CRÍTICA
por
Almudena Muñoz Pérez
Tengo un
amigo defensor de la teoría de los 4 segundos: aparece una
pareja frente a una ventana. Uno de los dos comenta que está
empezando a llover y entonces se puede contar con los dedos 1…
2… 3… 4 antes de que el otro responda: “Sí, parece que está
lloviendo”. Esta hipótesis encaja perfectamente con el
desarrollo de “Candy”, enésima cinta sobre los males de la
drogadicción, en la que pueden contarse cuatro y más infinitos
segundos de contemplación superflua entre crisis y crisis de los
protagonistas.
De entrada
uno debe desconfiar de las películas subdivididas en capítulos
que en realidad no separan nada. Las etiquetas de ‘cielo’,
‘tierra’ e ‘infierno’ que marcan los tres actos del film –y aquí
también entraría la polémica sobre la insuficiencia de aplicar
el esquema teatral al cine– suponen una subjetividad del
director que el público no tiene por qué compartir. Al fin y al
cabo la supuesta etapa celestial de Candy (Abbie
Cornish) y Dan (Heath Ledger)
atraviesa baches poco agradables, el realismo central no es más
crudo que en las otras dos partes y el apocalipsis definitivo
sólo reitera las dificultades anteriores hasta alcanzar una paz
que cierra un círculo dantesco traído por los pelos. Esta
estructura de forzada poesía –no en vano Dan alimenta
aspiraciones literarias– conseguiría encajar si el contenido
marchase en pos de un nuevo enfoque y no de las denuncias
explícitas habituales.
Lo que
diferencia a “Candy” de los manifiestos generacionales –tipo
“Trainspotting” (1996)– y de las cintas hechas para amedrentar a
los jóvenes –estilo "Thirteen" (2003)– es su planteamiento de romance
medieval. El caballero que debe salvar a la dama atrapada por el
dragón –la heroína–, aunque en los cuentos modernos la épica se
fagocite a sí misma para lanzar un mensaje pesimista que, en el
fondo, es aún más ilusorio y autocomplaciente. Al director y
guionista
Neil Armfield parece no interesarle en absoluto el futuro
de sus personajes, que abandona en una trama vacía, reiterativa
y repleta de esos momentos de expectación amanerada. Con voz en
off de frases lapidarias y música suave, construye una
atmósfera somnolienta, quizá distinta a la típica
contaminación formal del tema que trata, pero sin que incluya
nada nuevo ni de manera extraordinaria. A pesar de ello, a
Armfield no puede negársele la sensibilidad que muestra hacia el
material, retirándose cuando es oportuno y sin que las agujas y
las rayas adornen cada fotograma –la mesura en ese sentido
conlleva pasarse de dramático en otras escenas, como el parto de
Candy–.
Aparte de
asistir a una concatenación de trances nerviosos, con los
consabidos momentos de cura y recaída, la relación amorosa
termina perdiendo centralidad y se entremezcla sin coherencia
con la familia, los celos, el trabajo y hasta atisbos
filosóficos. La película se debe en demasía a su título y a la
idea creativa del dulce que se deshace antes de tiempo –el plano
de Candy observando la miel que cae sobre la alfombra desde un
tarro volcado–. Concepto también recogido en la alegoría del
principio, la pareja rebosante de frenesí en una atracción
giratoria, símil evidente de unos bajos fondos en los que es
fácil entrar y tramposo salir. Y si sencillo es también sentirse
atraído por los primeros pasos de la cinta, cuando parece que un
tono adulto, sincero, desprejuiciado y de elegante realización
predominará en el conjunto, finalmente resulta complicado salvar
a Armfield y sus criaturas de un torbellino de lugares comunes y
pretensiones no satisfechas.
Al margen de
los personajes secundarios que entran y salen a capricho del
guión, como excusas para generar un nuevo declive o resumir con
un reproche la moralina que venden sin sutileza, el trabajo
de Ledger y Cornish, especialmente el de esta última, se sitúa
en un notable nivel de franqueza y despojo sentimental, sin
que la decadencia física sea un vehículo facilón para mostrar el
derrumbe interno. Junto a ellos conviene subrayar el desperdicio
argumental de un actor como Geoffrey
Rush, quien interpreta al personaje nihilista, el
cabo de amarre para los jóvenes que ven en él a su salvador y,
siguiendo la tónica deontológica, a su obvio escarmiento.
Inútiles sus
promesas de frescura juvenil, sobrepasado por la temática el
talento de un director tan discreto como Armfield, “Candy” es
otro añadido más al ya enorme y todavía creciente montículo de
filmes sobre drogadicción. Todavía es pronto para
desvincularse del compromiso social y no se atreve a lanzar una
mirada distinta, en la que profundización no equivalga a
escabrosidad, llantos, insultos y escenarios desarrapados. Por
lo menos puede entenderse como una historia de amor, común, sí,
pero en la que la droga es el tercero en discordia de un
triángulo imposible. Candy, la miel que se derrama y la película
se mantendrán pegajosas, pero cada vez más rancias, en el
recuerdo. O al menos hasta que volvamos a contar hasta cuatro y
lo olvidemos.
Calificación:
    
Imágenes
de "Candy" - Copyright © 2006
Film Finance Corporation Australia, Paradigm Hyde Films, New
South Wales Film, Television Office, Margaret Fink Films y
Sherman Pictures. Distribuida en España por Lauren Films. Todos los derechos
reservados.
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