Anxela Iglesias García, Berlín.–
Después de las críticas ante la
falta de glamour y de estrellas, el festival apostó por el
espectáculo más efectivo y ramplón. Will Smith acudió a Berlín
para ofrecer una conferencia de prensa multitudinaria llena de
gritos, besos, risas y trivialidades al más puro estilo de
Hollywood. Antes el drama familiar danés “Anklaget” había
mantenido a la platea con los nervios erizados y la película
“Kong que” había recurrido a la fórmula costumbrista china de
siempre.
El
argumento de “Hitch:
Especialista en ligues”, la comedia dirigida por Andy
Tennant, se resume rápido. Un hombre (Will Smith) que
se encarga de adiestrar a sus congéneres para ligarse a las más
guapas y una periodista (Eva Mendes) que no quiere saber
nada del otro sexo. Ambos se encuentran y no es preciso tener
mucha imaginación para saber cómo acaba la cosa. Los que se
preguntaban la razón de incluir en la sección oficial, aunque
fuera de concurso, una comedia repleta de lugares comunes y
tópicos sobre las relaciones sentimentales tuvieron la respuesta
poco después. El elenco del film tuvo un poder de convocatoria
que sólo había conseguido antes George Michael (quien
presentó en la muestra un documental sobre su vida) y quizás
Daniel Day-Lewis y su mujer Rebecca, la hija del
recientemente fallecido Arthur Miller (que hicieron lo propio
con su último trabajo, “The ballad of Jack and Rose”).
Con la sala de conferencias llena a rebosar, Will Smith y
compañía hicieron lo que se esperaba de ellos: el payaso.
Gritaron, se besaron efusivamente e hicieron reír a los
presentes con chistes tan fáciles como eficaces. El punto
culminante llegó cuando el actor saltó del estrado para propinar
un tremendo ósculo a una periodista. La Berlinale ha logrado así
unos cuantos titulares más de los que hasta ahora se había
merecido con una edición de nivel muy desigual y poco atractiva
para el gran público.
Antes del show habíamos tenido
cine y del bueno. El director novel Jacob Thuesen logró
mantener a los espectadores pegados a los asientos con “Anklaget”
(Acusado) y eso a pesar de que a estas alturas el empacho
fílmico provoca deserciones a la primera de cambio. Una familia
de clase media danesa comienza a derrum-barse después de que la
hija adolescente acuse a su padre de abusos sexuales. El paso
por la cárcel, el juicio, las sospechas y la presión social
mantienen el suspense hasta el final. Troels Lyby
consigue con su interpretación despertar la simpatía más
profunda y el desprecio más absoluto en un film bien construido,
con un guión sumamente inteligente y un trabajo de cámara más
que loable. “Anklaget” se esperaba como uno de los platos
fuertes ya antes de que comenzara el certamen. Y las
expectativas eran tan altas que muchos salieron de la proyección
algo decepcionados. Las discusiones de los periodistas se
centraron en fallos de construcción dramática y el papel de la
madre, cuya lealtad absoluta hacia su marido resultaba quizás
poco verosímil. En lo que sí hubo coincidencia es en que al film
le sobran los últimos diez o quince minutos, pues el final deja
un ligero regusto a moralina que resta impacto al conjunto. El
punto culminante de tensión se alcanza un cuarto de hora antes
de la escena final y es quizás allí donde Thuesen debería
haberse quedado.
El tema “meter tijera” no
afecta únicamente a este largometraje, sino a muchos otros en
este certamen caracterizado por contribuciones especialmente
largas. Buena parte de los filmes programados en la sección
oficial superan las dos horas de metraje, algo que en la mayoría
de los casos es absolutamente innecesario. Por eso no es extraño
que los acreditados se hayan convertido en “potenciales
censores” obsesionados por las escenas y secuencias que podrían
eliminarse.
En
el caso de “Kong
que” (Pavo real) las tijeras hubieran hecho mucho bien.
Nada menos que 144 minutos ha empleado Gu Changwei para
relatarnos en su ópera prima la melancólica vida de una familia
obrera en una ciudad de provincias china de los setenta. Con
todo lujo de detalles el film presenta los sueños y deseos de
libertad de dos adolescentes y la castrante actitud de unos
padres ocupados únicamente de un hijo deficiente. Tras las
bellísimas imágenes y el uso del color y la luz se percibe la
mano de Gu Changwei, aclamado director de fotografía en obras
como “Sorgo rojo” o “Adiós a mi concubina”. Pero si hubiera
superado una linealidad algo soporífera y aplicado cierta
capacidad de síntesis, el conjunto del film hubiera sido mucho
mejor.