CRÍTICA
por
David Garrido Bazán
Chabrol en estado puro
Con el cine de Claude Chabrol pa-sa lo
mismo que con otros autores consagrados y poseedores de un
esti-lo personal, propio y reconocible co-mo pueda ser Woody Allen,
Wong Kar-Wai o el mismísimo Clint East-wood, por citar a tres
directores que poco más que eso pueden tener en común. Asistir a
la nueva propuesta de un director cuya filmografía hemos no sólo
seguido con interés a lo largo de las últimas décadas, sino muy
a menudo devorado con cierta delecta-ción, es algo así como llegar
a casa y ponerse un par de zapatillas viejas, de esas que
tenemos más que vistas, desgastadas de tanto uso, pero que son
mucho más cómodas que cualquier otra cosa y que se ajustan a
nuestros doloridos pies a la perfección. Todo está de nue-vo ahí:
el universo en engañosa calma de una pequeña ciudad de
provincias, la familia burguesa con sus pequeñas miserias
cotidia-nas y sus siempre mal disimulados secretos de cuyo ámbito
siem-pre salen los protagonistas de sus historias, el crimen como
esqui-va justificación argumental para contar cosas que interesan
mucho más a la afilada mirada de este director y, por supuesto,
el ritmo siempre tranquilo, sin prisas, en el que el aparente
"nunca pasa na-da" del escenario que Chabrol va creando ante
nuestros ojos pasa de un rutinario mar en calma a una furiosa
tempestad que amenaza con devorarlo todo a su paso sin que, en
el fondo, su aspecto exte-rior haya cambiado demasiado. Pura
esencia del mundo chabrolia-no depurado con el paso de los años y
con algún que otro matiz nuevo, lo justo para eliminar la
siempre engañosa sensación de que estamos ante la misma película
que ya hemos visto antes.
"La dama de honor" ofrece como única pero importante nove-dad frente a
anteriores ficciones de Chabrol el análisis lúci-do, y,
afortunadamente, nunca moral, de una exacerbada pasión amorosa
que, llevada al límite por la peculiar manera de entenderla de
uno de los integrantes de la pareja, comporta una se-rie de
imprevisibles consecuencias. Tras ese minucioso estudio de la
perversidad llamado "Gracias por el chocolate" y la enésima y
mucho menos interesante disección de los cadáveres exquisitos
que toda familia burguesa de buen nombre guarda en los armarios
de su historia que era "La flor del mal", Chabrol fija aquí su
mirada en dos personajes absolutamente arrebatados sobre los que
articu-la una danza de amor, deseo y muerte que no es que nos sea
des-conocida (ejemplos de películas que han retratado pulsiones
amo-rosas con visos de conducir a la catástrofe a ambos o a uno
de los que la padecen hay a cientos) pero que el director, como
el viejo zorro que es, sabe cómo llevarse a su terreno y hacer
que encaje a la perfección y de manera coherente con los temas
sobre los que ha vuelto una y otra vez a lo largo de su
filmografía. No en vano —como "La ceremonia", sin duda una de
sus mejores películas— "La dama de honor" está basada en una
novela policíaca de Ruth Ren-dell,
una escritora cuyo universo y el de Chabrol parecen estar en
bastante sintonía a juzgar por los excelentes resultados
fílmicos que ha dado su colaboración.
Bien es cierto que "La dama de ho-nor"
se toma su tiempo en arran-car: Chabrol se detiene durante los primeros veinte minutos de
pe-lícula a hacer una de sus diseccio-nes típicas del principal
protago-nista de la historia y su entorno más cercano. Philippe —un correcto Benoît Magimel
que tiene aquí la vir-tud de ir de menos a más según avan-za el
metraje y que, en cierto modo, vuelve a encarnar a un personaje
que pasa por un trance parecido al de "La pianista"— es un joven
perteneciente a una familia burguesa de provincias venida un
poco a menos, en la que ocupa el papel del hombre de la casa
frente a su madre y sus dos hermanas pequeñas, una formal y a
punto de contraer matri-monio con un curioso bombero y otra
díscola que coquetea con los pequeños hurtos, dos formas que Chabrol parece contraponer en un objetivo común: escapar de ese
ambiente familiar más opresivo de lo que parece a simple vista.
Philippe es un tipo responsable y serio, tiene un buen trabajo y
lleva una vida cómoda. Pero esconde algunas inseguridades: Chabrol las pone de manifiesto con el muy hitchcockiano mcguffin
del busto que domina el inicio del filme, un busto que su madre
regala primero a un posible pretendiente que en el fondo no está
nada interesado en ella y que Philippe recupera después de que
éste se haya deshecho a su vez de él. Es intere-sante observar
cómo, con fina ironía, Chabrol retrata el carácter ob-sesivo
oculto de Philippe a través de la dependencia fetichista que
éste tiene con el dichoso busto de Flora, que oculta a la
familia y que juega un papel curioso en la historia.
Es entonces cuando hace su aparición Senta (espléndida
Laura Smet, sin duda el gran
descubrimiento de la película), una de esas mujeres
desconcertantes y turbadoras capaces de sugerir con sólo una
mirada abismos de pasión tan prometedores como peligrosos. Senta
seduce a Philippe y éste se ve arrastrado por la fascinación que
despierta en él una mujer que se conduce por el amor desde unos
planteamientos tortuosos, incluso sórdidos, opuestos por
descontado a los principios por los que Philippe rige su vida.
Cha-brol evita cuidadosamente cualquier tipo de enjuiciamiento de
tipo moral y se aplica a proporcionar a Senta un trasfondo para
enten-der al personaje desde sus propias motivaciones. Desde ese
punto de vista juega un papel fundamental el uso de la
fotografía por parte de Eduardo Serra
(luminosa en los espacios que habita Philippe y mortecina,
oscura como ese descenso a los abismos de la pasión y la locura,
en el mundo de Senta) y una laboriosa tarea de diseño de
producción que contrapone de forma constante la típica casa
burguesa que habita Philippe, con su jardín y sus espacios
abiertos, y el lúgubre sótano que refle-ja mejor que ninguna otra
cosa la enrarecida vida de Senta. Hay de nuevo un gusto por el
detalle nada casual como la primera vez que Philippe desciende a
esa estancia, por una lóbrega escalera ribe-teada por esas
paredes gastadas por el paso del tiempo que son toda una
premonición, o la manera en que ese mismo sótano cobra algo de
vida según ambos profundizan en su relación o según el es-tado de
ánimo siempre cambiante, siempre imprevisible, de Senta.
Chabrol construye un relato en el que se nos muestra cómo una pasión que
empieza como pueden empezar tantas otras historias de amor
deviene en todo un juego enfermizo y destruc-tivo que acaba por
conducir al crimen —crimen cuya resolución, por cierto, poco
importa al director más allá del juego argumental que ofrece
para lo que verdaderamente le interesa, que es la evolución de
sus personajes—. Jugando con el elemento sexual de una manera
mucho más evidente que en anteriores películas suyas, Chabrol
escarba en los recovecos más turbios de esa pasión y acaba
ofreciendo una visión de la misma nada atrayente, sino más bien
pesimista: la pulsión amorosa como mo-tor de la vida, sí, pero
también de destrucción cuando una de las partes implicadas
bordea peligrosamente los límites de la cordura y empieza a
hacer demandas desorbitadas.
Llena de infinitos detalles de esos que se dejan caer por la historia con
ese aire entre liviano y socarrón, pero que en el fondo
conforman la solidez narrativa de la propuesta, "La da-ma de
honor" es, además de la película más redonda que Chabrol nos ha
ofrecido desde "La ceremonia", la obra más deliberadamente hitchcockiana en los últimos tiempos del di-rector de la Nouvelle
Vague al que más reiteradamente se le ha re-lacionado con este
director. No es sólo ya que a lo largo del argu-mento uno pueda
encontrar referencias más o menos cercanas a películas como
"Extraños en un tren" o incluso "Psicosis", sino que la misma
puesta en escena apuesta por soluciones estilísticas cuyos
referentes apuntan en la misma dirección. Ejemplos de ello hay
unos cuantos: ese travelling que sigue el punto de vista
subjeti-vo de Philippe en su último recorrido por la casa en
busca de Sen-ta; o ese fantástico plano ligeramente inclinado del
corredor en la escena en la que Senta visita la casa de Philippe con
la excusa de recuperar su vestido (otro elemento que Chabrol
convierte en algo muy perverso al final de la película) y fija
la mirada en éste mientras su madre abandona la casa anticipando
lo que va a ocurrir; o el ya mencionado mcguffin del busto de
piedra, cuya única función es re-velarnos la debilidad de carácter
de éste y sugerir hasta qué punto su fascinación por Senta tiene
que ver en un primer momento con el parecido físico entre ésta y
la estatua.
Chabrol sigue con el paso de los años depurando su estilo, que nunca deja
de ser tan elegante como apa-rentemente sencillo, y se mantiene
fiel a sus constantes de toda la vida. Por ejemplo, se permite
la introduc-ción de leves toques de humor irónico (véase el
seguimiento de Philippe por parte del policía calvo) que en otro
di-rector menos cínico podría resultar de lo más inapropiado en
ese tramo final, cuya resolución un tanto atropellada tiene su
razón de ser en el hecho de que Chabrol hace ya rato que nos ha
contado lo que más le interesaba y el resto no deja de ser para
él una simple cuestión de formalidad. Sin duda, el director
francés que mejor encarna en la actualidad el concepto del
bon vivant ha llegado a un punto en su carrera en el que le
importa bien poco in-fringir las reglas si con ello puede seguir
disfrutando de esa enorme libertad con la que uno sabe que nos
va a seguir ofreciendo histo-rias como ésta, tan coherentes con
ese universo chabroliano en el que la normalidad se va
transformando lenta pero inexorablemente en algo mucho más
inquietante que invita a cierta reflexión. Quizás a alguno no le
baste. A mí, qué quieren que les diga, este Chabrol en estado
puro, el Chabrol de siempre, me basta y me sobra.
Calificación:
    
Imágenes
de "La dama de honor" - Copyright © 2004
Alicéléo, Canal Diffusion, France 2 Cinema e Integral Film.
Fotos por Moune Jamet. Distribuida en España por Nirvana. Todos los derechos
reservados.
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