Anxela Iglesias García, Berlín.–
Dos mujeres fuertes y
decididas, una Carmen surafricana y la heroína de la resistencia
nazi Sophie Scholl, plantaron cara este domingo en la Berlinale,
frente a un hombre amenazado por las fusiones y los grandes
consorcios en la comedia "In good company“.
«Por
mucho que me duela decirlo, la mejor película hasta ahora no es
independiente ni original, sino un típico producto de los
estudios americanos», comentaba un crítico por los pasillos del
festival después de ver el último trabajo de Paul Weitz.
Quizás exageraba, pero no iba del todo desencaminado: "In
good company“ (en buena compañía) consigue divertir con
unas dosis de crítica social fáciles de digerir para el gran
público. Se acerca a las comedias clásicas de Hollywood, como el
propio Weitz se había propuesto, con Billy Wilder siempre
presente. El director quiso presentar una fábula de la
concentración empresarial, que deja a miles de personas en la
calle y coloca en puestos directivos a nuevos yuppies dispuestos
a inventar la rueda. Esa es la historia de un padre de familia,
interpretado por un Dennis Quaid en plena forma, que se
entera de un tirón del embarazo de su esposa cuarentona, de la
intención de su hija (Scarlett Johansson) de acudir a una
carísima universidad y de que será subordinado a un joven con
poca experiencia y muchas ambiciones (Topher Grace). «Es
como "American pie", pero dirigida por Michael Moore», apuntó
otro periodista durante la rueda de prensa. Y tampoco a él le
faltaba razón, ya que Weitz ha conseguido mantener el humor de
su primer trabajo y sustituir las eyaculaciones precoces por la
denuncia social. Pero todavía hay esperanza para los
cincuentones. En la película al final los malos no son tan malos
y ganan los buenos. Y en la realidad también puede llegar el
éxito profesional en la madurez, según corroboró Dennis Quaid.
Él dice estar viviendo el mejor momento de su vida, después de
pasar una década de los noventa llena de frustraciones.
Frente a esta comedia se
presentó el que probablemente sea el proyecto más original de la
sección oficial. Una Carmen como la de Bizet, que no vive en
Sevilla sino en un suburbio de Ciudad del Cabo. El inglés
Mark Dornford-May fue el responsable de la audacia
cinematográfica, “U-Carmen
eKhayelitsha”, donde los cantantes locales reclutados
interpretan la mítica ópera en xhosa, una de las lenguas
habladas en Sudáfrica. El film gustó más de lo que en un
principio se preveía, aunque probablemente no pase de ser una
simpática extravancia sin mayores consecuencias.
En cambio, "Sophie
Scholl - Die letzten tage“ (Los últimos días de Sophie
Scholl) cumple exactamente lo que se esperaba de ella. El
director Marc Rothemund relata al detalle y sin perder ni
un momento del hilo argumental los últimos seis días de una
joven estudiante que hace frente a las atrocidades nazis junto a
un grupo de amigos, los integrantes del grupo La Rosa Blanca, y
que acabará pagándolo con la vida. Un film cuando menos
correcto, con momentos de emoción y una actriz protagonista, la
nueva revelación alemana Julia Jentsch, que consigue
llenar la pantalla sin artificios. Pero quizás carece de la
chispa que permita identificarse con la protagonista. El motivo
podría ser esa precisión de los alemanes, que cumplen a la
perfección las tareas que les son encomendadas, pero tienen
serias dificultades para la improvisación.
Ayuda
a comprender el enfoque elegido por Rothemund el hecho de que
Sophie Scholl sea una figura conocida, grabada a fuego en el
imaginario colectivo de una sociedad que necesitaba tener
mártires y no sólo verdugos, y que otras dos películas hayan
documentado anteriormente la historia de La Rosa Blanca. La
nueva aportación del largometraje es que se basa en las
transcripciones de los interrogatorios de la Gestapo previos a
su ejecución, inéditos hasta ahora. Cerca del ochenta por ciento
de los diálogos entre la heroína y el policía, un genial
Alexander Held, proceden de esas notas, como subrayó el
guionista Fred Breinersdorfer. Una explicación que da
algo de verosimilitud a la trama, puesto que por momentos
resulta casi increible el hecho de que una joven de 21 años
pudiera anteponer hasta tal punto su conciencia y su lealtad al
instinto de supervivencia y que en sus últimas horas de vida
disertara con tal lucidez sobre lo divino y lo humano. La propia
Jentsch no quiso admitir que su personaje fuera idealizado, algo
a lo que contribuye una fotografía que la rodea en un halo de
santidad. Y es que lo que ella quiso representar fue a una
persona que se enfrenta a decisiones cada vez más difíciles
sobre las que tiene que decidir, sin que hubiera en ella antes
una vocación de martir. Las reflexiones de Jentsch se vieron
interrumpidas durante el encuentro con la prensa, por sus risas
nerviosas y su trabucamientos. Y es que la actriz, que lleva
unos meses de auténtica hiperactividad interpretativa, ha sido
portada de todo suplemento cultural que se precie en las últimas
semanas. Ante la avalancha de elogios, Jentsch parecía al borde
de un colapso. Y la situación podría agravarse si finalmente el
jurado del festival decide premiar su trabajo, como auguran
buena parte de sus compatriotas.
Otros ya tienen asumidos la
fama y no se asustan ante los flashes. Es el caso de Kevin
Spacey, que acudió a Berlín a presentar su "Beyond the
sea“ en la sección Panorama. La música del cantante Bobby
Darin ha acompañado a Spacey desde la infancia y su biografía le
atrajo hasta tal punto que decidió convertirse en un auténtico
hombre orquesta, asumiendo las tareas de guionista, director y
actor protagonista, sin poner reparos en cantar y bailar al
ritmo pop de los sesenta. Spacey parece habérselo pasado bien
durante el rodaje del film en Berlín junto a su compañero de
reparto Bob Hoskins. Y sobre todo ha logrado su obejtivo
declarado; en las últimas semanas las ventas de los discos de
Bobby Darin han aumentado más de un cien por cien.