Calidad en el concurso con
Leconte y glamour con Jack Nicholson y Diane Keaton fuera
de él
Dignidad
cinematográfica se ha respirado en la primera jornada a concurso
de esta Berlinale. Dos cintas de dispar interés, provenientes de
cinematografías europeas ambas pero con estructuras
absolutamente distintas, concurrieron para dejar un nivel
notable para el resto de la competición y traer el que es, sin
duda, el sabor del cine de festival. Tanto
“Daybreak”, del sueco
Björn Runge, como
“Confidences trop intimes” han ahondado a su manera en
el sentimiento humano y han renunciado al esplendor de la
técnica para bastarse solamente con ello.
Mateo
Sancho Cardiel, Berlín–
La película nórdica ha apuntado ya maneras hacia la
afición de este festival por el desgarro emocional, por la
desestabilización de la familia y las situaciones al límite. En
palabras de su director, es «la
sensación de presente, de que estamos aquí y ahora, y que lo que
se narra en esta película son las 24 horas más importantes de
las vidas de los personajes».
En esa condensación de la intensidad y el dramatismo, la cinta es
heredera de todas y cada unas de las filias y las fobias
que han caracterizado desde siempre la producción
cinematográfica sueca y, lo que nos preocupa más, lo que
empezamos a creer es su comportamiento habitual. Las historias
cruzadas que se nos narran en “Daybreak”
son mostradas sin filtros ni trampas, con un sentido de la
cotidianidad que no deja resquicio para la caricatura ni para la
ironía, ni tan siquiera para un mínimo sentido del humor. Nos
muestran las consecuencias de la incomunicación, de la apatía y
de las existencias anodinas escondidas tras el mecanismo
superdesarrollado del sistema de vida escandinavo y, de esta
manera, a través de la crisis matrimonial por la infidelidad de
un médico desempleado, de la vida de una divorciada desquiciada
incapaz de rehacer su vida con su exmarido y del búnker que
construyen unos ancianos para mantenerse al margen de la
sociedad, el director construye tres ejes sobre los que levanta
una cinta de continuo impacto humano, de exclamaciones sobre lo
que estamos acostumbrados a susurrar y, por ello, de sensaciones
en absoluto agradables para el visionado. Así, si no fuera
porque, por desgracia, es una experiencia en los lugares más
comunes de esta vertiente cinematográfica, habría que hablar de
un película recomendable. Sin embargo, al no ser así, la cinta
se convierte en un espectáculo de visión emocionalmente gore,
innecesariamente impúdica que, pese a su calidad, no es lo
suficientemente interesante como para suponer algo novedoso. Sus
protagonistas, Pernilla August y Jacob
Eklund, han acudido junto al director al festival para
defender la película que, preocupantemente, bebe más de las
experiencias personales del director que de influencias de otro
tipo. Han salido a la palestra términos como el Dogma o
directores como John Cassavates, del que reconoció admirar su
capacidad para captar la expresión del rostro.
El
rostro más bello que ha pasado por la alfombra roja de Berlín ha
sido el de Sandrine Bonnaire, la actriz
principal de la última y espléndida, aunque imperfecta, obra de
Patrice Leconte. El director de “El marido de
la peluquera” retoma un pulso narrativo que parecía perdido en
su filmografía reciente para componer una bonita cápsula de
magia en la mundana vida de un asesor financiero. Confundido con
un psiquiatra, recibirá la consulta de una mujer deseosa de
salvar su matrimonio y su vida sexual y, sin poder evitarlo, se
creará un extraño vínculo de los dos personajes a esta falsa
terapia. Bonita telaraña en la que se enredan la compasión, la
necesidad, la soledad, el desamor y la ilusión, Leconte capta
momentos de hermosura en sus diálogos y en la creación casi
escultórica de sus personajes principales. A la presencia
refrescante y natural de Bonnaire se superpone un trabajo
interpretativo de Fabrice Luchine de una
ternura y una ductilidad que lo perfilan ya, en este primer día,
como un más que firme candidato a recoger su respectivo premio.
Su trabajo esconde, tras la pasividad de su personaje, una
elocuencia gestual nada histriónica que refleja cada titubeo,
cada cavilación de su personaje y dota a la evolución dramática
una tensión y un nerviosismo amoroso que crea una calidez que
contrasta con la fotografía gris de Eduardo Serra.
La cinta ha sido recibida, no obstante, con división de
opiniones, y a ello ha
contribuido un desenlace demasiado edulcorado para el tenebrismo
que impregna las brillantes secuencias de diálogo entre sus
peculiares protagonistas. A pesar de ello, es irrebatible que
“Confidences
trop intimes” es una pieza sólida de Séptimo
Arte, moldeada con contención y bañada en sensibilidad.
Sin
embargo, por exigencias estrictas del show business, el evento
que acapara titulares, flashes y récord de asistencia es la
presencia de dos actores de sumo prestigio y de envidiable
veteranía: Jack Nicholson y Diane
Keaton. Esta última, nominada el Oscar por la película
que presenta, “Cuando
menos te lo esperas...”, proporcionó a la
audiencia el sentimiento vivo de la desmitificación por un
estado de sospechosa falta de reflejos y de inteligencia en sus
comentarios. Una verdadera pena que empaña ligeramente la grata
sorpresa que nos había dado verla en plena forma en la película
con una interpretación tan versátil y completa que rellena los
numerosos agujeros narrativos del guión de Nancy Meyers.
La película, básica y elemental donde las haya, funciona gracias
a la vis cómica de sus intérpretes, y esa genialidad profesional
sí fue conservada en su estado más puro por Jack Nicholson, que
acaparó el protagonismo en la conferencia de prensa, le dio
vida, ritmo y brillantez como hacía tiempo que ya no se veía en
el Hyatt de Berlín. Sus comentarios irónicos acerca de la
política («todo va estupendamente», comentó) y su metodología de
respuestas inteligentes aun a la más necia de las preguntas
demostraron la calidad de su carisma y su capacidad de alimentar
la propia leyenda. Como mera comparsa, Amanda Peet
y Hans Zimmer completaron la representación de
la película, que ha cosechado un gran éxito comercial en Estados
Unidos.