CRÍTICA
por
Julio Rodríguez Chico
Odisea hacia la desolación
Lágrimas de desolación entre gritos desgarradores son las
que se le escapan a Eleni en el último plano de la película.
Auténtica lección de cine y de historia la que nos ofrece el
griego Angelopoulos, en la
primera parte de una trilogía sobre la Grecia del siglo pasado,
construida a partir del de-sencanto vital, y recogida entre
atmósferas en neblina y aguas gélidas. El paisaje desnudo e
inhóspito, una puesta en escena esteticista, y el uso magistral
del plano secuencia convierten esta epopeya en un fresco
impre-sionante del periodo de entreguerras, tomando pie del
drama vivido por una pareja de enamorados obligada a vagar por
una tierra ingrata.
A modo de prólogo, asistimos a la llegada a Salónica de un grupo
de griegos, cuando en 1921 los bolcheviques han invadido Odessa:
entre ellos están los niños Alexis y Eleni, huérfana adoptada
por los padres del primero. Años después, vemos que el amor
surgido entre los jóvenes ha traído al mundo a dos gemelos, que
éstos son dados en adopción, y que la pareja huye del poblado
cuando el enviudado Spyros, padre de Alexis, trata de casarse
con la propia Eleni. Comienza una odisea y un vagar por tierras
griegas, con un Alexis acordeonista que siente de continuo la
sombra de un padre deshonrado, perseguidos por el destino en
forma de lucha sindical o movimiento falangista, o por la guerra
que asolará Europa y que en Grecia dividirá a su población. Y al
fon-do, el sueño americano... que no será tal y resultará un
espejismo.
La mirada de Angelopoulos
es la de un poeta y la de un artista, pero también la de un
hombre sabio que contempla cómo el odio, las rencillas y los
intereses personales agostan el futuro de la juventud y
oscu-recen la blancura del amor. La composición equilibrada y
cuidada de cada uno de sus planos, con la dificultad que implica
el movimiento de cámara al generar los largos planos secuencia;
la fotografía de fuertes contrastes a los que da un contenido
existencial, y con un paisaje desnudo que habla de la soledad y
tristeza de sus personajes; el profundo sentido metafórico de
sus imágenes visuales, con unas sábanas blancas manchadas de
san-gre o un río que se desborda y lo destruye todo; la música
popular griega, con preciosos acordes de guitarra, violín o
acordeón, que otorga un fuerte carácter costumbrista e intimista
a la historia. Todo ello y un ritmo contem-plativo, reposado e
interiorizado, hacen que estemos ante una auténtica obra
maestra.
La historia de amor y de
imposibilidad de alcanzar una vida esta-ble está encarnada con
fuerza y sobriedad por unos intérpretes que hacen suyo el drama,
que miran el mundo que recorren con tristeza y desolación, que
nos dejan ver por sus ojos una sociedad que lucha por alcanzar
su identidad, que no logra desligarse de sus supersticiones, que
sueña con emigrar al otro lado del Pacífico, que mira al pasado
con nostal-gia. Es la historia de Grecia, que ahora inicia
Angelopoulos, con una cá-mara que observa desde la distancia,
que recoge un sentir, que se empapa de cierto escepticismo y
tristeza al ver cómo el hombre se destruye al des-garrar lo que
el amor unió.
Son muchas las escenas llenas de poe-sía, lirismo y fuerza
dramática que se quedan grabadas en el alma del especta-dor:
el teatro de Salónica invadido por refu-giados, las blancas
sábanas tendidas y za-randeadas por ráfagas de viento, las
barcas surcando coreográficamente el río durante el sepelio o
tras la inundación, el puerto con una decoración minimalista que
acentúa el sentimiento de soledad y desazón..., o esa última
escena de muerte y destrucción en la cual Eleni llora a los
suyos. Resulta intere-sante contemplar toda la historia narrada
des-de el punto de vista de esta joven –Elena, co-mo la del
mito–, nacida para amar y para sufrir, que pasa de niña que
des-cubre el exilio y la muerte a adolescente enamorada, para
finalmente aca-bar convirtiéndose en madre y mujer solitaria: su
protagonismo va in cres-cendo, y su actitud pasiva a la
vera de su marido se convierte en testimo-nio vivo de toda una
época, con un rostro que reflejará paulatinamente el dolor y el
desencanto por ideales incumplidos.
En su película,
Angelopoulos logra una elegía de la condición hu-mana, una
creación de fuerte raigambre en la cultura griega clási-ca, un
canto a los anhelos y decepciones que el amor sufre. Una
obra de arte que hace que unos amplios y despejados horizontes
se que-den pequeños y encojan el alma del espectador. Cine de
primera catego-ría, que apreciarán más aquellos que conozcan la
historia y la literatura griega y universal, y quienes sepan ver
un cine histórico-social creado a partir de ambientes y
mentalidades capturados por una cámara de estilo personal.
Estuvo en la Seminci’49 fuera de competición, porque de haber
entrado en la disputa por la Espiga, el cine oriental hubiera
encontrado un sólido contrapunto, y el jurado un serio dilema en
su deliberación.
Calificación:
    
Imágenes
de "Eleni" - Copyright © 2004
Theo Angelopoulos Film, Greek
Film Centre, Hellenic Broadcasting, Attica Arts Productions, Bac Films,
Intermedias y Arte France. Distribuida en España por Tornasol
Films, Ensueño Films y Alta Films. Todos los derechos
reservados.
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