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Berlinale] [Películas] [Crónicas] [Palmarés]
UNA
MENTE MARAVILLOSA
(A beautiful mind)
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Dirección: Ron
Howard.
País: USA.
Año: 2001.
Duración: 134 min.
Interpretación: Russell
Crowe (John Nash), Ed Harris (Parcher), Jennifer
Connelly (Alicia Nash), Christopher Plummer (Dr.
Rosen), Paul Bettany (Charles), Adam Goldberg
(Sol), Josh Lucas (Hansen), Vivien Cardone
(Marcee), Anthony Rapp (Bender), Jason
Gray-Stanford (Aisnely), Judd Hirsch (Helinger),
Austin Pendleton (Thomas King).
Guión: Akiva
Goldsman; basado en el libro de Sylvia Nasar.
Producción: Ron
Howard y Brian Grazer.
Música: James
Horner.
Fotografía: Roger
Deakins.
Montaje: Daniel
P. Hanley y Mike Hill.
Diseño de producción: Wynn
Thomas.
Dirección artística: Robert
Guerra.
Vestuario: Rita
Ryack.
Decorados: Leslie
E. Rollins. |
CRÍTICA
Mateo
Sancho Cardiel
Berlín, 12-Feb-02
Un desconcierto
total me invadía a lo largo de la proyección de
"Una mente maravillosa" al ver cómo la que se
suponía era una de las producciones más destacables del
año no era más que uno de esos bio-pic
"comodín" que igual podía ser de John Nash
que de cualquier genio que uno se quiera sacar de la
manga, con tal de mostrar los valores de una familia
unida y el poder del amor más allá de cualquier
diagnóstico médico. La tranquilidad llegó cuando los
que me acompañaban compartían mi opinión y, aún más,
yo era el más benévolo de todos ellos.
Efectivamente, "Una mente
maravillosa" es una producción acartonada,
sin alma, en la que la mediocridad y el aburrimiento
colman prácticamente todo el metraje y que
además resulta totalmente mentirosa en su
reconstrucción de la vida John Nash, ganador del premio
Nobel de Economía por su "Teoría del juego".
La película es tan irregular, trata de abarcar tantos
géneros, que hay que separar las distintas partes que la
componen. Todas ellas tienen un componente común que es
la torpeza de un guión muy básico y la presencia de una
banda sonora con un irritante afán de protagonismo. Pero
cada una tiene sus defectos y, en escasísimas ocasiones,
sus virtudes.
La historia empieza en la juventud
de Nash, cuando es aceptado por la Universidad de
Princeton y su genialidad ya le empieza a crear problemas
de relación social. Pues bien, Ron Howard nos expone estos
años de la vida del matemático haciendo uso de todos
los clichés que uno se pueda imaginar sobre los años
universitarios, con golpes de humor estúpido. Para colmo
del descrédito, emplea a los actores tal como son en la
realidad y, por mucho esfuerzo que haga Russell Crowe
interpretativamente, no puede uno introducirse en la
historia cuando trata de aparentar dieciocho años.
Más tarde, conocerá a Alicia, una
alumna suya que, tras una bonita exhibición de vestuario
más propio de una gala de los Oscar que de una
universitaria, se casará con él. El
romanticismo de la película destila litros de
cursilería barata, de diálogos folletinescos y de
situaciones al borde del ridículo, para luego
transformar la relación en un amor incondicional por
parte de ella que es una descarada libertad narrativa que
se ha tomado el director, evitando a toda costa aquellos
que pudiera resultar polémico (y a la postre
interesante) como las infidelidades, la bisexualidad de
Nash y el divorcio y segundo matrimonio posterior.
Asimismo, la
enfermedad de Nash tiene una evolución de lo más
curiosa. Porque su esquizofrenia incluye una paranoia
visual que no es más que una treta cinematográfica de
Howard para volcarse en el thriller, pero que
resulta lo peor de la película. El desfile de
personajes ilusorios con vocaciones místicas y
patrióticas es, simplemente, sonrojante.
Afortunadamente, aparece, aunque sea sólo durante media
hora, la seriedad en este relato; quizá gracias a la
interpretación de Crowe, que, pese a un balbuceante
inicio de la película, se crece durante el tratamiento
de su esquizofrenia e interioriza de manera soberbia su
personaje; le llega a dar una profundidad más allá de
lo que viene escrito en su guión y, así, consigue
transmitir el único momento de desasosiego que ofrece el
filme, en el que tendrá que elegir entre la reducción
de su más preciado recurso -su portentosa mente- y la
desaparición de sus alucinaciones que ponen en peligro,
además, la vida de su familia. Mucho más difícil lo
tiene Jennifer
Connelly, que, pese a realizar una buena
interpretación, tiene un papel con diálogos tan
espantosos que malogran su trabajo.
De esta manera, resulta totalmente
enojoso que finalmente hayan sido ocho las candidaturas
al Oscar de esta película, injustificables más allá de
los apartados interpretativos. Ron Howard sigue
con su estilo anodino pero eficaz, haciendo producciones
sin desentenderse de la escasa valentía narrativa que le
caracteriza, y eso perjudica tremendamente a
"Una menta maravillosa", que con un material de
primera categoría, sólo dramatiza, simplifica y deja
descafeinada la tormentosa existencia de John Nash.
Imágenes
de Una mente maravillosa - Copyright © 2001 Imagine
Entertainment y UIP. Todos los derechos reservados.
© 2002 LaButaca.net - Revista de Cine.
Ángel Castillo Moreno. Valencia (España).
Prohibida su reproducción sin consentimiento expreso.
Todos los derechos reservados.
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