Anxela Iglesias García, Berlín.–
Desde hoy la sandía deja de
ser un fruto inocente asociado a las tardes de verano en el
pueblo. Desde hoy la sandía es la encarnación de la lascivia, la
redonda alegoría del cuerpo y sus deseos más carnales. Quien
haya visto
la primera secuencia de "Tian bian yi duo yun"
(The wayward cloud: la nube impredecible) jamás podrá olvidarla.
El
taiwanés Tsai Ming-Liang retoma en su último proyecto la
línea de "¿Qué hora es allí?“ y otras obras anteriores. Su sello
aparece también en los planos largos, eternos, y en los
elementos que le han acompañado a lo largo de toda su carrera:
el agua, la soledad, el silencio. En este caso el agua es un
bien escaso, con la ciudad de Taipei castigada por una sequía
como escenario. Y el sexo es explícito, puro y duro, alternado
con cómicas escenas melódicas. El film ha sido bautizado en
Berlín como “el musical porno chino”, pero es mucho más que eso.
«Quise contar qué es el cuerpo. Es lo más bonito y a un tiempo
lo más feo, puede venderse o idealizarse; es lo único que no
podemos controlar, envejece. A través de él quiero expresar mi
perspectiva de la vida», explicaba el realizador para quien el
sexo es lo más misterioso y lo más íntimo que se puede hacer con
el cuerpo.
Se presentó en la muestra
rodeado de sus intérpretes fetiche (Chen Shiang-Chyi,
Lee Kang-Sheng y Lu Yi-Ching), de
nuevo implicados en su último film por la simple razón de que
«les quiero» y también porque, a su juicio, «los actores no son
un producto de consumo, sino personas a las que acompañar en su
evolución». A cambio de su lealtad, los protagonistas se vieron
sometidos a un trabajo “extenuante” en una película donde la
única vía de comunicación es el lenguaje corporal y se cruza en
varias ocasiones la frontera del erotismo.
Tampoco el espectador queda
exento del agotamiento tras 112 minutos plagados de símbolos, de
sordidez y de momentos magistrales como el parto de, otra vez,
una sandía. Las películas de Tsai Ming-Liang no son «un pastel
que se compra, se come y se olvida», como él mismo quiso
subrayar. El director se mostró reacio a explicar el film y, sin
embargo, profundizó en el significado del agua como algo
imprescindible, principal elemento de nuestro cuerpo y también
de las sandías. Algunos creen advertir olor a premio en la nube
impredecible; de ser así la controversia está asegurada, a
juzgar por todos los que prefirieron abandonar la sala antes del
perturbador final.
Cate
Blanchett y Anjelica Huston fueron las encargadas de
poner el toque de glamour de la jornada durante la presentación
de "The
life aquatic with Steve Zissou" de Wes Anderson.
El oceanógrafo Steve Zissou (Bill Murray) y su peculiar
equipo se embarcan a la búsqueda de un terrible tiburón-jaguar
con el que esperan recuperar el prestigio perdido en la
comunidad científica. El particular universo de Anderson, otro
repetidor de la Berlinale, se encuentra a medio camino entre
Jacques Cousteau y “Buscando
a Nemo”. De hecho, los surreales animalitos de colores, que
parecen escapados de una película de Walt Disney, son quizás lo
más reseñable del film junto a las canciones de David Bowie que
uno de los tripulan-tes interpreta en portugués. Ni siquiera la
vis cómica de Murray logró convencer al respetable de Berlín,
que comenzó riendo las gracias del grupo de lunáticos, para
acabar después guardando un mutismo glacial.
Quizás ese silencio se debiera
a que todavía estaban concentrados intentando resolver la
incógnita de la jornada. ¿Cómo se ha podido colar un telefilm en
la sección a competición de un festival inter-nacional de cine?
Nadie ha podido entender aún la inclusión de la francesa “Les
mots bleus” (palabras en azul), con el catalán Sergi
López en el papel de profesor de niños sordomudos y héroe de
andar por casa. El veterano maestro galo del suspense Alain
Corneau firma esta historia de una niña y su madre (Camille
Gauthier y Sylvie Testud), unidas por un enfermizo
temor a las palabras, hasta que llega su salvador. Lo mejor del
film es la colección de camisones de la miedosa protagonista.