Anxela Iglesias García, Berlín.–
El Premio Nobel Imre Kertész
acudió a la Berlinale para presentar la adaptación de una de sus
obras. La presencia del literato y una poética historia de
samuráis lograron levantar el ánimo a los críticos de la
muestra, que cruza su ecuador con un nivel que muchos tachan de
mediocre. La última aportación alemana a la sección oficial hace
temer que el nivel medio no suba en los próximos días.
El
amor es puro, el humor es cándido, el honor es inquebrantable.
¿Por qué complicar las cosas cuando todo puede ser tan fácil,
tan limpio, tan bello? El japonés Yoji Yamada, que repite
en el certamen alemán, encandiló al publico berlinés con su “Kakushi
ken – Oni no tsume” (The hidden blade: el sable oculto),
ambientada a mediados del siglo XIX, cuando la casta de los
guerreros nipones se abría a las armas occiden-tales
condenándose así a su propia desaparición. «En esos tiempos la
felicidad privada carecía de importancia, ni siquiera creo que
se conociera el concepto de felicidad. Mi samurái rompe con esa
norma. La película es en realidad una mirada hacia el futuro»,
explicó el realizador, quien duda que su protagonista pueda
convertirse en un héroe en Japón «después de reconocer que tiene
miedo a matar». Más que con sables y luchas, Yamada deleitó con
sentimientos, como el del amor del samurái (Masatoshi Nagase,
conocido por su inter-vención en varios largometrajes de Jim
Jarmusch) y su sirvienta (Takako Matsu) y la amistad
puesta a prueba por la lealtad a la casta. Y todo ello aderezado
con una estética cuidada al detalle, una hermosa fotografía y
escenas tiernamente cómicas.
Muchos nos sentíamos flotar
olvidando los madrugones, el frío y el atracón de cine mediocre.
Pero el éxtasis duró poco. Y la culpable fue "Gespenster“
(fantasmas), una historia completamente prescindible que parece
haber sido incluida en la programación oficial para cubrir la
“cuota alemana”. El director Christian Petzold, que se
vanagloria de que en sus filmes apenas haya sonrisas, ha
desarrollado dos tramas paralelas que se acaban entrecruzando.
Por un lado, dos adolescentes descarriadas de orígenes e
intenciones indescifrables (Julia Hummer y Sabine
Timoteo), y, por otro, una mujer obsesionada con encontrar a
su hija secuestrada hace más de una década. Petzold reconoció
que en un principio se traba de dos historias independientes que
después decidió unir, algo que muchos advirtieron ya durante la
proyección. Lo mejor del pase quizás fuera que se debió
interrumpir por un fallo técnico, una oportunidad para la
desbandada general. Eso sí, la prensa alemana aplaudió.
En
el caso de “Fateless”
(sin destino), ópera prima del húngaro Lajos Koltai, la
acogida fue tibia. El film, basado en la obra homónima del
Premio Nobel Imre Kertész, se acerca al recurrente tema
de los campos de concentración y de tra-bajos forzados desde la
perspectiva de un niño (Marcell Nagy). Y es esa mirada
ingenua y despreocupada la que permite descubrir que también hay
momentos de alegría en medio del horror. «El sol salía y se
ocultaba cada día en Auschwitz», argumentó el propio Kertész ,
que vivió la barbarie nazi en sus propias carnes. El hecho de
que esta sea la historia de su vida explica la profunda
implicación que quiso mantener con el film. El primer guión
adaptado de su obra, escrito por un norteamericano, le pareció
demasiado amarillista, según él mismo reconoció. Y por ello
decidió asumir esta parte del proyecto y acompañar a Koltai
durante el rodaje. El escritor húngaro quería que el film fuera
sencillo y lineal, como así ha sido. Pero esa voluntaria
regularidad, muy respetable desde el punto de vista histórico y
documental, supone para el espectador un ejercicio de atención
en ocasiones agotador.