Mateo
Sancho Cardiel, Berlín–
Malintencionadamente colocada en la sesión de las nueve de la
mañana, “Triple agent”
arrancaba en el Berlinale Palast arropada por la esperanza de la
garantía que un cineasta como Eric Rohmer, superviviente
de la nouvelle vague, ofrecía. Fin de la película.
Silencio absoluto. No se puede abuchear a un genio, pero tampoco
aplaudirle en una construcción cinematográfica basada en un solo
diálogo de densísimo contenido histórico y político. Situada en
el periodo de entreguerras, mil y un términos para nada
elementales sobre aquel contexto son lanzados por Rohmer cual
lenguaje coloquial y el sopor o la escapada fueron las
alternativas a una cinta tan excluyente para la inmensa mayoría
del público. En un caso de radicalización del mismo problema del
que se resiente el cine de Angelopoulos, el director francés
crea una cinta con una segunda intención de deslumbrar con su
sabiduría, para marcar las distancias con el espectador medio,
llegando hasta tal extremo que ni incluso aquellos que son
capaces de descifrar lo que quiere contarnos disfrutaron de su
saturado bombardeo intelectual.
Afortunadamente, llegó Ken Loach y redujo notablemente su
contenido incendiario, que hubiera rematado la agónica jornada
matinal, para centrar su “Ae fond
kiss” en una historia de amor interracial que lucha por
sobrevivir entre las presiones del choque cultural e ideológico.
Ambientada en Glasgow, el director inglés continúa retratando la
problemática social, pero en esta ocasión deja parcialmente de
lado su papel reivindicativo y abre una puerta a la esperanza y
al optimismo, se deja llevar más por los reductos de amor que
por la miseria global y crea con “Ae fond kiss” una de sus
cintas más amables y comerciales, en el mejor sentido de la
palabra. La película aborda el problema de los emigrantes
de
segunda generación que, ya arraigados en sus países de
residencia, combaten con sus padres por la apertura a costumbres
más modernas, y, en el caso del protagonista de la película,
tendrá que luchar por una
relación sentimental con una británica en contra de su
matrimonio ya pactado con una prima suya pakistaní. Loach
decide, finalmente, no complicarse la vida, renuncia a las
argucias narrativas y opta por coger el toro por los cuernos,
sin rodeos. Porque tanto la cámara de Loach como el guión
de Paul Lavery enfocan la película desde un punto
de vista claramente crítico hacia la falta de libertades de la
familia hindú, pero renuncia a la caricaturización –habitual en
estos casos– y ofrece un contrapunto de integrismo católico para
dejar claro que la suya no es una postura racista. Acudió a la
Berlinale acompañado de sus dos protagonistas, Atta Yaqub
y Eva Brithistle, que hace una interpretación
extraordinaria, de su guionista y marido de Icíar Bollaín, Paul
Laverty, y de la productora Rebecca O’Brien. La
comparecencia, sin embargo, acabó desviándose hacia el espíritu
más reivindicativo que caracteriza al Loach de “Mi nombre es
Joe” o “Agenda oculta” y no pudo evitar solicitar ayuda a la
audiencia para resolver los problemas del mundo. Sobre su
película se discutió mucho el desenlace, demasiado positivo para
muchos pero “perfectamente lógico” para el director, que
argumentó que muchos jóvenes hijos de inmigrantes optan,
finalmente, por desvincularse totalmente de las imposiciones más
arcaicas de su cultura. «Está pasando actualmente», comentaba
Loach, «los hijos se están rebelando contra sus padres y los
padres tienen que aceptar que las cosas están cambiando».
Finalmente, comentó que quiso darle a la historia «todas las
perspectivas posibles, y darles a todas una libertad».
Ya
en la sesión de tarde, la penúltima película que compite por el
Oso de Oro fue el drama dirigido por Sylvia Chang “20
: 30 : 40”. De nacionalidad china, la cinta entremezcla
la evolución de tres mujeres que se llevan diez años de
diferencia cada una y, a pesar de iniciarse con buen pulso y la
autóctona sensibilidad, acaba convirtiéndose en un barullo
narrativo de escaso interés. Una lástima para la cinematografía
oriental que, con su escasa representación, hasta ahora había
sabido llenar, y mucho, con la obra más europea de Kim Ki-Duk.
Tan sólo queda ya como improbable candidata a premio la cinta
protagonizada por Carmen Maura “25
degrees in winter”, una coproducción que fue rechazada
por el festival de Cannes en su anterior edición y que parece
haber sido seleccionada como una despedida ligera e
intrascendente para esta dispar pero aun así muy interesante
Berlinale.