Mateo
Sancho Cardiel, Berlín–
Grande por sus objetivos,
grande por su talento y grande por sus resultados, “Samaritan
girl” es la inmensa nueva obra de Kim
Ki-Duk, un relato de poderosa pasión espiritual que la
Berlinale ha acogido en su competición. Su director, que ya
había participado hace dos años en la selección oficial con “Bad
guy”, continúa explorando, tras la maravillosa “Primavera,
verano, otoño, invierno... y primavera”, el lado más
poética de su arte y renuncia a la violencia radical para
contarnos la historia de purga y perdón que desencadena la vida
de una school go prostitute, un fenómeno de actualidad
en oriente. «Vivimos en un mundo tan materialista que en las
chicas jóvenes se crean muchas necesidades que tienen que
financiar de alguna manera», ha comentado Ki-Duk. Pero lejos de
crear una crónica social, se limita a utilizarlo de trasfondo
para lo que es, en realidad, un viaje de madurez personal y
mística de los protagonistas, algo que «tiene que ver con el
perdón, con la capacidad de perdonar. Es un acto moral, un
dilema entre lo que la sociedad establece como erróneo, pero que
en la película se justifica». Y es que Ki-Duk, con su impactante
imagen de bodybuilder desplegó en la rueda de prensa
una sensibilidad verbal que perfiló aún más el genio de su obra
cinematográfica, e hizo reflexiones interesantísimas acerca del
Cristianismo y el Budismo y comentó que «se habla de milagros
porque nuestra vida es fría, y los personajes necesitan y hacen
uso de esa posibilidad como manera de fantasía y esperanza”. La
cinta ha sido recibida con aplausos por el público y con un
general apoyo de la prensa, y sus valores aumentan si tenemos en
cuenta que se rodó sólo en trece días y con un presupuesto de
apenas 400.000 dólares, algo que contrasta con la franca belleza
que contiene en sus imágenes y la expresividad de cada plano de
cámara. Pero, aunque mucho se ha hablado ya de un posible Oso de
Oro para “Samaritan girl”, Ki-Duk afirmó que «no es mi objetivo
conseguir premios en festivales europeos» y prefirió centrarse
en los contenidos de lo que define como «una película tranquila,
con muy pocas palabras, pero los sentimientos creo que se hacen
muy presentes y genuinos en la pantalla».
También
de sentimientos, pero esta vez expresados en voz alta y durante
casi noventa minutos, trata la película “Before
sunset”, amable y enternecedora continuación de la
cinta de culto “Antes del amanecer” que, diez años después
adopta un inteligente sentido de la secuela para analizar la
progresiva destrucción de los ideales con el paso de los años.
Con un regusto melancólico delicioso y la sensación de placer
que han transmitido los protagonistas –Ethan Hawke
y Julie Delpy– de retomar la historia junto a
su director, Richard Linklater, siendo ellos
tres los coautores del guión, “Before sunset” destila
delicadeza, cariño, y convierte la peligrosa concepción de un
diálogo que ocupe todo el metraje en un trabajo de frágil
ligereza y de sutil y a veces demasiado escondida inteligencia.
Estos valores, aun inscritos en las exigencias de un festival
cinematográfico, han encontrado un aprecio atronador entre la
platea y ha ganado el respeto de una gran parte de la crítica.
«Nunca me había pasado, pero tengo la sensación de que somos una
banda que vuelve a juntarse», comentó Hawke, y, efectivamente,
el punto de partida nos sitúa nueve años después de aquella
despedida, tiempo en el que los protagonistas no se han visto.
Pero cuando el personaje de Ethan Hawke escribe un libro que
refleja su inolvidable historia de amor, no sólo va a
presentarlo a París y propicia un encuentro con su ex amante,
sino que subrayará las diferencias entre el pasado y el
presente. En estos nueve años, que también han pasado para el
rostro y el alma de sus protagonistas, un Ethan Hawke que, por
su aspecto juvenil y desenfadado parece encajar con sus
palabras, afirmaba que «si hemos hecho esta película, algo de
romanticismo nos tiene que quedar», pero, contradiciendo a la
estrella norteamericana, la francesa Julie Delpy, más serena y
locuaz, comentaba que «trato todavía de averiguarlo. Mi idea del
romanticismo ha evolucionado con los años. No es que haya caído
en el cinismo, pero se ha convertido en algo más real, que se
compone de más factores, como amistad o conexión».
Por
último, cerró la jornada una nueva producción francesa a
concurso, esta vez dirigida por Cédric Kahn, el
autor de “Roberto
Succo”, y protagonizada por la bellísima Carole
Bouquet y el actor fetiche de Robert Guédiguian,
Jean-Pierre Darrousin. Basada en una novela de
Georges Simenon, “Feux
rouges” es un ejemplo claro de cómo un buen texto
literario puede devenir en una cinta de escaso interés. Así, la
pirueta final que contiene la novela da un nuevo significado a
todo el plúmbeo celuloide que se proyecta ante nosotros durante
dos largas horas. Aburrida y pretenciosa, un desenlace tan
brillante no compensa, sin embargo, el irritante desarrollo
previo, y ni siquiera las interpretaciones de su excelente
reparto consiguen sostener una cinta que camina sin rumbo
durante demasiado tiempo, poniendo a prueba la paciencia del
espectador.