Anxela Iglesias García, Berlín.–
Ya habían dicho los organizadores de la Berlinale que podían
vivir sin Hollywood, ante el escaso interés que este año han
mostrado los grandes estudios y las estrellas por el festival. Y
la mejor forma de demostrarlo, debieron de pensar, era arrancar con
una superproducción, una aventura con alarde de medios y
exteriores, firmada por europeos. "Man to man", dirigida por el
francés Régis Wargnier, y protagonizada por los británicos
Joseph Fiennes y
Kristin Scott Thomas, cumplía esos requisitos. Y así, la primera jornada de la Berlinale nos trasladó primero a
las bellas selvas africanas, donde un antropólogo y una
comerciante buscan y atrapan a una pareja de pigmeos, y después
a las verdes llanuras de Escocia, a donde son trasladados los
aborígenes para ser utilizados como cobayas.
Todo ello ambientado a finales del siglo XIX, en plena época
victoriana, cuando la comunidad científica trataba de encontrar
desesperadamente el eslabón perdido entre el mono y el hombre,
establecía divisiones de razas hoy ya superadas y no tenía muy
claro cuáles eran los límites éticos de la experimentación.
Los ingredientes para una gran aventura.
Pero el problema es que
la película muy pronto se revela facilona, y los momentos más
dramáticos no consiguen más que despertar sonrisas sarcásticas y
alguna que otra deserción durante el pase para la prensa.
Pronto se tiene la impresión de que Wargnier duda de las
capacidades del espectador para entender el mensaje sin la ayuda
de recursos manidos y diálogos poco ocurrentes. Una de las
primeras frases del film –"Tú eres mi América y yo seré tu
Cristóbal Colon”, le dice el científico Fiennes al pigmeo con
ojos embelesados– ya anticipa los niveles de cursilería a los
que se llegaría a lo largo de las dos horas de proyección. Y así
este alegato contra el racismo, contra la supuesta superioridad
del mundo civilizado y la lucha del “científico bueno” por
salvar a los dos pigmeos convertidos en carne de zoológico, se
convierte en una versión paternalista del “buen salvaje” de
Rosseau.
Lo mejor de la película, quizás, fueran sus dos protagonistas
africanos, Lomama Boseki y Cécile Bayiha, con sus intensas
miradas y una naturalidad que los periodistas pudieron comprobar
durante la conferencia de prensa posterior. Cuando les
preguntaron si el rodaje había resultado cansado, si les había
resultado difícil interpretar su primer papel cinematográfico,
ambos contestaron rotundamente que no, que mucho peor era
trabajar en el campo. Una lección para divos y estrellas.
Ante el flojo arranque no quedaba otro remedio que el de la
huida hacia adelante, es decir, abandonar por unas horas la
sección oficial para sumergirse en categorías alternativas y a
menudo mucho más prometedoras. Es el caso de Panorama, apartado
centrado en el cine independiente y de autor. La sección cumple
veinte años en esta edición y para celebrarlo quiso estrenarse
con una de sus actrices fetiche, la brasileña Fernanda Montengro
(“Estación Central de Brasil”), quien llegó acompañada de toda
su parentela.
“Redentor”
es el primer trabajo de Claudio Torres, hijo de la
actriz y de Fernando Torres, quien también forma parte del
elenco. Un proyecto familiar, por tanto, en el que también ha
participado su hermana como co-guionista y que había sido
recomendado por el propio director de la Berlinale, Dieter
Kosslick.
El film cuenta la historia de un edificio de viviendas en Río de
Janeiro, que un empresario corrupto abandona a medio terminar,
dejando a cientos de familias se queden en la calle y provocando
que los obreros que trabajaron en la construcción se vean
obligados a vivir en una favela. Un periodista lucha por
recuperar el apartamento que su padre pagó religiosamente y
acaba convirtiéndose en un Robin Hood dispuesto a repartir el
dinero de los ricos entre todos los necesitados. Por el camino,
el reportero, interpretado por Pedro Cardoso, se topa con el
mismísimo Dios, que le da poderes sobrenaturales en esta
rocambolesca y estridente propuesta.
Una denuncia de la injusticia social que no logró convencer al
público, algo anonadado tras una música atronadora, unos efectos
desorbitados y, eso sí, algunos golpes de humor que lograron
salvar el film del desconcierto generalizado.
La Berlinale número 55 arranca pues con poca fuerza y deja entre
los asistentes la esperanza de que las próximas jornadas traigan
algo más que mensajes paternalistas y delirios paranormales.