situados en las antípodas se encuentran y se unen en una fusión armónica, sin conflictos ni resquemores. En un abrir y cerrar de ojos pasamos sin esfuerzo del infierno del racismo al paraíso del amor.

Too nice to be true: demasiado bonito para ser verdad. He aquí mi objeción a Monster’s Ball. En la primera parte, Hank es un racista sin ningún resquicio de compasión. En la segunda, un ser compasivo sin ningún resquicio de racismo. ¿Cómo ha sido posible un cambio tan radical? En la conversación dentro del coche, filmada en plano fijo, Hank menciona la pérdida de su hijo. Pero este hecho, trágico en sí mismo, también podría haber reforzado su odio. La transformación de Hank resulta gratuita, inverosímil. Pura fantasía. Su pasado racista se esfuma por arte de birlibirloque. No surge ningún conflicto con su conciencia, ni con Leticia ni con la sociedad. La única nota discordante la da el padre de Hank, que es enviado rápidamente a una residencia de ancianos.

INTIMISMO Y ESTRELLAS

Monster’s Ball se limita tanto a la relación entre Hank y Leticia que borra todo lo demás del mapa. O, mejor dicho, de la pantalla. Puestos a borrar, no se nos dirá nada de la investigación sobre el coche que ha atropellado al hijo de Leticia. Da la impresión de que su muerte no es más que un truco melodramático para acercar a los dos protagonistas. Lo mismo cabe pensar del suicidio de Sonny. Desgraciadamente, abundan los golpes de efecto y las incoherencias. La principal: ¿por qué Hank no le cuenta nunca a Leticia su pasado? Y si quiere mantenerlo secreto, ¿por qué no esconde bajo llave los dibujos reveladores?

La primera parte constituye un mero prólogo para contar una love story que aspira a ser diferente y que luego resulta que no lo es. Al director y a los guionistas sólo les interesa el idilio entre Hank y Leticia. Las raíces del odio y del racismo, la interiorización de esos valores, los dilemas morales que pueden surgir entre el amor de Hank por una negra y su pasado racista... todo ello no interesa. Esas cosas aparecen en la primera parte, pero no hallan continuidad en la segunda. Cuando se suicida Sonny, también lo hace la película.

Marc Forster, al reducir la relación entre Hank y Leticia a una historia de amor intimista y autosuficiente, en vez de enriquecer su contenido emocional, lo empobrece. Monster’s Ball se basa en el juego formal de los intérpretes, vacío de cualquier experiencia o connotación concreta. Justo es decir que Halle Berry y Billy Bob Thornton ofrecen una buena interpretación. Sobre todo el segundo. Halle Berry no tanto. Ni siquiera en el piso desastrado logra desprenderse de su aura de glamour prefabricado. Billy Bob Thornton, en cambio, es un actor prodigioso. En el buen sentido de la palabra. Y también en el malo. Porque toda actuación entraña una parte, grande o pequeña, de manipulación del espectador, y en este caso Billy Bob Thorton logra hacer casi creíble a un personaje inverosímil.

Al final, Leticia descubre casualmente el pasado de Hank. Tampoco pasa nada, por supuesto. Se comen tranquilamente un helado mientras la cámara emprende el vuelo hacia un cielo ahíto de estrellas. Bon voyage!


Imágenes de Monster's Ball - Copyright © 2002 Lions Gate Films. Todos los derechos reservados.

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