Anxela Iglesias García, Berlín.–
El genocidio de Ruanda regresó
en toda su intensidad a las pantallas berlinesas con “Sometimes
in April”, de Raoul Peck, mientras que dos
actores –el japonés Issey Ogata, en su papel de emperador
Hirohito, y el francés Romain Duris, encarnando a un melómano
del hampa– dieron sendas lecciones de interpretación. Por
primera vez en esta edición el festival ha conseguido una
jornada redonda con tres películas a concurso de estilo
diferente pero calidad indiscutible.
«Esta
no es una historia de negros matando a negros, esta es la
historia de la humanidad» y el recuerdo vivo de lo que puede
volver a ocurrir en cualquier lugar de la Tierra. Así se
expresaba Peck tras el pase de su film, que se ganó el respeto
general de la crítica. Y eso a pesar de que no lo tenía fácil.
Pocos días antes “Hotel
Rwanda”, de Terry George, que se presentó fuera
de competición, se había ganado el corazón de los espectadores
con la historia real de un gerente de hotel que logra salvar la
vida a cientos de personas. El director haitiano asegura no
haber visto aún “Hotel Rwanda”, pero insiste en que todo trabajo
sobre el tema es positivo. Sin embargo, pudo apreciarse en sus
palabras cierto deje de frustración –«yo recorrí Ruanda durante
meses y conocí la realidad»– ante el éxito y las nominaciones al
Oscar del film, que amenazan con dejar su proyecto en un segundo
plano. Sería injusto, porque, en cierta medida, “Sometimes in
april” llega más lejos al relatar lo ocurrido de forma global,
incluir los juicios celebrados en una Tribunal Penal
Internacional en Arusha una década después y evitar el final
feliz hollywoodiense. También su enfoque de la violencia es algo
más crudo. «Mi objetivo era llegar tan lejos como fuera posible
en el reflejo de la realidad, hasta el límite que evitara que la
audiencia volviera la cabeza».
Peck contó con un equipo de
seis psicólogos durante el rodaje y quiso explicar previamente
su proyecto a todos los figurantes locales. Se sorprendió ante
la implicación de los ruandeses. «El primer día de rodaje yo
tenía la impresión de que habíamos filmado demasiada realidad y
quise dar por terminada la jornada. Pero la gente me pedía que
hiciéramos más tomas. Insistían en que todo fuera perfecto para
después poder enseñar al mundo lo ocurrido. Ya lloraremos
después, me decían». Su objetivo puede darse por cumplido y
muchos aquí ya han incluido el film en su lista de favoritos. No
estaría mal, dicen, que un certamen que ha puesto su acento en
África distinga una película sobre este continente. Los cuatro
minutos de aplausos del público durante el estreno oficial
parecen darles la razón.
Más
tarde, el ruso Aleksandr Sokurov nos sumergió en la
espesura y la penumbra de su “Solnze”
(El sol), un acercamiento al emperador japonés Hirohito en
el año 1945 que supone la tercera parte de una tetralogía, como
anunció el propio director. Al igual que antes hizo con Hitler
en “Moloch” y con Lenin en “Taurus”, el realizador se sumergió
en una de las figuras más relevantes del siglo XX. «No estoy
interesado en la historia, sino en los hombres y su capacidad de
superar situaciones difíciles, en cómo cambian cuando tienen en
sus manos el arma del poder, cómo pierden la humanidad»,
explicaba Sokurov en una rueda de prensa tan densa y profunda
como su film. Retrata a un Hirohito muy cercano, con el uso de
planos cortos y pausados de los que se encargó él mismo como
camarógrafo. Y consigue dar a conocer, como pretendía, a un ser
humano enfrentado a la decisión de renunciar a su “naturaleza”
divina y capitular para acabar así con la devastación de la II
Guerra Mundial.
Si el trabajo de dirección es
enorme, la interpretación de Issey Ogata es magistral,
llena de matices y con un humor sutil. Es Ogata el que nos
muestra a un emperador aislado de su pueblo, venerado como un
dios, incapaz de abrir una puerta por sí mismo. Logra ilustrar
la paradoja de un emperador dispuesto a cuestio-narse leyes
milenarias y al mismo tiempo comportarse tan ingenuamente como
un niño. Ogata cuenta con el talento de un actor de cine mudo, a
través de una gestualidad pretendidamente exagerada. Y le hace
la competencia al francés Michel Bouquet (“Le
promeneur du champ de Mars”) en la carrera por los osos.
Tampoco
Romain Duris se quedó muy lejos con su papel de sexy
matón a sueldo con vocación musical en “De
battre mon coeur s´est arrêté”. Este remake del
largometraje de James Toback “Melodía para un asesinato”
sustituye la mafia de Nueva York por un corrupto ambiente
inmobiliario francés. En la nueva versión, el director
Jacques Audiard quiso explorar en «la capacidad de una
persona de cambiar su vida y las oportunidades que se presentan
para ello». Para el protagonista, esa posibilidad se presenta
través del piano, al que quiere regresar para escapar de un
entorno corrupto y violento. El mundo del hampa es masculino,
identificado con un padre que le encarga trabajos sucios, y el
de la música es femenino y representado por el recuerdo de una
madre pianista muerta y su profesora. Finalmente, el personaje
central opta por un camino intermedio, como explicó Audiard.