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Patrice Chéreau
se redime con “Son frère”
A pesar de haber
arrasado con su anterior film, “Intimidad”,
que de hecho se llevó el Oso de Oro en este festival hace dos años,
Patrice Chéreau es uno de
esos directores franceses a temer. Ya aquel trabajo era una sucesión
irritante de mo-mentos de “calité” destinados a las mentes más sesudas,
adornado eso sí con el ridículo escánda-lo de poseer una felación real
en pantalla, que ni era para tanto ni perturbó a nadie. Pero la suerte
nos ha sonreído en esta Berli-nale y con su último film, Chéreau
nos regala la que seguramente sea su me-jor película hasta la fecha,
su obra más sincera, dolorosa y menos aparente. Cierto que el director
de la bastarda “La Reina Margot” comete algún desliz en los primeros
pasajes del film, siempre al borde de caer una vez más en lo
pre-tencioso y altivo, en la poesía barata. Pero la cinta avanza con
aplomo gracias a la fuerte relación que se establece en pantalla entre
ese hombre enfermo, con la muerte llamando a su puerta, y su hermano con
quien tantas cosas tiene que arreglar. No es la única visión de la
muerte cercana que hemos podido ver en esta edición, pues ayer mismo
Coixet nos contaba una historia parecida con menos solemnidad y también
menos gravedad, lo que no evita que este trabajo de Chéreau se acerque
más a la realidad de una situación tan difícil co-mo esa. La película va
ganando en intensidad según avanza su metraje, poseí-da por la fuerza
del gesto que despliega Chérau, que le permite ofrecernos una de las
mejores secuencias de todo el festival, cuando las enfermeras han de
afeitar el cuerpo del enfermo, lentamente, como en un ritual, antes de
la opera-ción. También la canción que marca los últimos compases de
“Son
frè-re” (con la marca inconfundible de
Angelo Badalamenti), es de las que se
clavan en los oídos. Una buena forma, en definitiva, de reconciliarse
con este director.
Con la película que nadie se podrá reconci-liar (y que volvió
a mostrar uno de los ejerci-cios favoritos de todo festival: la
espantada en masa) es con “Ja
zuster, nee zuster"
(Yes nurse, no nurse), un
film holandés inspirado en una serie de televisión que tuvo un importante
im-pacto de público en ese país
durante los años 60, pero de la cual se perdieron las cintas originales,
por lo que alguien debió pensar que la nostalgia vende y decidió
recuperar este delirio kitsch y filogay, primero en forma de obra de
teatro y luego en forma de teatro filmado. La propuesta es de las que
exigen agallas al espectador, no sólo estamos ante un musical (género
delicado como pocos), sino que además se trata de uno repleto de
canciones que aquella se-rie hizo populares en Holanda (marcianas para
el resto de la humanidad), con una historia de episodio de telecomedia
de 30 minutos (de hecho el set donde
transcurre la acción recuerda a “Farmacia de guardia”) alargada a casi
dos ho-ras y con unas interpretaciones histriónicas y guiñolescas.
Durante su primera media hora se sigue con interés, pero pronto se
transforma en una sucesión de canciones sin argumento, más propias de un
music-hall que de una película. A pesar de beber de Jacques Demy, de
“Cantando bajo la lluvia” y de “La tienda de los horrores” y de poder
emparentarse en intenciones con la estupenda “8
mujeres”, poco se puede salvar en este film, quedando como
una cinta para nostálgicos holandeses o freakies del musical más kitsch.
El último título de la jornada correspondió a una nueva
aportación del país anfitrión, que esta vez, al contrario de lo sucedido
con “Good
Bye, Le-nin!”, dejó una palpable sensación a materia
des-perdiciada. No es que “Lichter"
(Distant lights) de Hans-Christian Schmid
sea un film totalmen-te desdeñable, de hecho tanto por la
historia que cuenta como por la estructura que decide otorgar su
director al relato para contarla, podríamos considerarlo como un
triunfador. Además cuenta con un reparto solvente, no demasiado
destacable en ninguna de las interpretaciones, pero bien encajado en
todos los papeles. Este aspecto es muy importante en el caso que nos
ocupa, pues estamos ante uno más de esa rica tradición de los films
corales, en este caso con la regla de que todas las historias sucedan
dentro de Alemania y en un plazo de 48 horas. A pesar de que el
resultado no es malo, se esperaba mucho más de este retrato de las
miserias de la vida y de la gente que lucha tozudamente hasta las
últimas con-secuencias para superarlas. Al film le falta una mano
tras la cámara ca-paz de sacarlo de su literalidad y hermetismo, algo
más de brío y algún recorte en su guión, donde el tiempo se dilata
en todas las historias más de lo debido, provocando así que los momentos
realmente importantes se pierdan entre la paja que los envuelve. Sin ser
excelente, fue una manera aceptable de cerrar un día en el que la
presencia de Patrice Chéreau, en
carne y hueso y desde la pantalla, arrasó con todo lo demás.
© 2003 LaButaca.net - Revista de Cine.
Ángel Castillo Moreno. Valencia (España).
Prohibida su reproducción sin consentimiento expreso.
Todos los derechos reservados.
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