CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Algunas veces me asombra el
poco valor trascendental que muchas personas dan al cine. Porque
otras muchas veces demuestra con creces su capacidad para
adelantarse a la vida o, incluso, a la muerte. Los actores se
mantienen jóvenes eternamente en la pantalla, pero son los
directores quienes dejan más claro su adiós definitivo. No sé si
Robert Altman
era consciente o no de que “El último show” podía ser la última
de sus películas, y aunque no me atrevo a calificarla de su
“Dublineses (Los muertos)” (1987) particular, la atmósfera de
pérdida y despedida que posee, provoca tanto escalofrío como
evocadora nostalgia.
Hace
tiempo que el director de “MASH” (1970), como en aquellos
gloriosos inicios, se había desperdigado en una versatilidad
desconcertante y de cierta cata insípida. Del drama a la
comedia, o mezclando ambas en tan pretenciosos como simpáticos
productos –véase "Gosford Park"
(2001)–, su carrera no parecía encaminada a remontar en un
último ascenso de cisne como sí han logrado Eastwood o
Scorsese. En esta tesitura, la obra que cierra su filmografía
no añade una perla de belleza desconocida, pero por lo menos
no desluce el ya de por sí estrambótico conjunto. Y es que, de
alguna manera, Altman ha sabido recoger los
componentes básicos que le han marcado, en una historia que
habla descaradamente de finales lentos y obvios.
Las
emisoras de country, aquellas representantes de la
"música para blancos" estadounidense y que lograron su mayor
apogeo hace un par de décadas, se convierten en el contexto
perfecto para un grupo de personajes que, como Altman, han
aceptado con risueña resignación el candado que se les echa
encima. Aunque la caída de las audiencias de estas cadenas es
una realidad actual, en este caso se utiliza como una
representación abstracta del recorrido del cine y del director
en los últimos años. Empezando por ese dial que arranca en los
créditos y recorre diversas voces –volvemos a la heterogeneidad–
para apagarse por completo. A partir de ese momento, el
espectador asiste a un pase de viejas –y jóvenes caducas–
glorias de la radio que, en la línea que caracteriza al autor de
“Vidas cruzadas”, se entrelazan en conversaciones cotidianas
tirando al recuerdo embelesado. Precisamente ese sello ya no
exclusivo pero necesario para rememorar al mismo tiempo los
orígenes del director, anunciando su propio recuerdo, es el que
enrarece una película ya de por sí rancia de espíritu y forma.
Desde que Paul Thomas Anderson evidenciase la excusa del azar
para unir historias paralelas en la sublime “Magnolia” (1999),
este tipo de estructura múltiple confunde a un tipo de público a
la vez que aburre a quienes ven más pretensión que relación real
entre los personajes. En todo caso, el tema que planea sobre
cada uno de los cortes es el mismo: la huida, hace tiempo, del
aval que requiere el talento para servir de algo.
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“Todo está ocupado por
gente que grita y ordenadores”, proclama uno de los
protagonistas de la cinta, en alusión directa al medio
radiofónico, pero más evidente hacia el cinematográfico. Y es
que Altman, adaptado a su propia vieja escuela,
también imprime su mirada melancólica hacia una manera de hacer
películas que se ha perdido
y que, irremediablemente, se convertirá en otro incomprensible
para él. Esto lo transforma en persona en
Lindsay Lohan,
que encarna como actriz y como personaje un arco de
transformación negativa –no sé si con la mala baba del director
ante el conflictivo historial de la joven–. Ante este
cambio, Altman se resiste con sus auto-homenajes a veces poco
inspirados: el paisaje hopperiano del principio que
remite sin pudor a “Un largo adiós” (1973), lo mismo que las
alusiones a Fitzgerald. La mujer de blanco (Virginia
Madsen) que,
con su presencia entre angélica y mortífera, se desliza en
insinuaciones a la recurrente Muerte y a elementos mágicos que
confluyen en un final un poco cargante. Como en "El doctor T y las mujeres"
(2000), parece optar por la vía surrealista y fácil para cerrar
con un estilo distinto, aunque en este caso resulta menos
gratuito y más consciente por ese reconocimiento de que en su
cine las casualidades lo son porque sí, sin excusas previas o
posteriores.
La radio no ha sido una
presencia recurrente o fructífera en el cine, y “El último show”
tampoco pretende rendirle homenaje con su ambientación sencilla,
oscura, de tonos marrones e iluminación focalizada en las
"estrellas". Quizá lo más llamativo de toda la orquestación es
que siempre veamos el escenario, pero nunca la platea de la que
proceden los aplausos, como el homenaje definitivo que rinde al
cine, no a su público. Puede entreverse cierta egolatría
profesional, pero, visto con mayor benevolencia, en esa actitud
Altman parece denotar que la audiencia es importante después de
que la obra haya sido realizada. Mientras tanto, que es de lo
que trata la película, lo que importa es saldar cuentas con uno
mismo. Y en esa tarea le ayuda un plantel de actores
consolidados y que crean una pasta homogénea con sus voces:
Meryl Streep,
Woody Harrelson,
Lily Tomlin
o John C. Reilly
–que ya había
demostrado sus dotes musicales en "Chicago"–.
Los detractores de la música
country no tendrán aquí a su película favorita, pues las
actuaciones musicales rebosan en el metraje –si bien
agradecidamente elípticas o de fondo en muchas ocasiones–, y
tampoco la encontrarán quienes esperen una crítica ácida hacia
la decadencia del espíritu americano a través de su cultura.
Sin más ambición que hablar de sí mismo –¿y ésa
es mucha o poca ambición?–, Robert Altman demuestra la necesidad
de despedirse y no salir de escena de forma abrupta.
¿Previsión anticipada,
clarividencia? El secreto se lo llevó a la tumba este señor
serio que, sin embargo, a veces sabía cerrar la puerta con un
toque de gracia.
Calificación:
    
Imágenes
de "El último show" - Copyright © 2006
GreeneStreet Films, River Road Entertainment, Sandcastle 5 y
Prairie Home Porduction. Distribuida en España por Manga Films. Todos los derechos
reservados.
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