El
film, sin duda el plato fuerte de la segunda jornada, llegó al
público y eclipsó los otros dos filmes proyectados, la
interesante “Thumbsucker” y “Asylum”, una cinta de desenlace
poco convincente. Con su relato elegante y contenido, pero no
por ello menos conmovedor, George consigue acercar al gran
público el genocidio de Ruanda, cuando una parte de la mayoría
hutu, armada de machetes, se lanzó al exterminio de la élite
tutsi al grito de “los grandes árboles deben caer”. Lo hace a
través de la historia verídica del gerente de un hotel,
convertido en héroe de la noche a la mañana y con la
responsabilidad de salvar la vida a un millar de personas
refugiadas en su establecimiento. Y golpea las conciencias al
recordar que les dejamos solos, porque Ruanda, al igual que el
resto de África, no está en la lista de prioridades
occidentales.
Las escenas de sangre,
desolación y barbarie humana quedan para los telediarios y
documentales. George opta por reflejar la desesperación en los
ojos de los ruandeses que contemplan la evacuación de los
blancos, por mostrar la impotencia de un puñado de cascos azules
de la ONU que intentan detener la masacre con disparos al aire y
enseñar el odio desencadenado por la casualidad de formar parte
de la etnia equivocada. Y en su intento de reflejar la
realidad de la tragedia ha contado con la enorme actuación de
Cheadle y las interpretaciones más que convincentes de Sophie
Okonedo, en el papel de su mujer, y de Nick Nolte, el jefe de la
misión internacional desbordado por los acontecimientos.
«Los errores cometidos en
Ruanda no han sido corregidos», subrayó el combativo director en
su encuentro con la prensa. Lo que ocurre hoy en Sudán y en el
Congo recuerda una vez más que, para la comunidad internacional,
la vida de los africanos tiene menos valor que la de los demás,
proclamó George, flanqueado del héroe real, Paul Rusesabagina.
El guión fue escrito con la ayuda de este “Schindler africano”,
quien también colaboró intensamente con Cheadle para preparar su
papel. Todos ellos coincidieron en
destacar la importancia de las nominaciones y la atención
mediática, para conseguir que, más allá del valor artístico de
la cinta, se produzca una reflexión política de lo ocurrido hace
sólo una década.
Más humildes son las
pretensiones de “Thumbsucker”, el primer largometraje de
Mike
Mills, reflejo de los miedos, frustraciones y sueños de la clase
media americana. Un adolescente con el hábito compulsivo de
chuparse el dedo, un padre frustrado por no haber llegado al
fútbol profesional, una madre con delirios de grandeza enamorada
de un actor de telenovela y un genial odontólogo neo-hippie
encarnado por Keanu Reeves, conforman esta interesante
propuesta que llegó a Berlín avalada por el premio al mejor
actor para el protagonista, Lou Taylor Pucci, en el festival de
Sundance. En la línea argumental de
“American
beauty”, la película transmite con triste ironía los
problemas de hacerse adulto, también entre los que ya hace
tiempo que abandonaron la pubertad, y concluye con la sabia
reflexión del dentista-filósofo: «la madurez es saber vivir con
las preguntas. Porque la respuesta es que no hay respuesta».
Si “Thumsucker” supo seducir al
público a medida que pasaban los minutos de metraje, la tercera
película de la jornada, “Asylum”, provocó exactamente el efecto
contrario con la historia de un amor fatal excesivamente
enrevesado. El último proyecto de David MacKenzie gira en torno
a un hospital psiquiátrico inglés al que van a parar un envarado
médico y su mujer, interpretada por Natasha Richardson. El
encuentro entre uno de los pacientes, un psicópata aquejado de
celos asesinos, y la frustrada esposa, encorsetada en la
sociedad de los cincuenta, desemboca en una relación tortuosa y
destructiva donde las haya. La exploración de los rincones más
oscuros del ser humano es hasta ahí meritoria. Pero la entrada
de un cuarto personaje, un psiquiatra obsesionado con la
obsesión ajena, provoca un inevitable descarrilamiento que ya
resulta imposible de encauzar