CRÍTICA
por
Miguel Laviña
Guallart
Catarsis de una guerra
Después del visionado de esta
incursión por Grbavica, uno de los barrios de Sarajevo más
castigados hace unos años por la guerra de la antigua
Yugoslavia, es difícil separar el hecho puramente
cinematográfico de la demoledora realidad que arrastra a sus
espaldas, íntimamente ligada a su efecto emocional. Algo similar
pudo sentir el jurado del pasado Festival de Berlín al conceder
el Oso de Oro a este film con vocación de sencillez. Este
certamen, el más comprometido y provocador, también el más
coherente, ha premiado estos últimos años arriesgadas obras como
"Contra la pared"
de Fatih Akin o
"In this world (En este mundo)"
de Michael Winterbottom, como ésta, necesarias semblanzas de
nuestros días.
Jasmila
Žbanić,
en su primer largometraje firmado en solitario, pone
directamente sobre la mesa un doloroso y vigente asunto, la
represión que miles de mujeres bosnias sufrieron por parte del
ejército serbio durante aquel conflicto. Lo hace sumergiéndose
en el día a día de una de estas víctimas, Esma (Mirjana Karanović),
y en la compleja relación con su hija de doce años Sara (Luna Mijović).
El escenario, entendido como una abstracción, sin duda es una
mera punta de iceberg de las innumerables tragedias, muchas
todavía desconocidas, de una guerra cerrada en falso e ignorada
por el resto de occidente.
Ante esta situación,
uno de los mayores aciertos del guión, escrito por la
propia realizadora, es su habilidad para evitar caer en la
sensiblería a la que
esta historia podría conducir, afrontando con serenidad el
inevitable dramatismo de algunas de sus secuencias. Y sortea
este difícil terreno imprimiendo, ante todo, una continua
esperanza en el futuro. Se introduce en un Sarajevo de
extraordinaria vitalidad, donde pese a la tensión subyacente, y
que todo parece dividido entre un antes y un después de la
guerra, la vida continúa. Confronta el pasado, los adultos
testigos de lo ocurrido, con este futuro, encarnado en la
continua presencia de las nuevas generaciones y su capacidad de
asimilación, incidiendo en la intención de la cinta de mirar
hacia delante.
El film está
construido con una austeridad formal que contribuye a una mirada
cargada de autenticidad, rodado con evidente escasez de medios
en escenarios reales, entre los propios habitantes de la ciudad.
En este 'Sarajevo, años después de 0', los adolescentes juegan como adultos entre las
ruinas que todavía persisten por sus calles. El largo periplo de
Esma para conseguir dinero y no decepcionar a su hija, y el
espíritu que planea sobre este trayecto necesariamente remite al
recuerdo de otra posguerra plasmada en cine, la de la Segunda
Guerra Mundial. Y no se trata de un simple ejercicio imitativo
hacia los cineastas del neorrealismo, sino de una carga
conceptual que en otro conflicto, distinto escenario, y mucho
tiempo después, continúa repitiéndose. Como entonces, la mirada
pura de los niños es el espejo donde los adultos ven reflejadas
sus miserias. La joven Sara, al igual que el niño de “Ladrón de
bicicletas”, observa a su madre llegando de madrugada del
trabajo o humillándose para obtener dinero, convierte su
implacable mirada en los ojos del espectador, y a través de su
búsqueda se conoce la verdad.
Como suele ocurrir en muchos
primeros trabajos, la notable intención del punto de partida y
la cercanía de la directora al tema no logran evitar algunos
desequilibrios. En algunos momentos el tempo narrativo se
dilata, para desembocar después en una resolución un tanto
precipitada. También da la sensación de que este paseo por los
entresijos de esta caótica ciudad podría haber dado mucho más de
sí. No desarrolla lo suficiente los personajes
secundarios, que quedan desdibujados, presumiblemente para no
distraer la atención en torno al conflicto entre madre e hija.
Algunos de los que se mueven alrededor de ellas, como la amiga
de Esma, o el compañero con el que establece una relación
especial, esconden desaprovechadas historias, intuidas pero
apenas esbozadas en unos diálogos que muestran la amarga
asimilación de la guerra a la cotidianidad.
Este acercamiento a la actual
Bosnia es el reverso del universo mágico, luminoso y
extravagante que nos ha llegado de la mano de Kusturica. Y es
una de sus actrices habituales,
Mirjana Karanović,
quien encarna a Esma, un comprometido papel que una actriz con
un aspecto más neurótico habría derivado hacia otros caminos. Su
solidez y fuerza para encajar con versatilidad tanto el
sufrimiento como el empuje vital se entrelazan con el tono del
film, una composición que va hilando con elocuentes silencios y
miradas hasta la expresión final de sus sentimientos. Junto a
ella, la directora también sabe extraer un gran partido a la
joven Luna Mijović.
El esfuerzo de
Jasmila Žbanić
en poner en pie esta coproducción, en un país que prácticamente
carece de industria cinematográfica, no es solamente realizar
una denuncia, sino también producir un efecto liberador, una
forma de cerrar las heridas con la exposición de la verdad.
Es admirable su capacidad de contención en
momentos muy emotivos, el respeto, incluso pudor, en su
tratamiento del drama de estas mujeres, y sobre todo, su
intención positiva de continuar hacia delante,
acompañada de una luminosa música, en esta historia de madre e
hija.
Calificación:
    
Imágenes
de "Grbavica: El secreto de Esma" - Copyright © 2006 Coop99 Filmproduktion.
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