Anxela Iglesias García, Berlín.–
Si el objetivo era dar la
campanada, lo han conseguido. La película “U-Carmen
eKhayelitsha”, dirigida por Mark Dornford-May, se
lleva a Sudáfrica el Oso de Oro de la Berlinale en detrimento de
las grandes favoritas. Los galardones a la mejor interpretación
recayeron en el joven Lou Taylor Pucci , protagonista de
“Thumbsucker” y Julia Jentsch, por “Sophie Scholl”, film que
también fue distinguido por su dirección, mientras que la china
“Kong Que” mereció el Gran Premio del Jurado. Un palmarés
imprevisto que sembró la estupefacción.
El
título ganador es desde luego original. El director británico
Dornford-May, afincado desde hace unos años en Sudáfrica,
decidió trasladar la ópera de Bizet a un suburbio de Ciudad del
Cabo. Allí, Carmen y sus compañeras cigarreras seducen a los
hombres del lugar con sus redondeces y sus voces. Cantan en
xhosa, una de las lenguas autóctonas característica por sus
curiosos chas-quidos. La propuesta gustó y muchos creían que
sería destacada, pero nunca se pensó en el Oso de Oro para ella.
Inmediatamente después de que el presidente del jurado, el
director alemán Roland Emmerich, y su compatriota y
actriz Franka Potente dieran a conocer su sorprendente
elección, las malas lenguas empezaron a funcionar. El certamen
había querido poner en esta edición su acento en África, con
cuatro películas de la sección oficial ambientadas en ese
continente, además de otras muchas en las demás categorías. Así
que cuando Emmerich contestó con una sonrisa aparentemen-te
nerviosa a la pregunta de si se habían sentido forzados a
galardonar una de esas contribuciones, muchos creyeron ver
justificadas sus sospechas.
El Oso de Plata para Lou
Taylor Pucci, el adolescente que se chupa el dedo en el film
norteamericano independiente de Mike Mills, "Thumbsuker",
también resulta extraño. Y es que si esta edición de nivel
desigual ha destacado en algún aspecto, éste es sin duda el de
las grandes interpretaciones masculinas. El francés Michel
Bouquet había encarnado con absoluta maestría a Fran-çois
Mitterrand en “Le
promeneur du Champ de Mars”, y el japonés Issey Ogata
empleó su talento histriónico para convertirse en el emperador
Hirohito en “Solnze”.
Tampoco hubiera resultado sorprendente que el danés Troels
Lyby hubiera destacado gracias a su papel de padre
atormentado por la sospecha en “Anklaget”.
Taylor Pucci, que realizó un trabajo sólido y prometedor,
parecía relegado a un segundo plano frente a sus experimentados
colegas de profesión. Además, el hecho de que llegara a Berlín
con una distinción previa en el Festival de Sundance reducía sus
posibilidades. Al menos en teoría.
Lo
que sí estaba cantado era el Oso
de Plata a la mejor actriz para Julia Jentsch por su
papel de mártir de la resistencia alemana contra el nazismo.
Sólo le había hecho sombra Tilda Swinton, la madre de
“Thumbsucker”,
en un certamen sin papeles protagónicos femeninos relevantes. La
niña bonita del cine germano recogió su galardón en la misma
rueda de prensa en la que se dieron a conocer los premios, lo
que suscitó muchas suspicacias entre los críticos
internacionales. Después se supo que Jentsch no podía asistir a
la ceremonia de clausura, porque debía actuar en un teatro de
Múnich. Pero aun así muchos consideraron excesivamente
partidista la apuesta del festival por el cine alemán. Esas
críticas también se debieron a la distinción recibida por el
director Marc Rothemund por el mismo film,
"Sophie
Scholl - Die letzten tage".
La cinta, centrada en los interrogatorios a los que fue sometida
la heroína, es de corte clásico y no ofrece grandes alardes de
realización.
Tampoco el Gran Premio del
Jurado para “Kong
que” ha sido al gusto de todos. A pesar de su bella
fotografía, el larguísimo, casi kilométrico, relato costumbrista
de una familia obrera china de los setenta no había logrado
llegar a los espectadores, que tuvieron la impresión de haber
visto antes algo parecido.
La apuesta más arriesgada del
jurado ha sido, sin duda, la de “Tian
bian yi duo yun”, del genial Tsai Ming-Liang, que
se
lleva a Taiwán el Oso de Plata a la contribución artística y el
premio Alfred Bauer, dedicado a los títulos que abren nuevas
perspectivas, además del de la crítica internacional. El film
que cambia para siempre el significado de las sandías impactó,
escandalizó, sorprendió, divirtió e hizo pensar. Méritos más que
suficientes
para los laureles.
“Paradise
now”, de Hany Abu-Assad, se debe conformar con
el Ángel Azul a la mejor película europea a pesar de partir como
absoluta preferida al Oso de Oro. No sólo su innegable calidad
artística, sino también la temática que aborda –dos jóvenes
palestinos que se preparan para cometer un atentado suicida–
hubieran merecido un galardón de mayor peso en un momento
político como el actual. Resulta reconfortante saber que la
dotación económica del galardón, 25.000 euros, contribuirá a
fomentar un cine comprometido como es siempre el de Abu-Assad.
Con
las manos vacías se han quedado cintas tan loables como “Sometimes
in April”, de Raoul Peck, “Solnze”, de
Alexandr Sokurov, “Le promeneur du Champ de Mars”, de
Robert Guédi-guian, o “Kakushi
ken- Oni no tsume”, de Yoji Yamada. La
heterogeneidad del jurado, integrado
por un director comercial como Roland Emmercih, un diseñador de
moda como Cerruti o una actriz empeñada en llamar la
atención a cada paso como Bai Ling, hizo mella en el
palmarés. Y los rumores de fuertes desavenencias durante las
deliberaciones podrían explicar un reparto cuando menos
sorprendente. Abandonamos el festival con un sabor agridulce,
tras una edición que probablemente no pasará a la historia por
su calidad general, ni por la justicia de sus premios,
ni por el glamour sobre la alfombra roja. El próximo año el
director Dieter Kosslick volverá a sorprendernos con sus
propuestas y esperamos que entonces, sí, demuestre que la
Berlinale no necesita a Hollywood para cumplir su objetivo, el
del mostrar
sólo buen cine.