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Dirección: John Boorman.
Países: Reino Unido e Irlanda.
Año: 2004.
Duración: 104 min.
Género:
Drama.
Interpretación: Samuel L. Jackson
(Langston Whitfield), Juliette Binoche (Anna Malan), Brendan
Gleeson (De Jager), Menzi Ngubane (Dumi), Sam Ngakane
(Anderson), Aletta Bezuidenhout (Elsa), Lionel Newton (Edward
Morgan), Langley Kirkwood (Boetie), Owen Sejake (Reverendo
Mzondo), Harriet Manamela (Albertina).
Guión: Ann Peacock; basado en
el libro de Antjie Krog.
Producción: Robert
Chartoff, Mike Medavoy, John Boorman, Kieran Corrigan y Lynn
Hendee.
Fotografía: Seamus Deasy.
Montaje: Ron Davis.
Diseño de producción: Derek Wallace.
Dirección artística: Emilia Roux-Weavind.
Vestuario: Jo Katsaras.
Estreno en España: 22 Abril 2005. |
CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Café con leche y azucarado
Resulta encomiable y valiente la decisión de
Boorman por llevar
al cine lo sucedido en Sudáfrica tras el Apartheid, cuando las
autoridades iniciaron un proceso de reconstrucción nacional a
través de la búsqueda de la ver-dad, abiertos al perdón y la
reconciliación con quienes confesasen sus crí-menes. Sin duda,
estamos ante una barbarie más de las que los hombres han llevado
a cabo bajo la justificación de tratarse de medidas políticas previsoras de desórdenes futuros, o de que simplemente acataban
órdenes de superiores, obviando que no siempre lo legal es moral
o ético. No hay que irse al holocausto nazi para encontrar
aberraciones similares, porque en nuestros días siguen
existiendo impunemente.
Un tema
tan serio, que pretende mostrar al espectador —en clave de
fic-ción— las mayores vejaciones, tropelías, violaciones o
torturas, no puede hacerse sin respeto ni veracidad. No es fácil
trasmitir la verdad de lo suce-dido sin caer en lo tendencioso,
sin derivar hacia lo morboso, sin hundirse en lo desagradable.
El director de la película no lo hace, pues centra la tra-ma en
múltiples declaraciones de víctimas y acusados, con un discurso
denunciatorio pero que rara vez respalda con crueldad en las
imágenes: prefiere la palabra, los rostros resignados o llorosos
de quienes declaran, o algunos planos de los instrumentos de
tortura o de esqueletos desenterra-dos. Pero aunque Boorman
es pudoroso y honesto en ese término, no lo-gra trasmitir la
gravedad ni la fuerza que aquellos hechos encie-rran: le sale una
película de denuncia sin fuerza ni con sensación de
verosimilitud, y tampoco llega a calar en el espíritu de
compa-sión y misericordia que sin duda el pueblo africano
demostró. Toda la trama está enfocada desde una óptica
occidental, la de dos periodistas que cubren las vistas
judiciales para sus respectivos medios: Langston, un negro del
Washington Post, y Anna, una poeta blanca y afrikaner
sensibili-zada ante los atropellos de humanidad.
Cuesta
imaginar a Juliette Binoche de afri-kaner, y aunque se
esfuerza por dar drama-tismo a su personaje y credibilidad a las
si-tuaciones, no pasa de ser un islote desmar-cado del resto del
reparto, más bien figuran-tes de una puesta en escena en que —como se ha dicho— todo gira en torno a unas de-claraciones
terroríficas y a dos actores entre los que no hay ninguna
química (con lo que la pretendida metáfora en torno a la
convivencia posible de blancos y negros deja de funcio-nar). El
guión aparece desestructurado, se empantana con tanta
declaración, y se hace previsible y tópico con posturas en torno
al problema racista. Cuando la pelí-cula pasa por sus horas más
bajas, el director intenta relanzarla con el enamoramiento —un
tanto forzado y artificioso— entre Binoche y
Samuel L.
Jackson, en un tórrido e increíble romance que a todas luces
no pros-perará porque la película va sobre la “Verdad y
Reconciliación”, y ahí se ha introducido la mentira en sus
matrimonios: ése era el lema del gobierno su-dafricano para
recuperar a la mayor parte de criminales confesos (según se nos
dice en los títulos de crédito finales, 1.163 obtuvieron la
amnistía de un total de 21.800 declaraciones), con lo que la
coherencia exigía que esas máximas de buscar la verdad y el
perdón se llevasen también al terreno de lo privado.
En
definitiva, el director británico se mueve con buenas
intenciones, de-nunciando injusticias y apoyándose en la
capacidad del hombre para olvi-dar y perdonar, para recomenzar
tras el error. Pero no logra imprimir a sus personajes ni a su
historia un espíritu apropiado, y desaprovecha un buen material
para quedarse en una fallida película, que avanza sin conmover
—aunque alguna escena emocione y pueda rescatarse a este juicio—
y sin sorprender a un espectador aburrido y decepcionado. Estuvo
en la 49ª Se-minci fuera de concurso, aunque —a juzgar por su mala
acogida entre el público y crítica— no parece que hubiese
recogido nada en caso de com-petir.
Calificación:
    
Imágenes de "In my country" - Copyright © 2004
Phoenix Pictures, The Film Consortium, Merlin Films, UK Film
Council, Industrial Development Corporation of South Africa
Limited e Inside Track Productions. Distribuida en España por DeAPlaneta. Todos los derechos
reservados.
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