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15 | 16 de Febrero de 2003
“Chicago", o cómo el
musical insiste en revitalizarse, aterriza con todo el equipo en la
gélida Berlinale
Un año más, la Postdamer Platz, apoteosis de la modernidad y de la
tecnología arquitectónica, se convierte en el ojo de este huracán
llamado Berlinale en el que se conjugan con más o menos acierto las
tendencias más oscarizables del cine norteamericano con lo más reclamado
por los cír-culos intelectuales alternativos. La ciudad, teñida con la
nieve que homogeneiza la visión desde el avión, es tan bonita
estéticamente como heladora a efectos prácticos: es febrero en Berlín y,
frente a estas temperaturas, lo más socorrido fue montar un importante
festival de ci-ne que, con el calor de sus estrellas y el refugio de la
sala de proyección, nos hiciese olvidar que las fuentes se han
solidificado y que el viento nos corta la cara. La primera encargada de
ponernos a tono ha sido uno de los grandes ate-rrizajes de la artillería
made in USA: “Chicago”.
Así, comenzamos
con las temperaturas altas en la primera proyección que, con la
licencia del fuera de concurso, ha buscado el brillo de tres astros de
la Meca del Cine: Richard Gere,
Renée Zellweger y
Catherine Zeta-Jones, que han hecho parada en la capital
alemana para presentar y abrir fuego con esta publicitada y
multipremiada puesta de largo de un género que quiere resucitar a toda
costa: el musical. Tres Globos de Oro que han creado firmes expectativas
para los Oscar y grandes resultados de taquilla allá donde se ha
estrenado son dos puntos imprescindibles de un currículo que se ha
completado con una calurosa acogida, ovación incluida para algunos de
sus brillantes números musicales, en el ambiente premeditadamente
intelectual pe-ro finalmente concesivo del Berlinale Palast.
Por ello, pese a sus tretas algo convencionales para agarrar a la
audiencia y su notoria banalidad, “Chicago” fue recibida con regocijo y
sin comple-jos por el público, a pesar de esa sensación de que, tras las
expectativas levantadas, la crítica no ha sabido contestar los errores
existentes en la producción. Sea como fuere, lo cierto es que la
asistencia de todo el equipo de la película ha levantado pasiones en una
rueda de prensa que, por el contenido de las preguntas y la unanimidad
de los conferen-ciantes a la hora de hablar de la película como “una
experiencia vital maravillosa”, fue descafeinada y carente de
interés más allá de los ki-los de fama por metro cuadrado allí
presentes. A la vista del trío estelar, su presencia humana acredita
lo que ya hace sospechar la gran pantalla: ese término tan indefinible
como el magnetismo del que es dueña más que nadie Catherine Zeta-Jones
traspasa las cámaras y, espléndidamente embarazada, deja en neutral e
insípida presencia a una Renée Zellweger de comportamiento casi
adolescente. “No hubo ningún tipo de rivalidad, adoro a esta chica, y
estoy harta de que cuando dos mujeres trabajen juntas se dé por supuesto
que se van a pelear”, dijo la primera de la segunda, y de
comentarios tan poco intere-santes como éste se nutrió el resto de la
conferencia de prensa.
Hubo una ineludible pregunta acerca de los Oscar y, como suele
responderse en estos ca-sos, todo el mundo afirmó sentirse ya premia-do
con su participación en este proyecto que “nos transmitió la
sensación durante todo el roda-je de que juntos estábamos haciendo algo
mági-co, algo especial”, como comentó el director,
Rob Marshall. Él era, sin embargo, el
único que trans-mitía autenticidad en sus declaraciones de debu-tante
entusiasta y, en realidad, el principal artífice del éxito de esta
película, por su profesionalidad y su conocimiento del musi-cal. Trató,
por el contrario, de desencasillarse en tal género afirmando que “no
existe una gran diferencia entre rodar un musical y un drama, puesto que
en esta película, los números se enriquecen con la historia y los
números forman parte de la trama”. Elogiado hasta el rubor por sus
actores, Marshall habló de su procendencia de Brodway y transparenta en
su trabajo sus orígenes y la influencia de Bob Fosse, creador original
de “Chicago” para los escenarios, y a propósito de ello afirmó que
“hay muchos éxitos de los escenarios que han fra-casado en el cine,
porque lo fundamental en una adaptación cinematográfica es el tener una
historia que contar”. Así, casi inconscientemente, nos dio la gran
clave de por qué “Chicago” no es la obra decisiva que aspira ser. Eso y
el error de casting de un Richard Gere que tan flojo estuvo en la
película como en sus insípidas intervenciones, que sólo confirmaron su
condi-ción de galán otoñal con alarmante recurrencia a las
reminiscencias místicas para salir del paso. Con esta desigual y por
momentos desmitifi-cadora baza de glamour y estrellato, la Berlinale
arranca, entonces, hacia uno de los programas más sugestivos en años
que, esperemos, consiga mantener e incluso subir el nivel más que
aceptable de este musical con sabor a clásico que es “Chicago”.
© 2003 LaButaca.net - Revista de Cine.
Ángel Castillo Moreno. Valencia (España).
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